Categoría: ficción

  • Fanfic #Barcedes: Capítulo primero

    Fanfic #Barcedes: Capítulo primero

    ¿De qué va?

    Historia basada en la telenovela «Perdone nuestros pecados», ambientada en el Chile de finales de los 50. Mercedes y Bárbara han confesado su amor por la otra, pero Sofía Quiroga las ha visto en una situación comprometida y las ha amenazado con contar a todo Villa Ruiseñor su relación.

    Mercedes seguía con la mirada a una bandada de pájaros en lo alto del cielo. El sol se reflejaba en el plumaje plateado de su pecho y hacía parecer que las nubes tenían perlas. A Bárbara le dio pena sacarla de su ensimismamiento cuando la vio a través del cristal de la puerta. Echó un último vistazo al pasillo y cerró con cuidado. Despacio, se acercó a Mercedes que seguía apoyada junto a la ventana de su despacho y la abrazó por detrás.

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  • 4 cositas que Flozmin me ha enseñado como escritora de ficción lésbica

    Desde Argentina nos han regalado una preciosa historia de amor entre dos mujeres que se ha ganado los corazones de todas las hispanohablantes a un lado y otro del Atlántico.

    Hago las presentaciones pertinentes. Florencia Estrella (interpretada magistralmente por Violeta Urtizberea) es una mujer con una vida laboral y amorosa desordenada, y con síndrome de Tourette que le hace putear (soltar palabras de manera aleatoria, la mayoría de las veces, insultos o tacos) en momentos de nerviosismo o tensión. Ha heredado de su padre un hotel junto con sus cuatro hermanas. Jazmín del Río (Julieta Nair Calvo ofrece una actuación más serena y sutil, resaltando ese remanso de paz que Flor necesitaba en su vida) es la cocinera del restaurante del hotel Las Estrellas que se enamora casi instantáneamente de Flor. Juntas forman Flozmín, una de las parejas lésbicas más exitosas de este 2017.

    Los guionistas han escrito una historia bonita, sensual y auténtica y esto es lo que he aprendido de ellos:

    Hacer guiños al fan

    Lo que se ha pasado a denominar fanservice, término que nació del manga y que se refería a ofrecer al lector masculino elementos de mera recreación visual de los personajes femeninos. En Las Estrellas se ha traducido en varios guiños. El más claro se dio cuando Flor y Jaz fueron a tomar un café en una de esas cafeterías que te ponen el nombre en el vaso de cartón. Las chicas brindan y la cámara se detiene en el detalle de sus nombres unidos formando Flozmín, que es como se ha bautizado a la pareja por parte de sus fans en las redes sociales.

    Los guionistas se suman a los juegos de las fans y mezclan realidad y ficción.

    Jaz le tapa los ojos a Flor para que pinte un cuadro desde el corazón. Cuando le pide que elija un color, Flor pide el color violeta (su nombre como actriz). Algo similar pasa con las hijas que adoptan: la mayor se llaman Violeta y la pequeña Melisa, todo nombres de flores y plantas. Esto fue precisamente lo que le dijo Jazmín a Flor el día que se presentaron: “Mira, ya tenemos algo en común, nuestros nombres”. Quizá parezca un guiño superficial pero NO LO ES. Es la manera de subrayar que Flozmín están hechas la una para la otra para crear un universo propio y lleno de flower power.

    Al fandom lo que es del fandom

    Si los fans piden tal o cual cosa, dales tal o cual cosa. Para cumplir el fanservice hay que hacer una escucha activa del espectador. Si no queremos más piquitos de viejo, ¡no den más piquitos de viejo!) Gif besos

    Está bien darle crédito al espectador/lector, saber que es inteligente, que sabe rellenar los huecos (la luz de la mañana entrando por la ventana, una cama deshecha, dos personas despeinadas…), PERO también es cierto que nos dirigimos a un público (las lesbianas y bisexuales) al que se le han vetado ver ciertas cosas antes. 

    La ficción moldea la realidad

    Lo que no se nombra no existe, pero lo que se nombra mal es peor. Y los adultos moldeamos pésimamente.

    La lección nos la dan los guionistas a través de la trama de Violeta, la hija adoptiva de Flor y Jazmín. En esta trama nos muestran dos aspectos:

    1. Los niños no tienen prejuicios homófobos. En todo caso, lo aprenderán después de los adultos.
    2. En estos tiempos en los que se ha puesto de moda la maternidad subrogada, no olvidemos que hay niños que, aunque no tengan nuestros genes, también tienen derecho a tener una familia. No los olvidemos.

    Los creadores de contenido de entretenimiento tienen (tenemos) la responsabilidad de repensar lo que ya está escrito, comprobar si se adecua a las exigencias del público y traducirlo a un lenguaje respetuoso e inclusivo.

    Así se consiguen cosas como esta:

    https://www.instagram.com/p/BcIyiKDjaL8/?utm_source=ig_embed&utm_campaign=embed_ufi

    Crear mitología propia

    Cuando estás mucho tiempo con una persona, ya sea tu pareja o una amiga o tu propia familia, se crea un lenguaje propio que sólo entendéis vosotros. Ese universo Flozmin es compartido por sus seguidoras que asumen como propio ese lenguaje.

    Si una dice “Anda ve…”, la otra ya sabe cómo sigue.

     

    También hay un par de cosas que he aprendido sobre qué no hacer a la hora de escribir ficción lésbica, pero me las guardo que no quiero hacer flame.

     

    Flozmin, fue un placer compartir este viaje 🙂

  • Bechloe, más allá de la sororidad

    Las que me siguen en Twitter saben que estoy tratando de convencer a mi novia de que vea Dando la nota (Pitch Perfect).

