¿Alguna vez has sentido que un texto te suena artificial, pero no sabes exactamente por qué? Cuando he escrito sobre IA y literatura lésbica en este blog o en la newsletter, algunas lectoras me han preguntado cómo podrían detectar que están leyendo una historia escrita por IA. Y es que es cada vez más complicado distinguirlas. No es solo una cuestión de palabras o fórmulas repetitivas (ya sabes: “no es sólo… sino”) o de que proliferen los guiones medios —en lugar de comas o paréntesis, justo así—. La diferencia entre cómo escribe una máquina y cómo lo hace un humano es mucho más profunda y aunque parece que a veces sea indistinguible, porque las IAs generativas cada vez son mejores, hay algo irreplicable… de momento.
Un equipo de investigadores acaba de publicar el estudio StoryScope para detectar textos escritos por IA desde otra perspectiva, una más profunda: su estructura interna.
Su metodología: cogieron exactamente las mismas premisas argumentales (plots) y se las dieron tanto a escritores humanos como a cinco de las Inteligencias Artificiales más potentes del mercado (Claude, DeepSeek, Gemini, GPT y Kimi). Después, analizaron los textos resultantes.

Las conclusiones del estudio son fascinantes y nos dejan una radiografía de las «manías» de la IA:
- La IA desconfía de tu inteligencia: El 77% de las veces, las máquinas te explican masticadita la moraleja o el tema de la historia al final, frente a la sutileza humana, que prefiere que el lector saque sus propias conclusiones (quizá porque ni siquiera las hay).
- Linealidad y orden: Las tramas de la IA son relatos perfectos, con cadenas de causa-efecto hiperlógicas y finales redondos (generalmente felices). El ser humano, en cambio, abraza el caos, los saltos en el tiempo y los finales abiertos.
- Emociones plastiqueras: Para transmitir emociones, la IA se apoya mucho en descripciones físicas cliché («se le oprimió el pecho», «un escalofrío recorrió su espalda») en un 81% de los casos, mientras que casi nunca se atreve a nombrar la emoción directamente.
- Clones narrativos: Mientras que la literatura humana es increíblemente diversa y dispersa (lo que el estudio llama «rarity». (una oportunidad perdida para haberlo llamado «queerness», en mi opinión)), todas las IA analizadas convergen en un mismo «molde» narrativo estrecho y predecible. Para nosotras, esa rarity es nuestra mayor riqueza y la que tenemos que proteger con nuestra vida.

Las conclusiones de las conclusiones
Si leemos entre líneas, StoryScope más que un estudio sobre IAs, es un espejo de lo que nos hace humanos al escribir. Suele pasar: cuando se estudia el impacto de la IA en un sector, descubrimos más cosas sobre nosotros, los humanos.
En este caso, al ver de qué cojea la máquina, entendemos mejor dónde reside la verdadera fuerza de la literatura. Algo que, por cierto, ya he comentado en alguna ocasión:
1. La literatura humana habita una «temporalidad queer». La IA necesita que el tiempo sea una línea recta, eficiente y productiva: presentación, nudo y desenlace; naces, creces, te reproduces, mueres. Lo han aprendido en los cientos de manuales que hay por internet. Pero una vez te pones a escribir… no hay manual que valga. La vida y la memoria humana no funcionan de manera lineal. La queer, todavía menos. Escribimos desde una temporalidad fragmentada: nos detenemos en traumas del pasado con flashbacks, dilatamos momentos que cronológicamente duran un segundo, o rompemos la lógica del progreso lineal. ¿Te acuerdas de aquella subtrama que abriste en el capítulo dos? Pues resulta que conecta con el flashback del cuarto capítulo. Y seguramente, te la dejes abierta al terminar el libro. Un ejemplo (mío) de esto es «Todos los besos que no di». Échale un ojo 😉
2. La rebeldía de los personajes. En las historias de la IA, el protagonista avanza con paso firme hacia su meta sin que nada lo desvíe. En la literatura humana, sin embargo, ocurre un fenómeno mágico: la fuerza de sus personajes. A veces un personaje que iba a aparecer en una sola escena se adueña de la trama, sabotea los planes del autor y desvía la historia hacia un lugar imprevisto. Otras, es el propio protagonista quien se niega a seguir el guión. La IA no se permite esa falta de control; nosotras las autoras sí nos dejamos llevar (y lo sufrimos) por la vida propia de sus criaturas. Lee esto que le pasó a otra autora de novela lésbica, Mónica Benítez.
