Categoría: ficción

  • Capítulo 25: Win-Win

    La sensación de absurdez continúa desde que lo dejé con Mamen. Me costó tiempo ser consciente de que lo habíamos dejado. Casi tanto como el que me llevó certificar que éramos novias. Y aun no las tengo todas conmigo respecto a cuál era nuestro estatus.
    Al principio, me mensajeaba constantemente, pero ya ha dejado de hacerlo. Me pedía disculpas y me decía que no habíamos tenido timing o no sé qué mierdas.
    Me duele pensar en ella porque me encantaría odiarla y no puedo.
    También me duele pensar en cómo acabó todo. Sin un adiós en condiciones. Quizá aquel beso de pinceladas suaves y largas fuera el adiós que ella me estaba dando consciente de que ya no nos volveríamos a ver. Seguro que era así. Mamen no da puntada sin hilo.
    Siento un hueco enorme casi todo el tiempo porque casi todo el tiempo mi mente estaba ocupada con Mamen.
    Trato de buscar espacios en los que no estuviera y los encuentro en clase y en algunos ratos con Raúl, que evita mencionar a Sergio para no desatar mi nostalgia.
    -¿En qué fase te encuentras? -me pregunta.
    -En la de hueco helador.
    -¿Cuál es esa?
    -De entrada, estoy bien, pero de vez en cuando me vienen ráfagas de frío que me entristecen. Como cuando te compras una cazadora muy bonita y calentita pero que cuando te agachas te deja los riñones al aire.
    Me aprieta la mano y me mira con una fingida tristeza, casi teatral.
    -Pues no te agaches y, la próxima vez, te compras un abrigo en condiciones.