    Quiero que vea una película que me gusta mucho, en la que las protagonistas son ellas y donde se refleja muy bien el significado de sororidad. (más…)

  • Capítulo 37: Devoción

    Camino en una nube hasta llegar a casa. Ni la mochila me pesa. De vez en cuando, recuerdo a Carla y sonrío.
    Mis padres trabajan así que no hay nadie en casa a estas horas. Me despojo de la mochila y de la ropa y me meto directa a la ducha.
    Una idea cruza mi cabeza como un rayo: ¿Y si no me llama?
    -Nico, no empecemos.
    Trato de poner la mente en blanco. Me concentro en el agua que cae tibia sobre mi cuerpo y hace carreras por mi piel. Una de esas carreras se escurre por el interior de mis muslos y acaricia mis labios. Intento recordar cuándo fue la última vez que alguien me tocó con esa suavidad.
    Me apoyo en la pared y pienso en Carla. La pienso con tanta intensidad que casi la noto junto a mi, con sus pechos pegados a mi espalda, acariciándome, recorriendo mi cuerpo con sus dedos. Mantengo los ojos cerrados tratando de retener esta sensación, pero el tono de llamada de mi teléfono me saca a patadas de mi ensoñación.
    -Joder.
    Está en el lavabo, así que saco medio cuerpo de la ducha y lo cojo. El contraste del aire frío más allá de la mampara de la ducha hace que se me erice la piel y los pezones. Miro la pantalla pero mi móvil no reconoce el número.
    -¿Sí?
    -¿Nico?
    -Sí, soy yo.
    -Hola, soy Carla.
    Al otro lado del teléfono, Carla debe oír algo así como un golpe, unas cuantas palabrotas y un grifo que se cierra.
    -Hola, Carla -digo entre jadeos.
    -¿Te pillo en buen momento? Parece que… ¿Te has caído o algo?
    -No, no… Bueno, un poco. Estaba en la ducha, pero ya he salido.
    -Lo siento, no quería…
    -No, no, está bien. Sólo estoy un poco sorprendida. ¿Quién de nuestra generación llama por teléfono? -intento sonar vacilona pero no estoy segura de que Carla me haya entendido.
    -Yo sólo quería oír tu voz.
    Me golpeo imaginariamente en la cara unas cuantas veces.
    -Me alegro de que lo hayas hecho. Es una cosa que se está perdiendo.
    Más golpes imaginarios.
    -Pensabas que no te iba a llamar, ¿verdad? Quería quitarte esa incertidumbre lo antes posible.
    -Pues te lo agradezco mucho.
    Nos quedamos un momento en silencio hasta que ella vuelve a hablar.
    -Ponte una toalla, por favor. Que parece que te veo que me estás hablando en pelotas.
    -Para nada -le digo mientras cojo el albornoz y me lo pongo haciendo malabares para no soltar el teléfono.
    La oigo respirar al otro lado.
    -¿Quedamos esta tarde?
    Me sorprende tanta decisión. Me sorprende y me encanta porque no tiene miedo a dejar en evidencia que está loca por verme.
    -Sí -le digo con la misma decisión.
    -Me apetece hacer una cosa que no he hecho en mi vida y tiene delito.
    -¿El qué?
    -Ver atardecer en el Templo de Debod. ¿Te hace?
    -Me hace -respondo tratando de hacerle llegar mi sonrisa de oreja a oreja.
    -Pues luego te llamo. O te escribo. Aun no lo he decidido.
    -Vale, Carla. Lo que quieras. Yo voy a estar todo el día mirando la pantalla del móvil.
    Colgamos y miro mi reflejo en el espejo. Jamás me había visto tan guapa.
    Me siento tan feliz que me decido a hacer la comida para cuando lleguen mis padres. No me salgo de mi zona de seguridad y preparo pasta carbonara.
    Parece que me ha salido rica porque la devoran.
    Sufro un interrogatorio sobre mis días en el pueblo y les pido que no disimulen porque sé que hablaban a diario con mis tíos.
    -No hace falta que me encerréis en un psiquiátrico.
    -¿Por qué íbamos a hacer eso? -disimula mi madre.
    -Porque pensáis que la chica del metro está sólo aquí -les respondo golpeándome la sien con el dedo índice.
    -Raúl nos dijo que no hay rastro de ella -dice mi padre.
    -Pues sí lo hay. Voy a quedar con ella esta tarde.
    Mis padres se miran confusos.
    -¿La has encontrado?
    Asiento con la cabeza.
    -En el metro. ¡Dónde si no!
    Siguen mirándose confundidos y con cierto temor en sus ojos.
    -Antes de que penséis que esto también me lo he inventado, mirad -les enseño su número de teléfono.
    -Podría ser cualquiera -dice mi padre.
    Les debe parecer un juego muy divertido esto de hacerme pasar por loca, pero estoy dispuesta a hacerles un zas y llamo a Carla. Pongo el teléfono en manos libres y escuchamos los tonos pacientemente hasta que Carla descuelga.
    -Hola, Nico, espero que no estés desnuda mientras me llamas.
    Mi cara palidece, mis orejas se mueven por el asombro y los ojos de mis padres están a punto de salirse de las órbitas. Agarro el teléfono lo más rápido que puedo y desactivo la función de manos libres.
    -Hola, Carla. Te han oído mis padres.
    -Ups.
    -Sólo quería demostrarles que existías.
    -Bueno, creo que ha quedado claro, ¿no?
    -Sí. Gracias. Hablamos luego, ¿vale?
    -Chao.
    Lentamente, guardo el móvil en el bolsillo y evito en todo momento el contacto visual con mis padres, que tampoco saben muy bien qué decir.
    -Parece maja -dice por fin mi padre.
    Estoy bastante nerviosa por la cita. No sé qué ponerme. Tengo las puertas del armario abiertas de par en par y nada me parece lo suficientemente sexy y mono y cómodo y casual para ponerme. Tampoco es que tenga una gran variedad de prendas. Vaqueros, camisetas y camisas.
    -Necesito a Raúl.
    Le escribiría pero quiero guardarme la sorpresa.
    Pongo de fondo algo de música para entonarme y en el aleatorio de mi reproductor comienza a sonar La Buena Vista.
    Opto por unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes un poco holgada con la que se me ve el sujetador por la sisa. Siempre me pongo esta camiseta con el único sujetador con encaje que tengo.
    Las tripas me rugen y empujan hacia abajo. Voy al baño y me llevo el móvil.
    -Estoy nerviosa -le escribo a Carla.