3. La intencionalidad. Una IA escribe por probabilidad estadística, no quiere contar nada porque no tiene nada que proteger, ni memorias que rescatar, ni traumas que curar. La escritura humana está cargada de intencionalidad. Escribimos para dialogar con el mundo real y con nuestro propio yo, por eso, según el estudio, los humanos duplicamos a la IA en referencias a marcas reales, lugares que existen o guiños directos al lector rompiendo así la cuarta pared. Escribimos para conectar desde un cuerpo que siente a otro que siente o que ha vivido algo similar. Y eso se nota.
La trampa de “se lee muy fácil”
¡Cuánto me repatea que me digan esto tras leer una novela!
Leyendo sobre este estudio me acordé de otro estudio, un experimento que hizo The New York Times hace unos pocos meses (🔐). Pusieron a unos centenares de personas a elegir entre párrafos de autores reales y fragmentos de IA. En un test a ciegas, la mayoría prefirió los de la IA porque su prosa era seamless: perfectamente pulida, sin fricciones, predecible y fácil de leer.
Y aquí es donde todo encaja. La IA nos da esa lectura placentera porque elimina cualquier arista, cualquier complejidad, incluida la intelectual. Al comparar esto con las manías de la máquina que ha descubierto STORYSCOPE, se ve la foto entera.
Un texto humano desordenado, que salta atrás en el tiempo o que dilata un trauma, exige un esfuerzo cognitivo. La IA, con su hiperlinealidad predecible, te da el camino masticado para que no tengas que pensar. Saciante, sí, pero nunca nutritiva.
La IA es fácil de leer precisamente porque no tiene nada que decir. No arrastra obsesiones, culpas ni urgencia política. No apela al lector, no lo interroga, no lo pone en situaciones muy complicadas. Al no haber una intencionalidad real, el lenguaje no se tensa y el cerebro lo lee sin esfuerzo, aunque también sin recompensa.
El caso concreto de la literatura lésbica
Esta trampa de lo seamless y lo fácil cobra un sentido más dramático cuando miramos hacia géneros específicos, como la literatura lésbica. Durante décadas, las mujeres sáficas hemos habitado un desierto de representación. Ante la falta de referentes en la ficción (literaria o audiovisual), lo que buscábamos con urgencia eran plots: argumentos sencillos, estructuras claras de «chica conoce a chica» y, sobre todo, finales felices. Tremendos truños nos hemos comido sólo porque había dos chicas que se daban un besito.
Ahora esa labor, la del esquema predecible que reconforta, lo cubre la IA a la perfección. Mucho mejor y, sobre todo, más rápido que las creadoras. El algoritmo es una máquina impecable de replicar tropos, personajes perfectos y finales redondos a una velocidad pasmosa, cumpliendo a su vez con las exigencias del (otro) algoritmo de Amazon (una novela cada tres meses) para que te posicione en lo más alto y seguir siendo visible.
Pero aquí está la encrucijada: tanto las escritoras como las lectoras sáficas hemos madurado. Ya no nos basta con que dos mujeres se besen en la página; ahora exigimos literatura que nos apele, que nos interrogue, que nos mire muy adentro. Queremos historias donde el tiempo se dobla, donde el trauma aflora, con unos personajes secundarios complejos que saboteen la trama y unas relaciones moralmente ambiguas.
Si nos acomodamos en el consumo perezoso de historias complacientes solo porque «tienen representación», el algoritmo terminará por engullir y homogeneizar nuestro espacio. La IA puede imitar un final feliz lésbico, pero jamás podrá replicar la intencionalidad política, ni la memoria colectiva que escribimos (se pinta la cara a lo Braveheart).
Reivindicar nuestra «rareza» es negarnos a que los algoritmos automaticen la diversidad de nuestras tramas, evitar que homogeneicen nuestros deseos y proteger nuestra madurez como lectoras.

