    Me centro en la carrera y en continuar mi vida dentro de la anodina media de una postadolescente (¿hasta qué edad se puede decir esto?) lesbiana: mala relación con mamá, check; bollodrama con chica más experta que yo, check; interés hacia estudios feministas, check; sensación de que todo el mundo te mira, check.
    No, en serio. Deja de mirarme. Sí, te digo a ti, popular y siempre atractiva Vero.
    Estoy en la biblioteca estudiando y la he cazado un par de veces mirándome a través de la estantería.
    A la tercera, levanto la barbilla y hago un esfuerzo por que ella lea en mis labios un despectivo “¿Qué miras?”. Por dentro, me estoy cagando de miedo. Ella lo huele y levanta una ceja.
    Despacio, contoneando las escasa caderas que tiene, se acerca a mi sitio y se sienta a mi vera.
    -Nico, ¿verdad?
    Digo que sí con la cabeza porque si trato de hablar mi tartamudeo me delataría.
    -Me gustó tu ejercicio sobre Susan Sontag.
    -Gracias -digo en voz muy baja.
    -Me da rabia porque más de la mitad de esta facultad no saben que esa tía fue la puta ama.
    -Ajá… -acierto a decir.
    Vero se queda callada y me doy cuenta de que no ha venido sólo para felicitarme por un ejercicio de clase, pero tampoco me atrevo a preguntarle qué quiere.
    Por fin, toma aire para lanzarme una pregunta que seguramente llevaba mucho tiempo haciéndose.
    -Esa chica que preguntó por ti aquella vez… ¿es tu novia?
    ¡Ouch!
    Bajo la mirada. ¿Qué hago? ¿Qué digo? Cuando creía que la facultad estaba completamente esterilizada del virus Mamen, me viene Vero con estas.
    Entonces, comienzo a recordar nuestra última conversación. En la calle, sin mi cazadora, tenía frío pero no lo notaba porque estaba roja de ira y rabia.
    Algo debe notarme Vero porque me pregunta qué me pasa.
    Sin responderle, recojo mis cosas y salgo de la biblioteca.
    Pero Vero va tras de mi llamándome a pesar de los siseos de la bibliotecaria pidiendo silencio.
    Por fin me alcanza y me agarra del brazo obligándome a girar sobre mi misma. Me seco las mejillas con el dorso de la mano antes de mirar a Vero.
    -Perdona si te he molestado. No era mi intención.
    -No, es culpa mía. Soy una llorona.
    -Vamos fuera y nos sentamos en el césped. Así te da un poco el aire.
    Le hago caso no sé muy bien por qué. Quizá porque al estar con ella, no soy yo la que recibe las miradas.
    -Estoy bien, de verdad. Es sólo que… -digo cuando nos sentamos en el césped.
    -No tienes que contarme nada. Todos tenemos nuestra mierda que nos hace llorar.
    Río porque me sorprende el modo de hablar de Vero.
    -Además, me lo imagino. No será muy diferente a cualquier otra relación. Chica conoce a chica, se gustan, se enamoran, empiezan una relación y se juran amor eterno. Un día, una de ellas por la razón equis deja de sentir lo mismo y bla, bla, bla. Lo de siempre.
    -Más o menos, sí.
    Me dedico a arrancar el césped que está junto a mis pies mientras Vero echa la cabeza hacia atrás para que le de el sol. Le miro de reojo. Miro cómo el sol brilla en el vello clarito de su escote y refleja en una medalla que tiene colgada al cuello.
    -El amor es una mierda -dice incorporándose.
    Yo giro rápido la cabeza para que no me pille mirándole las tetas, pero creo que ha sido inútil porque se le escapa una risita.
    -¿Sabes…? -digo para romper la tensión -Tenía pensado otro ejercicio en lugar del de Susan Sontag. Iba a escribir sobre las expectativas que generan las películas de Hollywood sobre nuestras relaciones y la consiguiente frustración y que no sólo se da con nuestras relaciones románticas sino que se extiende a nuestras expectativas de vida: dinero, trabajo, y todo eso.
    -¿Y por qué no lo hiciste?
    -Porque el profesor es gilipollas y me hubiera dicho que es un tema muy trillado o que era un artículo muy simplón o cualquier chorrada. Así que escribí sobre Sontag porque al menos así me aseguraba ser original.
    Vero asiente con cierta chulería y de nuevo nos quedamos calladas.
    -Nico.
    -¿Qué?
    -¿Podrías ayudarme en una cosita?
    Ya sabía yo que esta no se me arrimaba de manera desinteresada.
    -Depende. No te prometo nada.
    -Tú conoces mi fama, ¿verdad?
    Trago saliva.
    -No lo voy a negar ni me voy a disculpar. Me gusta el sexo. Sin compromiso. Tenemos un cuerpo bonito, somos jóvenes, ¿por qué no íbamos a disfrutarlo?
    Un momento, ¿por qué me incluye?
    -Conozco a un chico guapo, fuerte, alto, nos gustamos y… ¿para qué más? ¿Para qué complicarse? Como tú has dicho, luego llegan las frustraciones, ¿verdad?
    Estoy temblando porque ha elegido un tema para su monólogo en el que no me siento nada cómoda.
    -Úsame, Nico. Úsame para olvidar a tu ex.
    -¿Qué? -digo con los ojos fuera de las órbitas.
    La indignación ha ejercido un efecto muelle sobre mi cuerpo y me he levantado del césped de un salto. Desde arriba tengo mejor perspectiva de las tetas de Vero. Dios mío, ¿por qué me haces esto?
    -Escúchame antes de decir un no rotundo.
    Me quedo parada ante el cuerpo tumbado en el césped de Vero.
    -Tienes que probar otra piel para superar lo de tu ex. Te lo digo por experiencia. Es como el polvo del olvido.
    -¿Y tiene que ser la tuya?
    -¿Es que no te gusta? -dice Vero extendiendo los brazos. Con el movimiento, sus pechos se han movido como globos de agua. Dios, deja de joderme así. Doy un par de vueltas sobre mi misma tratando de ubicarme en aquel espacio/tiempo que parece haberse puesto del revés.
    -Pero tú eres heterosexual.
    -Sí, bueno. Nunca lo he hecho con una tía y tengo curiosidad -me dice con toda la tranquilidad del mundo. -Es un win-win. Ganamos las dos.
    Se me desencaja la mandíbula al comprobar que Vero tiene excusa para todo y ningún reparo.
    -No. Rotundamente no -contesto.
    Vero se pone de pie y exhibe su cuerpo. Comienza a protestar, a decir que si voy a desaprovechar ese cuerpo serrano, pero apenas la oigo porque he visto a alguien detrás de un arbusto que nos estaba mirando y que se ha escondido rápidamente cuando Vero se ha levantado.
    Voy hacia el arbusto ante la mirada atónita de Vero que no comprende que le deje plantada.
    Me muevo de un lado a otro para localizar a la persona. Vero debe flipar cuando me ve darle patadas al seto.
    -¡Sal de ahí!
    -¿Quién es? -pregunta Vero que se acerca al arbusto justo cuando la persona sale huyendo de ahí a toda velocidad.
    -No tengo ni idea de cómo se llama. Raúl y yo le llamamos la bulldog y es una espía de Mamen.
    -¿Una espía? Joder, con las bolleras.
    -No me puedo creer que me siga espiando. Ha perdido todo el derecho.
    -Llámame loca, pero nunca se tiene derecho a espiar a nadie.
    Saco el móvil y me dispongo a enviarle un mensaje a Mamen.
    -Se va a enterar -digo.
    Pero Vero está más rápida que yo y me coge el móvil.
    -Nico, ¿seguro que no se te ocurre otra idea mejor para vengarte de Mamen que escribirle un mensaje lleno de emoticonos enfurecidos?
    Me cabreo y le grito que me devuelva el móvil.
    -¡Tú no lo entiendes! Era una relación bonita, era mi primera relación. No puedo olvidarla con un polvo.
    Rompo a llorar y Vero me abraza. Acomodo mi cara en sus pechos y me siento casi al instante como en casa.
    De repente, no me parece tan mala idea echar un polvo para olvidar a Mamen. Si algo puedo aprender de Vero es la maldita regla que no seguí desde un principio: prohibido enamorarse.
  • Capítulo 22: El vértigo