    No espero que me conteste y por eso me sorprende el sonido cuando estoy sentada en la taza.
    -Yo no. Sé que todo va a salir bien.
    Esta tía me gusta mucho. Se le ve una tipa fuerte. Lo intuí en el metro hace meses y lo he constatado esta misma mañana. Por su manera de ser, de hablar conmigo. Por todo lo que ha pasado. Le ha debido curtir el carácter. No sé si era así antes, pero me gusta esta Carla.
    Me viene a la cabeza Vero y su Virgen de las Nieves. “Que la vida no te de lo que puedas soportar”.
    El tiempo todo lo cura. Separa lo que tiene que separar y une lo que tiene que estar unido.
    Me peino, me maquillo y me pongo guapa para salir con la chica del metro.
    Estoy tan nerviosa que acudo a la cita quince minutos antes. Tampoco tengo que esperar mucho porque ella llega un poco más tarde que yo. Viste unos shorts negros y una camisa sin mangas verde aguamarina que le sienta genial. Deja al aire sus hombros y su nuca y me dan ganas de morderlos.
    Nos damos dos besos y evitamos tocarnos porque tenemos las manos sudorosas y nos tiembla todo el cuerpo.
    -¿Y esa mochila? -le pregunto.
    -Para el picnic. He traído una toalla y algo para picar.
    Joder, qué lenta he estado. Podía haberme marcado un puntazo con ella pero no he caído en esto.
    -Si no estoy yo… -dice Carla leyéndome la mente.
    Me sonrojo pero no le aparto la mirada.
    -¿Te importa si nos hacemos un selfie? Es para mi mejor amigo.
    -Sin problema -responde sonriente.
    Nos colocamos para que salga el templo de Debod a la espalda y la foto resulta preciosa: por nuestras sonrisas, por el escenario y por esa luz rojiza y suave que nos trae este sol del atardecer.
    Se la envío a Raúl y nos vamos en busca de un buen sitio.
    No nos resulta sencillo encontrar un sitio con sombra y con buena panorámica del sur de Madrid, pero logramos dar con él.
    Extendemos la toalla y sacamos las bolsas de patatas y bebidas que ha traído Carla.
    Nos hemos ido contando un poco qué hacemos con nuestras vidas, familias y demás. El asunto de su enfermedad es como el elefante en la habitación. Está ahí, las dos lo sabemos, pero ninguna saca el tema. Cuando por fin nos sentamos, Carla se lanza.
    -Aquel día en que me perseguiste por el metro, te hubiera matado. Ese día, empezaba la quimio y cambiaba mi rutina. Yo también fui valiente una vez y me decidí a hablarte, pero aquella misma tarde me detectaron cáncer de colon y todo cambió. No quería dejar de verte, pero tampoco podía ir a más contigo. Sentía que no tenía derecho a empezar con una chica para que nuestra relación al final se centrara en mi enfermedad. ¿Y si no salía de aquella? Moriría con un cargo enorme en mi conciencia.
    -Entiendo… -me deja loca que hable de su propia muerte. Me acojona, más bien.
    -Se me hubiera olvidado tu cara si no fuera por esto -dice mientras saca su móvil.
    Busca algo y me enseña la pantalla. Veo una imagen mía mirando a no sé dónde en el vagón del metro.
    -¿Me hiciste una foto?
    -Espeluznante, lo sé -dice volviendo a mirar la pantalla, -pero me ha salvado en muchas ocasiones. Pierdes un poco la cordura entre goteros. Miraba la foto casi con devoción. Tú eras mi virgencita.
    Al decir esto, me mira con dulzura.
    -Bueno, virgencita precisamente…
    Sonríe y agacha la cabeza avergonzada, aunque la avergonzada debería ser yo.
    Hay muchos silencios. Nos quedamos sin hablar y simplemente nos miramos, nos observamos, nos deseamos.
    El cielo rojizo da calidez y serenidad a la escena. Bajo la sombra de los árboles parecemos un cuadro de Monet.
    -Siento mucho haber dudado de tu existencia.
    -Chica mala.
    -Tengo excusa: iban todos contra mi.
    -No querían que sufrieras.
    -Eso decían. Van a flipar cuando te vean.
    -Eh, ¿ya me quieres presentar a tu gente? Vas un poco rápido. Ni siquiera nos hemos besado.
    La sola idea de besarle ya me pone nerviosa y no tengo ninguna intención de calmar mis ansias.
    -Eso se soluciona rápido -le suelto.
    Carla se ríe.
    -Perdón, he sonado un poco babosa. La verdad es que no quiero ir rápido contigo. No quiero cagarla -rectifico.
    -Yo tampoco. Pero confieso que tengo unas ganas locas de besarte.
    Sin disimulo alguno, me humedezco los labios con la lengua e inclino un poco la cabeza. Carla sonríe y se le encarnan las mejillas. La vergüenza no le frena y se acerca a mi. Se pone de rodillas y apoya una mano al otro lado de mi cuerpo. Me atrapa y me dejo atrapar. Se acerca lentamente a mi cara pero no cierra los ojos hasta que me besa en los labios.
    En dos segundos, me pierdo en su boca y mi lengua juega con la suya. Le acaricio el hombro y está ardiendo. A la misma temperatura que mis mejillas, más o menos.
    Se me pasan mil cosas por la cabeza: pensamientos, sentimientos y recuerdos de todo lo que he acumulado de los últimos meses. Siento como si llevara una maleta muy pesada a cuestas pero que de repente se volatilizara y me sintiera más ligera que nunca.
    Sujeto la cara de Carla y tiro de ella para que se tumbe encima de mi.
    Jugamos con los labios de la otra un buen rato hasta que perdemos la noción del tiempo. Ella apoya su cabeza en mi pecho y pone una mano sobre mi corazón en un intento de calmarlo y que vuelva a su ritmo habitual.
    -Que digo que… -rompo el hielo- lo de que no quería ir rápido contigo es un decir, eh.
    Carla se ríe de nuevo.
    -Estos meses he aprendido que no tenemos todo el tiempo del mundo, así que te tomo la palabra.
    Mi móvil vibra entre nuestros cuerpos. Tengo un mensaje de Raúl. Lo leo y se lo enseño a Carla.
    “Preciosas. Se os ve felices”
    -Tiene razón -dice. -Lo somos.
    Nos quedamos tumbadas y abrazadas observando cómo el sol se pone lentamente por el horizonte dejando paso a una noche suave y eterna.
    FIN.
  • Capítulo 36: De vuelta y vuelta