    Estoy tan cansada después de recorrer todos los puntos rojos del mapa de Mamen que no me apetece otra cosa que no sea dormir.

    Caigo agotada en el colchón y oigo el agua de la ducha correr.
    -Tenemos una cosita pendiente, Nico -me dice Mamen.
    Sí, para follar estoy ahora. Tengo ampollas en los pies y me palpitan los muslos.
    Me reincorporo para hablarle a la cara y ser lo más dulce posible. Con el movimiento me baja la tensión y me mareo un poco. Debo haber palidecido porque Mamen parece preocupada.
    -¿Estás bien?
    -La verdad es que no tengo ganas de nada. Sólo quiero acostarme.
    -Vale, cielo.
    Ella se va a la ducha y yo me meto en la cama. Tardo dos segundos en quedarme dormida.
     
    Por la mañana, la luz grisácea de Londres me molesta en los párpados. Parece temprano pero oigo a Mamen que habla con alguien por teléfono.
    -Yeah, she goes back to Spain today. In the afternoon -me parece que dice. -I’ve got to leave you. Call you later. Bye.
    La noto sentada a los pies de la cama. Posa su mano sobre mi tobillo.
    -Nico, despierta.
    Finjo que me despierto y protesto.
    -Bajo a desayunar. Te espero en el bufé, ¿vale? -me dice tras darme un beso en la mejilla.
    -Vale -le digo.
    Apenas sale de la habitación, me levanto y busco su móvil, pero se lo ha bajado. ¿Con quién hablaría? ¿Habré entendido bien lo que decía?
    Me meto a la ducha y empiezo a darle vueltas a todo: a la conversación, a las últimas horas con Mamen, el mapa diciéndome por dónde ir, la bulldog, los billetes de avión… Siento que soy un títere y Mamen mueve los hilos desde el primer día que me vio y me agarró de la cintura para que no me fuera. Aquel fue el primer nudo y desde entonces, todo ha ido enredándose más.
    Me quedo ensimismada en el agua escurriéndose por el desagüe. Me gustaría que se tragara todos mis pensamientos.

    A lo que bajo al bufé, Mamen ya ha terminado de desayunar.
    -Vaya horas, cielo -me dice sonriente. -Están a punto de cerrar.
    En un abrir y cerrar de ojos lleno una bandeja con zumo, café con leche y huevos revueltos con bacon, me siento frente a Mamen y engullo el desayuno ante su mirada atónita.
    -Sí que tenías hambre.
    Miro de reojo el mapa y Mamen me pilla.
    -Hoy será menos paliza. Te lo prometo.
    -Me apetece ir a la National Gallery -le digo.
    -Pero no está en la ruta. Es verdad que es una visita obligada, pero no disponemos de tanto tiempo.
    Le miro fijamente mientras me bebo el café.
    -Seguro que eres capaz de hacer un hueco entre tanto punto azul.
    Mamen me mira un poco ofuscada, pero acaba accediendo.
    -Está bien, iremos -dice con una sonrisa de oreja a oreja mientras pliega el mapa.
     
    Aunque la National Gallery tiene unos cuadros increíbles, yo quería ver uno en especial. “Lluvia, vapor y velocidad”, de Turner.
     
    -¿Por qué te gusta tanto este cuadro? -pregunta Mamen que no disimula su aburrimiento.
    -No sé mucho de arte. Lo di en el instituto y poco más, pero este cuadro siempre me llamó la atención.
    -Es un tren sobre una vía, ¿no?
    -Sí. Turner intenta captar algo que es muy fugaz. Lo más rápido de aquella época. Y en el proceso se mezcla como una nebulosa la lluvia y el vapor, haciendo que apenas se vea el tren.
    -¿Es eso lo que representa? ¿La fugacidad del momento? -intenta interesarse Mamen.
    -Yo creo que más que eso, representa el intento del hombre de captar un momento fugaz y superar ese vértigo de pensar que la vida se escapa. Es un intento casi infantil de atraparlo como si fuera un pajarillo, plasmarlo en un cuadro y colgarlo en la pared.
    -Como un trofeo.
    -Eso es.
    Nos quedamos mirando el cuadro un rato hasta que Mamen rompe el hielo.
    -¿Seguimos? -dice alargándome la mano.
    -¿Ahora quieres que te de la mano?
    -He pensado que Londres es muy grande como para encontrarme con alguien que conozco y que echo de menos el tacto de tu mano.
    Sonrío como una tonta y continuamos el paseo de la mano hasta que nos topamos con otra pintura mucho más conocida.
    -Esto sí que da vértigo -apunta Mamen.
    -¿El Matrimonio Arnolfini? ¿Por qué?
    -Porque me hace pensar en que están muertos, como nosotras lo estaremos en un tiempo. Ellos también fueron jóvenes, y se casaron, y pensaron que serían felices para siempre y que el mundo era suyo y que eran inmortales.
    -Bueno, si pensaban que eran inmortales, no se hubieran hecho retratar.
    -También me da vértigo la vida que llevaban. Se casaban muy jóvenes y toda la vida viendo las mismas caras, sin viajar, sin salir casi de su ciudad…
    ¿Es eso lo que piensa?
    Mamen no ve mi cara de terror. Puede que la ignore deliberadamente. Camina por delante de mi interesándose por este o aquel cuadro. Al final del pasillo, me da un beso en los labios y damos por concluida la visita. Tengo que volver al hotel para hacer la maleta y subirme al avión de vuelta a España.
     
    Aprovecho el wifi del hotel para mirar los mensajes. Mamen hace lo mismo.
    -Ana me cuenta que se ha liado con Laura. Pobre. Le va a volver loca.
    -A mi Raúl me dice que ha conocido a un chico. Que cree que puede sentar cabeza con él -le informo después de leer los mensajes de mi amigo.
    -Pf… -es toda la respuesta de Mamen.
    -¿Qué ocurre?
    -Nada, nada…
    -¿Qué? -me impaciento. Sé que tiene que ver con su opinión sobre el matrimonio Arnolfini. O el matrimonio en general. A ver, no es que esté pensando en casarme ya con ella, pero qué menos que un poco de interés por su parte. Es decir, estamos en una relación. ¿O no?
    -Que no me has dado ni un beso ni nada. Ven aquí.
    Mamen se abalanza sobre mi y empieza a besarme el cuello.
    -Mamen, no tenemos tiempo.
    -Uno rápido.
    -¿Cómo era aquello que me dijiste? ¡Ah, sí! Que no conocemos tú y yo lo que es uno rápido.
    -Pues ahora lo vamos a conocer.
    Mamen pone una alarma en su móvil y empezamos a besarnos.
    No sé si será por la presión del tiempo, porque resuena en mi cabeza las últimas conversaciones, incluida la suya por teléfono de esta mañana, o por la mezcla de frialdad y amor que ha mostrado Mamen durante todo este fin de semana, pero follamos mal y apenas disfrutamos. Corremos un tupido velo y no cruzamos más que tres o cuatro palabras en el taxi hacia el aeropuerto.
     
    -Te echaré de menos -dice Mamen con tristeza.
    -Te veo en nada, Mamen. No llores -respondo retirándole una lágrima que le cae por la mejilla.
    -Nico…
    Me da un vuelco al corazón al oír ese “Nico” porque no lo había oído nunca antes. No sé si es el que precede a un “te quiero” o a un “tenemos que hablar”.
    -¿Qué?
    Y me voy a quedar con las ganas de saberlo.
    -Nada. Sube al avión, va.
    -¿Qué, Mamen?
    -Que nada. Que te voy a echar de menos -me dice y luego me besa para evitar que siga preguntando. Es un beso largo, muy suave. Como una pincelada, tratando de captar un momento fugaz para enmarcarlo y guardarlo para siempre.
     
    Le digo adiós con la mano mientras me incorporo al resto de pasajeros y me parece leer en sus labios un “te quiero”, pero no estoy completamente segura.
    Al subir al avión me seco la mejilla. La tengo húmeda pero no es por mi. Es por una lágrima de Mamen.
    Mi cabeza parece una lavadora centrifugando. Se mezclan momentos del fin de semana: la llamada de teléfono, el beso y el adiós, la frialdad de Mamen, el calor de su cuerpo, el sabor de su sexo, el tema de pasear cogidas de la mano, ahora sí, ahora no, los putos puntos de colores en el mapa.
    Concluyo que este finde Mamen ha sido como el perro del hortelano y decido no darle más vueltas hasta que regrese a España. Aun así, no puedo evitar que se me aplaste el estómago. Aunque quizá sea por el despegue del avión.
     