    Mi tía está gimoteando bajo el umbral de la que ha sido mi habitación durante estos días. Mi tío le abraza por detrás intentando calmarla. Los dos me observan mientras hago la mochila.
    Es muy, muy temprano. Casi de madrugada. El único autobús que sale por la mañana hacia Madrid lo hace para llegar a la capital en la hora punta.
    -Vamos, tía, deja de llorar. Vas a conseguir que llore yo también.
    -Es que has tardado 15 años en volver al pueblo y ahora te vas… -dice entre lágrimas.
    Me acerco a ella y le acaricio los brazos.
    -Volveré. Tengo que venir a por la moto.
    -¡Ja! -salta mi tío. -Con el carné en regla. Si no, se queda aquí.
    Le gruño divertida y vuelvo a la cama para cerrar la mochila.
    -Vamos. Mañana empiezo las prácticas y no quiero perder el bus.
    Me llevan a la parada. Allí la despedida se alarga hasta que nos llama la atención el chófer del autobús.
    -Muchas gracias por todo. Sois los mejores tíos que tengo.
    -¿Mejor que los de Barcelona? -pregunta mi tía.
    -Mucho mejores.
    Subo al autobús y nos pegamos un rato diciéndonos adiós con la mano. Tanto que, a lo que me doy cuenta, ya no les veo y el tío del asiento de al lado me está mirando raro.
    Sopeso dos opciones: dormir o llorar. Como no me apetece llorar más, me pongo a dormir y a lo que me despierto ya veo el skyline de Madrid. Sonrío al ver las cuatro torres, erectas e imponentes. El sol recién salido destellea en sus cristales.
    Al entrar en un túnel, la oscuridad hace reflejo en el cristal y me devuelve mi imagen. Tengo el pelo despeinado y la marca del jersey que he utilizado de almohada en la mejilla. Además, me huele un poco el alerón. Saco una toallita húmeda de limón y me la paso por las axilas. El frescor me pone la piel de gallina.
    Me siento un poco desubicada en el intercambiador del metro pero tardo dos minutos en invocar a la Nico madrileña y logro moverme rápido entre la gente para sacar un billete y meterme al metro. El vagón está lleno, pero no agobia. Se nota que la gente ha empezado con sus turnos de vacaciones.
    Tengo mariposas en el estómago. Estoy realmente emocionada por volver a Madrid. Me sudan las manos y no paro de sonreír.
    -Estoy en el metro -le escribo a Raúl.
    -Mierda -contesta. -Mi final está cerca.
    -No lo dudes. Tengo que matarte un par de veces.
    -Menos mal que estoy en la playa. ¡Fiu!
    Miro la hora en el reloj del móvil. En quince minutos estaré en mi casa, me ducharé y me prepararé para mi primer día de prácticas. No son gran cosa, pero me hace ilusión. Es un paso para un nuevo comienzo.
    Guardo el móvil, pero algo hace clic en mi cerebro y tengo que volver a sacarlo.
    Es la hora.
    Levanto la mirada. He entrado al metro como una autómata y ahora logro centrarme.
    Es la línea. Y el sentido correcto.
    Es la línea, en el sentido correcto y a la hora habitual en la que me solía encontrar con la chica del metro.
    Mi corazón comienza a acelerarse.
    -No lo hagas -me digo.
    Pero me contradigo a mi misma y me pongo de pie.
    -No-lo-hagas, Nico.
    Mis pasos se dirigen hacia nuestro vagón, en la otra punta del tren.
    -Para ya. Ahora mismo.
    Sigo andando ignorándome a mi misma.
    -Te ha costado mucho olvidarla. No la vas a encontrar. No insistas. No te hagas daño -mi mente habla muy deprisa, solapando una frase con otra, pero el significado es unívoco. No obstante, mi corazón me dice otra cosa y él es, al fin y al cabo, el que dispara la sangre, el que hace contraer los músculos y el que mueve los huesos que ahora están temblando.
    Llego al vagón. A nuestro vagón, donde quedábamos todas las mañanas. Busco una melena. No busco su cara porque no me fío de poder reconocerla, pero su melena sí. Su melena es inconfundible y quiero perderme en ella.
    -Ves, no está, Nico. Y además estás molestando a la gente con tu mochilón.
    Pido disculpas.
    -Por no decir que la última vez que buscaste una melena, encontraste la de Mamen.