    En Barajas me esperan mis padres. Mi madre me da un beso sonoro en la mejilla y mi padre se hace cargo de la maleta.
    -¿Qué tal lo has pasado? ¿Qué tal Mamen? -pregunta mi madre obligada.
    Con un “Bien” despacho las dos preguntas sin entrar en detalle.
    -Londres es muy chulo -les digo. -Tengo un montón de fotos para enseñaros.

  • Capítulo 21: Despertares

    Mamen ha aprovechado unos minutos en que me he quedado traspuesta para ducharse. Sale del baño perfumada, con una toalla en el cuerpo y secándose el pelo con otra.
    -¡Buenos días! -me dice sonriente y me da un beso en la nariz.
    -Hola.
    Quiere volver al baño pero le agarro rápidamente de la toalla.
    -¿Echamos uno rápido antes del desayuno?
    Se ríe.
    -Uno rápido, dice. Eso no lo conocemos tú y yo.
    -Bueno, pues uno lento.
    -No, cielo, que ya me he duchado. No quiero volver a sudar.
    -Pues lo echamos en la ducha -insisto.
    -Es una mierda, te lo digo ya. Además, acabas más pendiente del agua que se derrocha que de follar.
    Me quedo un poco chafada por la respuesta. No tanto por la negativa a hacer el amor de Mamen sino por el hecho de que Mamen ya ha probado el sexo en la ducha y yo me voy a quedar con las ganas. Al menos, de momento.
    -¿Qué tal te va la formación? -pregunto durante el desayuno del bufé del hotel.
    -Bien, bien -responde distraída. -Al principio me costaba por el tema del idioma, pero ya me voy haciendo.
    -Cuando te hagas a la vida de aquí, te tocará volver -le digo mientras le quito una miga de cruasán de la comisura de los labios.
    Mamen me mira fijamente pero sin llegar a enfocar la mirada, como si viera más allá de mi.
    -Sí, sí… -responde después de un rato. Me cuesta recordar qué era lo que había dicho.
    Creo que esta Mamen no es mi Mamen, que me la han cambiado, que los ingleses la han abducido. Está dispersa y no todo lo cariñosa que esperaba después de tantos días sin vernos. Lo más seguro es que sean paranoias mías.
    -A ver, enséñame ese mapa que habías preparado.

    Si Mamen quería una coartada para mostrar a mis padres en mi vuelta a Madrid, lo está consiguiendo con creces. Me hace miles de fotos: caminando, en una cabina, con el Big Ben de fondo, tomando una coca cola del McDonalds en Trafalgar Square, posando haciendo el símbolo de la victoria con los dedos frente al parlamento británico (en un claro doble homenaje a Churchill y a Guy Fawkes no exento de ironía, como bien apunta Mamen).
     

    -No puedo más, Mamen, estoy cansada. Vámonos al hotel, porfi -le ruego desde la comodidad del césped de Hyde Park. Hace sol y hay mucha gente merendando o simplemente pasando el rato.
    -De eso nada, aun quedan puntos rojos por recorrer -dice señalando el mapa.
    Me coge la mano y tira de ella para levantarme.
    Caminamos un rato de la mano hasta que Mamen se suelta de manera poco sutil.
    -Si no me das la mano, me desmayaré en cualquier momento -bromeo.
    -Vamos, Nico, no seas cría -me dice sin apenas mirarme, enfrascada en el mapa.
    Le miro con el ceño fruncido y entonces levanta la cabeza.
    -Perdona, no quería decir eso.
    Se acerca hasta mi y me da un beso fugaz en la mejilla.
    -¿Eso es todo?
    -¿Qué más quieres, Nico? -dice con una risa nerviosa.
    -Vamos, Mamen. Estamos en Londres. Me has traído hasta aquí. Tenemos este fantástico césped que está deseando que retocen en él y me parecería de muy mala educación no hacerlo. Ya sabes cómo son de polite los ingleses.
    Mamen sonríe.
    -No voy a retozar en un césped que luego me pica todo el cuerpo. Ya lo haremos luego en la cama. Te lo prometo.
    Me conformo con la respuesta y extiendo la mano para que me la coja y pasear agarradas. Mamen la mira y luego mira alrededor.
    -Vamos. Dame la mano -le apremio.
    Vuelve a mirar alrededor. Incluso se gira para ver a la gente que puede haber a su espalda. Empiezo a comprender lo que pasa.
    -Mamen, ¿estás en el armario en Londres?
    Mamen pide disculpas con la mirada pero a mi de poco me valen.
    -Nico, antes de que digas nada. Es complicado empezar de cero en otra ciudad.
    -Pero, ¿qué más te da? En poco más de una semana te largas de aquí.
    -Sí, bueno… -rehuye contestar. -Acuérdate de cuando te acompañé a casa. No me dejabas cogerte de la mano cuando estábamos por tu barrio. Pues esto es parecido.
    Touché.
    Bajo la cabeza. Tocada y hundida.
    -Venga -me dice sujetando mi barbilla para levantar la mirada. -Luego hacemos el amor en la ducha, ¿vale?