    Me pongo de puntillas para ver un poco más allá pero no aguanto mucho y bajo a la tierra derrotada porque no la veo.
    -Tonta, tonta, tonta. Todo el trabajo se ha ido a la mierda.
    Apoyo la frente en la puerta y me doy un par de golpes. Se me están encharcando los ojos.
    -Supéralo, joder. Y haz tu vida de una puta vez.
    Obedezco a mi voz interior y trato de recuperar la calma.
    Una voz femenina interrumpe mi momento.
    -¿Vienes o te vas? -pregunta.
    Mi corazón vuelve a desbocarse. Levanto la vista y veo su reflejo en el cristal. No la conozco. Tiene el pelo moreno y corto. Un poco rebelde.
    Me giro y empiezo a mirarla, a desfragmentar su cara: esos ojos, esa nariz, esa boca, esos labios… Cuando junto todos los pedazos en mi cabeza descubro que tengo ante mí a la chica del metro.
    -No te había reconocido -es lo único que me sale y me sorprendo a mi misma hablándole con esa familiaridad.
    -Ha pasado mucho tiempo -dice.
    -Tu pelo…
    Ella se acaricia la nuca y se sonroja. Su rostro se pone triste.
    -Sí, ya. No es la melena de entonces -carraspea. -Se me cayó… -hace una pausa porque duda si continuar o no. -Por la quimio -dice finalmente.
    El mundo se me cae al suelo y no sé ni cómo me sostengo en pie. Me siento estúpida y caprichosa. Una niña engreída que se ha quejado de vicio cuando la chica que tiene enfrente ha pasado por un cáncer.
    No sé qué decir y ella tampoco se atreve a hablar. Nos quedamos un rato mirándonos en silencio. Quiero abrazarla pero no me atrevo por miedo a que se sienta invadida y, por qué no decirlo, a que le llegue el olor de mis axilas.
    -¿Estás bien? -le pregunto.
    -Sí -responde asintiendo con la cabeza. -Han sido unos meses difíciles, pero ya ha pasado todo -dice sonriendo. -Estoy muy feliz. Y ahora que te he vuelto a ver, más. Pensé que no volvería a ver a la chica del metro.
    Ahora la que se sonroja soy yo.
    -No, perdona, la chica del metro eres tú -le digo.
    Las dos nos reímos. Cuando dejamos de hacerlo, volvemos a mirarnos fascinadas, como si viéramos nuestro reflejo en el espejo por primera vez.
    -¿Puedo…? -me pregunta mientras alarga la mano.
    No sé muy bien qué quiere, pero le digo que sí. Pienso decirle que sí a todo lo que me pida. Pone su mano a la altura de mi cara y extiende un par de dedos hasta que rozan mi mejilla y bajan por la mandíbula. No hay chispazo. Hay fuegos artificiales. Me pongo roja pero me da lo mismo porque ella está igual de colorada que yo.
    La voz femenina de Metro de Madrid es muy dulce pero nos fastidia el momento para anunciar la siguiente parada.
    -Tengo que bajarme -dice mientras retira lentamente la mano.
    -Yo también -miento embobada.
    -No es verdad. No cambies tus planes por mi. ¿Tienes que coger un bus o…?
    -No, vengo del pueblo. Voy hacia casa.
    Se me enciende una bombilla.
    -Tengo una cosa que darte antes de que te marches.
    Me quito la mochila y busco en un bolsillo mi cartera. Despego el velcro, saco un trozo de papel y se lo doy. Está viejo, arrugado y desgastado, pero conserva la misma ilusión con la que lo doblé aquella vez en la que me decidí a darle mi número de teléfono a la chica del metro.
    -Nico -dice cuando lee el papel. -Curioso nombre para una chica.
    -Es una larga historia.
    -Te llamaré, Nico.
    El tren para y las puertas se abren. La chica del metro sale al andén y me muestra cómo guarda el papel en un bolsillo de su pantalón.
    -Yo me llamo Carla -dice.
    -Encantada, Carla -le digo justo antes de que se cierren las puertas del tren.
    Ella me dice adiós con la mano y una sonrisa preciosa en la boca. Su imagen desaparece cuando entramos en el túnel. Me giro y mi cara debe ser un poema de amor cursi y empalagoso porque un hombre me mira sonriente.
    -Has ligado, eh.
    -¿Lo has visto?
    Él dice que sí con la cabeza y luego vuelve a su lectura.
    Yo no paro de sonreír porque gracias a ese hombre certifico que la chica del metro existe más allá de mi imaginación.

    >>Próximo (y último) capítulo: viernes 19


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  • Capítulo 33: Escarpes

    Mis tíos del pueblo son… peculiares.

    Se suponía que tenían que venirme a buscar a la parada del autobús pero aquí no hay nadie y en el teléfono no contestan.
    -Los mato.
    Menos mal que me he cogido la mochila en lugar de la maleta porque me toca patear un par de kilómetros hasta llegar a su casa, los que separan la carretera del pueblo.
    Por el camino veo monte, naturaleza, oigo el río y los pajarillos y esas cosas que se supone que me tienen que desestresar pero que a la una de la tarde en pleno mes de junio como que no apetece.
    Antes de llegar al pueblo, el camino se estrecha y el monte se me echa encima. Sé que este pueblo está asentado en una falla y que este camino desaparecerá algún día bajo el desprendimiento del monte por el temblor de la tierra. Pero también sé que los lugareños quitarán las piedras y volverán a abrir el camino porque lo han hecho otras veces en el pasado.
    Eso si para entonces quedan personas viviendo aquí.
    Me recorre un escalofrío mientras camino bajo la sombra del monte y me maldigo por no haber bajado por la carretera.
    -Eres gilipollas, Nico, tampoco habrá tanto coche en este pueblo como para que te atropellen en la carretera.
    Entro al pueblo y no se ve ni un alma. Únicamente dos abuelos rumiando bajo un árbol.
    -¿Dónde vas, chica? -me preguntan con descaro.
    -A casa de mis tíos.
    -¿Y quiénes son?
    -Soy la nieta de la Felisa, hija de Manolo.
    Los hombres se quedan satisfechos con la respuesta y me dejan marcar.
    -Ya darás recuerdos.
    Alcanzo la casa de mis tíos y abro la puerta. Cosas de los pueblos: nunca cierran las puertas de las casas.
    Dejo la mochila en la entrada y me sacudo un poco el polvo y el sudor mientras me dirijo a la cocina. El olor de la casa me transporta a mi niñez. Una niñez que apenas recuerdo salvo por cuatro o cinco detalles. Entre ellos, ese olor mezcla de cerrado, sardinas en conserva y flores frescas.
    A mis tíos se les cae la cuchara al plato cuando me ven bajo el umbral de la cocina.
    -¿Y tú qué haces aquí? -pregunta mi tía.
    -Me quedo unos días. ¿No os avisó mi padre?
    Las comunicaciones en mi casa nunca han sido muy fluidas así que tampoco le doy mayor importancia.
    -Sí, nos avisó, pero nos dijo que vendrías en julio.
    -Pues no -les digo mientras me echo un poco de agua en un vaso. -Es en junio. Con ene.
    -¡Ves! -le dice mi tía a mi tío pegándole un manotazo en el brazo. -Te he dicho mil veces que vayas al médico de los sordos.
    -Otorrino -apunto.
    -¿Qué? -preguntan al unísono.
    Hago un gesto con la mano para restarle importancia.
    -Bueno, ¿qué? ¿No me dais de comer?
    En la sobremesa, mis tíos me dan, por fin, la bienvenida.
    -Así que eres bollera, ¿eh? -suelta mi tío.
    Mi tía le da un manotazo y le corrige.
    -Jesús, te mato. Se dice lesbiana. Y un poco de delicadeza, por favor.
    Yo no puedo evitar reirme.
    -Pues fíjate. Yo creo que tu primo, el que está en Barcelona, es bujarra.
    -¡Jesús, que se dice homosexual, coñe!
    -Eh, que por mi bien, ¿sabes? Ahora hay más libertad y esas cosas.
    Mi tía Carmen le mira esperado saltar de nuevo a corregir el tono de mi tío.
    -¿Por qué crees que lo es?
    -Bueno, siempre ha sido un poco afeminado, no nos ha traído novia…
    -¿Pero a quién va a traer a este pueblo casi muerto? -se pregunta mi tía.
    Me inclino hacia ellos. Nunca he tenido vergüenza a hablarles. Quizá porque apenas les veo o porque siempre han sido unos cachondos.
    -Eso no significa nada. He visto cosas que jamás imaginarías. He visto hombres que se identifican como lesbianas. Mujeres que quieren ser varones. Personas que luchan cada día porque no se les encaje en un sexo, en un género o en una sexualidad.
    Los dos se miran confusos.
    -Pero, entonces… ¿qué son? -preguntan al unísono.
    -Ya os lo he dicho. Personas.
    Después de una siesta reparadora, decido dar un paseo por la casa. Cruzo el jardín (aunque llamar jardín a ese compendio de matojos y flores silvestres es generoso) y acabo en el cobertizo. Veo las partículas de polvo en suspensión a través de la luz que entra entre los maderos que forman las paredes. Recuerdo pasar muchas horas allí. Miento. No es un recuerdo; es un sentimiento porque no me viene a la cabeza algo concreto pero sí a la piel, al pecho. Una sensación de seguridad y de cariño. Repaso con la yema de los dedos los muebles y trastos viejos que acumulan polvo.