    Asiento con una media sonrisa y reanudamos el paseo para recorrer los puntos rojos que nos quedan.

  • Capítulo 20: Madrid Londres

    (¡) Este capítulo contiene trazas de sexo. Manejar con cuidado. Manténgase alejado de los/as niños/as.

    Apenas hablo con mis padres y tengo muchas ganas de perderles de vista, aunque sólo sean unos días. 

    Durante la cena previa al viaje, mi madre me mira con el desagrado propio del que mira un mono babuino de culo pelado espulgando a otro. Tampoco ayuda que yo mastique la comida como si lo fuera.
    Mi padre no para de hablar sobre cosas de su curro. Cree que no le escuchamos y empieza a hablar de fútbol, a insultar a no sé qué entrenador. Sube el tono y habla de ahorcar a algún político. Finalmente, se harta de que le ignoremos y pega un golpe en la mesa del que se arrepiente al instante.
    -Bueno, ¿alguien me va a explicar qué pasa aquí? -pregunta con sosiego.
    Las dos le miramos como si él fuera el babuino de culo pelado. Me da mucha pena mi padre. Me da pena que nos separáramos en mi adolescencia. No es que me fuera de viaje ni nada por el estilo. Bueno, en sentido figurado sí, porque la adolescencia es un viaje bestial. Me refiero a que apenas veía a mi padre porque se partía los cuernos trabajando y echando horas extra para que yo pudiera estudiar o comprarme ropa o un ordenador o lo que hiciera falta.
    Me levanto con toda la serenidad que logro reunir y relajo un poco la tensión de mi cara. Me duele la mandíbula de tanto apretarla.
    -Me voy a la cama. Mañana madrugo.
    -Nico -me llama mi padre, -¿necesitas que te lleve mañana al aeropuerto?
    Usa un tono casi de ruego, el de un padre que quiere ayudar, que quiere recuperar el tiempo perdido con su hija.
    -Te pilla trabajando, papá. Pero gracias.
    El tic de su ceja me indica que acabo de romperle el corazón.
    -A la vuelta mejor, ¿vale?
    Mi padre sonríe satisfecho pero se le tuerce el gesto cuando ve la cara de mi madre. Ella sigue mirándome como a un babuino.

    Después de sentirme perdida, estúpida y maltratada por una compañía aérea, aterrizo en Londres. Es la primera vez que estoy aquí, pero no tengo el menor interés en visitar la ciudad. Sólo quiero ver a Mamen, besarle y abrazarle y encerrarnos en su habitación a hacer el amor durante todo el fin de semana.
    Se abren las puertas de salida y la veo entre la gente. Mis piernas comienzan solas a correr hacia ella. Ella logra verme a mi, sonríe y me saluda con la mano. Le noto algo diferente, pero es igual de bonita que en Madrid. Empujo y doy codazos para hacerme un hueco, como si estuviera en el metro en hora punta. Cuando por fin alcanzo a Mamen descubro qué es lo que le notaba diferente: tiene el pelo con un tono cobrizo, una especie de reflejos o algo así.
    Le abrazo y hundo mi nariz en su cuello. También huele diferente. Se me humedecen los ojos al verla delante de mi y apenas han pasado tres semanas desde que nos vimos por última vez.
    -Hey, no llores -me dice Mamen con tono dulce y me besa. También sabe diferente, pero quizá sea yo, que ya no me acordaba de cómo eran sus besos.
    Asiento mientras me sorbo los mocos.
    -Vamos, no tenemos tiempo que perder -apremia mientras me lleva la maleta.