    Una cosa llama mi atención al fondo: una sábana mugrienta tapa algo de gran volumen. Tiro de ella y descubro una vieja moto. En el tanque de la gasolina pone Triumph.
    -La novia de tu padre. Antes de tu madre, claro -dice a mis espaldas mi tío que no sé cuánto rato ha estado observándome.
    -¿Puedo…? -pregunto señalando al pedal.
    -No te molestes. No funciona. Ya lo he intentado yo.
    -¿Tiene alguna avería?
    -No, todo está en orden. Hasta tiene un poco de gasolina, pero nada.
    Se me ilumina la cara.
    -Si consigo arrancarla, me doy una vuelta -le propongo.
    Mi tío se encoge de hombros seguro de que no lo lograré.
    Piso el pedal con fuerza pero la moto no reacciona.
    -Tres intentos, ¿vale?
    Lo vuelvo a intentar, pero nada.
    -No te molestes… -dice mi tío.
    Haciendo oídos sordos, pego un brinco y vuelco todo mi peso sobre el pedal. La moto empieza a rugir y a mi me sale una carcajada. Le pido permiso a mi tío que asiente.
    -Ten cuidado. Tu padre me mataría. Por la moto, claro.
    Despacio, salgo del cobertizo. Mi tío me abre la puerta de carros y salgo a la calle.
    -¡Espera!
    Corre hacia el cobertizo y sale con un casco tan viejo como la moto al que le quita un poco de polvo con su camiseta. Me lo ofrece y me ayuda a ajustarme la correa.
    -Lista -dice golpeándome en la cabeza.
    Sobre la moto, el aire se me cuela entre mi camisa y la piel y es la mejor sensación que he vivido en mucho tiempo.
    Paso al lado de los abuelos que pasan las horas a la sombra y les saludo con la cabeza. Ellos me devuelven el saludo sin estar muy seguros de a quién.
    Salgo del pueblo por el camino. Levanto polvo aunque no voy muy rápido. No se lo he confesado a mi tío pero jamás he conducido una moto en campo abierto. Ni siquiera sé si con el carné de conducir que tengo me vale para conducir una de estas. Lo dudo porque es bastante potente.
    Estoy sumida en los pensamientos contradictorios que me genera violentar de esta manera la ley cuando oigo lo que parece ser una voz a lo lejos.
    Miro por el retrovisor. Acabo de dejar atrás el escarpado sobre el puente por el que he pasado hace unas pocas horas con la mochila a cuestas, ese que temía que se me echara encima en cualquier momento. Percibo a lo lejos, haciéndose cada vez más pequeña en el espejo, una figura humana que mueve los brazos.
    Freno y apoyo un pie en el suelo para girarme. La figura parece que grita algo pero su voz no me llega a través del casco. Me lo quito. Ahora me llega. Es una voz femenina y me está insultando.
    Con maniobras un poco aparatosas, pongo la moto en dirección contraria y me dirijo hacia ella. ¿Lo hubiera hecho si la voz hubiese sido de tío? Obviamente, no.
    Conforme me acerco, veo a una chica alta y fuerte. Glups. Tiene un arnés en la cintura y me espera con aire chulesco a que llegue a su altura. Tiene pinta de no superar los veinte años.
    -¿Ocurre algo? -le pregunto cuando me quito el casco.
    -Que me has asustado con ese ruido infernal. Casi me pego una hostia -dice señalando al escarpe.
    -Lo lamento mucho -le digo con fingido tono victoriano. He venido a divertirme. -Pero no veo la manera de solucionar esto: yo no voy a dejar de pasear con la moto y estoy segura de que tú vas a seguir viniendo a escalar.
    Ella tuerce la cabeza a un lado y ahí la tengo de nuevo: la mirada del mono babuino de culo pelado.
    -¿Quién eres? -dispara.
    -Me llamo Nico. ¿Y tú?
    -Paula -me dice como si mascara chicle. -Nico es nombre de tío.
    -Encantada, Paula.
    A pesar de las presentaciones, no deja de mirarme extraño.
    -¿Y qué haces aquí?
    -He venido a pasar unos días.
    -No mientas. Aquí nadie viene a pasar los días. Esto es un rollo. A ti te han castigado.
    Abro los ojos de par en par. Aunque no lo había visto de esa manera puede que esto sí sea un castigo.
    -¿Por qué te han castigado, a ver?
    Pienso un momento. Podría ponerme el casco y pirarme de ahí ya que no tengo que darle explicaciones a una desconocida, pero me da que no va a haber mucha más gente joven así que me lanzo.
    -Por pillarme por una tía que probablemente sólo exista en mi cabeza.
    A Paula le cambia la cara de manera radical.
    -¿Una tía?
    Asiento con la cabeza.
    -¿Eres…
    Paula espera que le ayude a completar la frase.
    -…ya sabes…
    Y no pienso hacerlo.
    Resopla.
    -…bollera? -dice finalmente.
    Sonrío con naturalidad.
    -Sí, soy lesbiana.
    Veo que su piel palidece. Lo cual no es fácil puesto que la tiene bronceada.
    -Tengo que irme -dice, recoge precipitadamente sus cosas y se marcha con paso acelerado.
    -¡Eh, que no es contagioso! -le grito mientras huye.