    En el taxi veo que no estamos en la misma onda.
    -He hecho un planning para que puedas ver todo lo que hay que ver de Londres en dos días. Mira -dice mientras despliega un mapa de la ciudad con diferentes puntos marcados a rotulador. -De rojo están pintados los sitios para el primer día y de azul para el segundo.
    Me dan ganas de agarrar el mapa y tirarlo por la ventanilla del taxi.
    -Mamen, no he venido a ver la ciudad -le digo.
    -Ya, bueno. Yo también tengo ganas de estar contigo y eso, pero necesitarás una coartada para tus padres, algo que enseñarles cuando vuelvas.
    Me río y ella me mira desconcertada.
    -No te preocupes por mis padres, ¿vale?
    Mamen asiente y encoge los hombros al estilo «tú verás».
    -Ya hemos llegado. Es aquí.
    Ella paga al taxi y se encarga de mi maleta. Entretanto, yo me quedo ensimismada con la luz de Londres. Es diferente a lo que he visto antes. Ni siquiera un día nuboso en España tiene ese tipo de luz grisácea pero con una tenue brillantez.
    -¡Vamos! -me grita Mamen desde la puerta de su hotel.
    Y yo voy, claro. No veo el momento de tumbarnos en la cama y comenzar a besarle.
    -¿Tienes hambre? -me pregunta ya en la habitación.
    Le digo que sí y le miro con ojos de loba mientras me acerco lentamente hasta ella.
    -No me refiero a eso. Hay un pakistaní aquí abajo que abre todo el día, por si quieres comer algo…
    Niego con la cabeza mientras continuo mi avance. Mamen da un par de pasos hacia atrás mientras ríe nerviosa.
    Por fin le alcanzo y le toco el pelo.
    -Me lo teñí porque pretendía dar otra imagen, por el tema del curro, ¿sabes? Algo más agresivo y adulto a la vez -se justifica.
    -Me gusta.
    Comienzo a besarle y no tardamos en encendernos. Una idea se me cruza por la cabeza. Estoy en una ciudad extranjera. Siento que puedo ser otra persona, sé que no voy a tener miedo cuando pasee con Mamen de la mano, me emociono ante la idea de despertarme a su lado.
    -Mamen.
    -Dime -dice sin dejar de besarme.
    -Desnúdate.
    Se separa de mi y me mira alzando una ceja.
    -¿Y tú?
    -Yo después, pero primero quiero verte desnuda por completo y abrazarte.
    -Está bien -dice Mamen a la que parece divertirle el juego.
    Me siento en una butaca mientras ella se desnuda. Me mira con picardía y yo la observo sin disimular mi deseo.
    Concluye su show tras quitarse las bragas y me las lanza a la cara.
    -¡Tachán! -dice abriendo los brazos.
    Me levanto y me acerco a ella despacio. Se me eriza la piel con la idea de tocar la suya. Es inminente, la tengo a un palmo. Logro frenarme y en lugar de abrazarle y sobarle a dos manos paso los dedos por su hombro y los bajo por el brazo. Acaban en la cadera y emprenden el camino de vuelta, pasando por el vientre y los pechos, y tropezando con el pezón.
    Mamen está impaciente.
    -¿Aun quieres ir a enseñarme la ciudad?
    Niega con la cabeza como una niña pequeña.
    -Ya me parecía a mi -le digo.
    Le abro los labios con el dedo y ella saca la lengua y lame la punta. Su saliva se cuela por los surcos de mis huellas dactilares. Me acerco y meto la lengua en su boca. Y entonces sí le abrazo y le agarro el culo y acaricio fuerte la espalda. La aprisiono contra mi cuerpo, pero ella logra zafarse para quitarme la camisa y desabrocharme los pantalones.

    Desnudas las dos nos tumbamos en la cama. No sé por qué. No sé por qué no le hago el amor en ese instante. Mis dedos echan de menos su coño, pero a mi cabeza le apetece jugar y retrasar ese momento un poco más.
    -Túmbate boca abajo -le ordeno.
    Mamen está muy caliente, pero se deja hacer. Me deshago la coleta y me suelto el pelo. En un movimiento digno de un heavy, lo vuelco todo hacia adelante y comienzo a acariciar la espalda de Mamen con mi melena.
    -Joder, Nico. Me encanta. Podría correrme ahora mismo.
    Sigo subiendo y bajando la melena a lo largo de toda su espalda. Cuando me topo con el culo lo beso, lo muerdo o lo lamo, dependiendo de la intensidad del gemido de Mamen.
    -Ahora, por delante -me dice dándose la vuelta.
    Acepto el reto, pero cuando bajo no me encuentro el culo sino su coño.
    La primera bajada, soplo en los pelillos.
    En la segunda, soplo un poco más adentro.
    En la tercera, me atrevo a besarle los labios.
    En la cuarta, me quedo ahí abajo, dispuesta a comer un coño por primera vez en mi vida.
    Creo que Mamen está tan perra que cualquier cosa que le haga le sabrá bueno, pero tampoco quiero jugármela así que voy despacio y suave.
    Juego con los dedos y con la lengua, descubriendo nuevos sabores y tactos. Los gemidos de Mamen me dicen que no lo hago mal del todo así que subo la intensidad, trato de localizar el clítoris y hago cambios de ritmo y de movimientos para encontrar el punto de locura de Mamen. Cuando lo encuentro, me concentro en él y en la respiración de Mamen.
    -Dios… -acierta a decir entre jadeos.
    Por fin, se derrite de gusto en mi boca y las dos acabamos exhaustas sobre la cama deshecha, yo abrazada a su cadera y ella tratando de recuperar la respiración.
    Permanecemos un rato largo así hasta que al final caemos dormidas.