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  • Capítulo 26: El polvo del olvido

    Me da miedo olvidar a Mamen, pero más miedo me da engancharme a ella, a nuestro pasado, y no poder seguir adelante. Todo radica en que me cuesta pensar fríamente nuestra relación y tomar distancia. Todavía tengo pegado su olor a mi piel.
    Nunca pensé que mi cabeza fuera la que me obligara a tener sexo con otra persona aun cuando a mi cuerpo no le apetece. Pero Vero me lo pone muy fácil.
    Estoy bajo el umbral de su piso compartido. Lleva una blusa blanca pero no sujetador, por lo que se le transparentan los pezones. Trago saliva y le propongo salir a tomar algo antes, en plan cita, porque a mi no me gusta el sexo sin más. Se niega.
    -Esto es sexo sin más. Quiero que te quede claro antes de que te lances a hacer nada.
    -Ya, pero yo nunca he hecho el amor con alguien que no me atraiga como persona.
    Vero me mira de arriba a abajo con una ceja levantada.
    -Vamos a ver, además de Mamen, ¿te has acostado con alguien más?
    Me pongo roja de inmediato, desvío la mirada y miro al techo intentando recordar mis polvos anteriores. Mientras tanto, Vero sigue cuestionándome con la mirada.
    -Pues… -hago un ruidito con la boca antes de contestarle. -No.
    Vero pone cara de “me lo imaginaba” y me agarra la cara con las dos manos.
    -No vamos a hacer el amor. Vamos a follar.
    Debe notar que estoy ardiendo porque retira las manos como si se hubiera quemado.
    -Eres igual de mandona que Mamen -le suelto.
    Ella cierra la puerta de su cuarto con estrépito.
    -Última norma: prohibido nombrar a Mamen en esta habitación -dice un poco ofendida. -Y a partir de ahora, mandas tú, que eres la experta.
    Se me acelera el corazón y me saltan las alarmas.
    -A ver, experta experta tampoco soy. Como te he comentado, Mamen ha sido mi primera vez. En todo.
    -Te cedo el mando y no lo quieres pero luego me llamarás mandona.
    Me quedo sin palabras. Me pregunto por un instante si ese fue el origen de mis problemas con Mamen pero no recuerdo que me cediera el mando en ningún momento. Si acaso alguna vez en el sexo porque le daría morbo el rollo sumisa. Por lo demás, nada. De hacerlo, seguro que no lo hubiera querido. Era mi primera relación, todo era nuevo para mi, ella era la experta, suponía que todo era normal.
    Vero comienza a desabrocharse la camisa y frena mi tormenta de pensamientos. Me envalentono.
    -Deja, ya lo hago yo.
    Me acerco a ella y le desabrocho el segundo botón que está casi en el obligo. Abro un poco la camisa y beso su piel. Sigo desabrochando botones y besándole el cuello. Ella echa la cabeza para atrás pero tiene los brazos muertos.
    Le quito la camisa y descubro sus pechos. Son preciosos, grandes, duros, redondos. Simplemente perfectos. La cadena dorada que tiene colgada al cuello recorre todo su escote. Paso los dedos por los eslabones hasta rescatar la medalla atrapada en el canalillo.
    -¿Qué virgen es?
    -La Virgen de las Nieves -contesta. Me la quita de las manos y la sostiene delicadamente entre sus dedos. -¿Ves esta media luna a sus pies?
    Yo asiento pero apenas veo a la virgen. Tengo la mirada clavada en los pezones de Vero.
    -Simboliza el triunfo del tiempo sobre las cosas -continúa. -Me la dio mi abuela y me dijo: que la vida no te de lo que puedas soportar.
    Levanto la cabeza y le interrogo con la mirada.
    -Yo tampoco lo entendí cuando me lo dijo. Luego se murió mi padre y tuvimos que seguir adelante sin él. Entonces lo comprendí.
    Quedamos en silencio un momento, ella con los pechos al aire y yo tratando de comprender lo que me acababa de contar Vero. Me siento estúpida por llorar por una relación de escasos cuatro meses cuando ella ha podido superar la muerte de su padre.
    -Entiendo muy bien a la Virgen de las Nieves -digo por fin. -Yo también querría vivir eternamente entre tus tetas.
    Vero suelta una carcajada y se lanza hacia mi con un beso impetuoso que me obliga a echar el cuerpo hacia atrás. En ese instante, se acaba la dulzura.
    Nos enzarzamos en una vorágine de besos húmedos y cuerpos desnudos.
    -Vamos a la cama -me dice Vero.
    Niego con la cabeza y le empotro contra la pared. Me encantaría tener tres bocas para comerle entera. Me siento como en un hotel con bufé libre. Tiene la piel suave, ni un sólo pelo fuera de lugar, ni un gramo de grasa por ningún lado y con el culo duro y un poco respingón. A pesar de que yo soy todo lo contrario, no siento vergüenza o complejo alguno. Estoy aquí para follar y para probar otra piel. No para ser juzgada. Es lo que Vero me hace sentir: una libertad absoluta para hacer lo que quiera con su cuerpo.
    Me arrodillo ante ella y la miro desde abajo.
    -Estoy sudando como nunca -me dice.
    Le obligo a que abra un poco las piernas y le beso el interior de los muslos. Con una mano, le aprieto las nalgas y las piernas, con la otra juego en el interior de su coño.
    -Nico, me pasa una cosa -dice Vero entre jadeos.
    -¿Qué ocurre?
    Trata de encontrar huecos en su respiración para sacar frases coherentes.
    -Echo de menos una polla. Estoy tan caliente que quiero una penetración ahora mismo.
    Busco por la habitación algo con lo que satisfacer su deseo pero no encuentro nada.
    -¿Tienes un vibrador o algo?
    Dice que no con la cabeza.
    -Pues te aguantas las ganas. Te prometo que no te va a hacer falta.
    Le lamo muy suavemente los labios que se abren poco a poco invitando a mi la lengua a entrar en su cueva.
    Vero pone una pierna sobre mi hombro y se agacha un poco, ayudándose de la espalda para apoyarse en la pared y no caer al suelo.
    -Dios…
    Sus piernas no tienen grasa pero tampoco músculo así que es incapaz de aguantar su propio peso y acaba cayendo lentamente al suelo, arrastrándome a mi con ella. Sobre la tarima de su habitación, continúo comiéndole el coño.
    El cuerpo de Vero me pide que acelere el ritmo pero yo tengo el control y prefiero seguir haciéndolo suave. Se incorpora y me toca la espalda. Me la araña. Me acaricia la cabeza y se vuelve a tumbar. Un líquido comienza a salir lento de su interior. Vero se retuerce y gime constantemente.
    -Me muero. Se me va a salir el corazón.
    Abre más las piernas. Le agarro con fuerza y me pongo de rodillas de manera que ella queda apoyada al suelo sólo por la parte alta de su espalda, dejando el resto del cuerpo al aire, mis hombros soportando sus piernas y mi cara completamente hundida entre sus muslos. Como las manos me quedan libres, le acaricio con fuerza las tetas, el vientre y la espalda.
    Ya no sé qué hago con la lengua. Hace rato que he perdido la sensibilidad. No obstante, no paro hasta que ella me lo pide.
    Queda despatarrada en el suelo, jadeando y respirando con dificultad.
    -¿Tienes una toalla o algo?
    Con dificultad, me señala la mesilla de noche. La abro y encuentro unas toallitas húmedas con las que me limpio la cara. Me siento en el suelo frente a ella y contemplo cómo sus tetas suben y bajan y su coño se va cerrando poco a poco.
    -¿Podrás volver a acostarte con un tío? -le vacilo.
    Ella se incorpora lentamente y se pone unas bragas y una camiseta.
    -Sí, no te preocupes por mi. Y tú, ¿podrás pasar sin sexo conmigo?
    La pregunta me sorprende y necesito un momento para pensarla y reflexionar. Vero tiene un cuerpazo, pero no es eso lo que más me ha gustado de follármela. Lo que más me ha gustado ha sido la libertad, la deshinibición, probar algo nuevo, esa piel nueva que decía ella, tener todo el placer del sexo pero sin lo agridulce de una relación. Suspiro.
    -Estás buenísima, tía, pero sobreviviré.
    Me visto yo también y hablamos un rato de Susan Sontag, literatura y feminismo y poco tiempo después me marcho de su casa con la convicción de que he perdido una amante pero he ganado una amiga.
    Al salir a la calle, respiro hondo. Noto que mis pulmones están un poco más limpios y que alguien ha vuelto a poner esa pátina de pintura que ocultaba la absurdez del mundo.
    -Viva la Virgen de las Nieves -me digo a mi misma.