    A la mañana siguiente, me lleva unos segundos ubicarme. Los que tardo en ver la cara de Mamen. Duerme plácidamente. Es Blancanieves antes de que lleguen los enanitos y le pongan a fregar.
    La luz grisácea pero brillante de Londres que entra por la ventana de la habitación hace virguerías en su piel. Las mismas que va a hacer ella en mi cabeza durante el día de hoy.

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  • Capítulo 19: El desafío

    Estoy en la cocina desayunando cuando aparece mi madre. Viene con un trapo para el polvo. Quiere dejar limpia la casa antes de ir a trabajar.
    Mi madre y yo no es que seamos muy habladoras por la mañana, pero hoy no nos damos ni los buenos días.
    El aire huele a café y naranja y noto el amargor en el paladar.
    Carraspeo un poco.
    -Mamá…
    Se gira hacia a mi y espera con una mano sobre una silla y la otra en la cintura.
    -Este finde me voy a Londres, ¿vale? -le digo lo más firme que puedo.
    Mi madre no contesta de inmediato. Me mira fijamente a los ojos pero yo desvío la mirada a las baldosas de enfrente.
    -¿Y con quién vas? -pregunta en un tono poco conciliador.
    -Pues… con Mamen. Ella está allí ya.
    Podría haberle mentido pero no he tenido reflejos suficientes y temo haber metido la pata.
    Mi madre se torna primero blanca y luego roja. Roja de ira.
    -Ni se te ocurra.
    Es su última palabra, o eso pretende porque quiere salir de la cocina. Me levanto para dejar el tazón en la fregadera y le corto el paso.
    -Mama… podía haberte mentido y no lo he hecho.
    -Me da igual. No vas a Londres y con esa menos -lanza ese “esa” como un escupitajo directo a mi ojo.
    -Mama… -trato de mostrarme conciliadora. Sé que no consigo nada por las malas, pero ella no me lo permite.
    -Ni mama ni leches -dice levantando la voz.
    Esta vez soy yo la que le miro fijamente a los ojos y creo ver una sombra de duda en los suyos.
    -No te estoy pidiendo permiso. Te estoy informando. Me voy el viernes.
    Me tiemblan las piernas y creo que estoy a punto de desmayarme, pero aguanto el tipo.
    -No me gusta nada lo que haces. Y no lo apruebo así que más vale que lo dejes.
    -No he matado a nadie, mamá.
    -A mi me vas a matar. De un disgusto.
    Ante mi aparente entereza, mi madre suelta la frase, esa frase que viene en el repertorio de frases de madre como último recurso.
    -Tú sabrás lo que haces.
    Más de una vez, en el pasado, respondí a esta frase con una vacilada o con una contestación fuera de lugar. El resultado era siempre el mismo: una sonora bofetada en la cara. Hace tiempo que aprendí esa lección. El mismo tiempo que sé que esa frase ni es mágica ni tiene poderes y que alguna vez la hija tenía que salirse con la suya, aunque fuera para equivocarse de lleno.
    Salgo de la cocina sin estar muy segura de haber ganado la batalla. Apenas saludo con un gruñido a mi padre cuando le veo aparecer por el pasillo.
    -¿Y a ti qué te pasa ahora? -me pregunta mi padre.
    -¡Que me voy a Londres!
    -Ah… bien. -dice con gesto perdido. -Pero, ¿ahora?

    >>Próximo capítulo: martes 21>>

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  • Capítulo 18: Sexo telefónico

    Mamen me ha dicho que me quede en casa porque va a llamarme esta noche y necesita que esté conectada a la red wifi de mi casa para que la señal sea buena. Como no sé muy bien qué consideran noche los ingleses, llevo en mi habitación desde las 5.

    Al menos, me está cundiendo con el estudio. Para matar la espera, hago esquemas, mapas mentales, subrayo, releo apuntes… Hasta mi madre ha entrado en mi habitación con un tazón de colacao y un par de cruasanes para que comiera algo.
    Son las diez y cuarto un poco pasadas cuando por fin llama Mamen.
    -¡Hola, cielo!
    Tiemblo al oír su voz.
    -Hola, ¿qué tal? -le digo tímidamente.
    La escucho tan nítidamente que parece que la tengo al lado.
    -Bien, bueno, con mucho curro, ya lo sabes. Y el tiempo aquí es una mierda, pero bien.
    -Me alegro.
    Durante varios segundos hay un silencio total al otro lado de la línea.
    -¿Mamen?
    -Sí, estoy aquí.
    -Ah, pensaba que se había cortado.
    -No, no. Es que me he quedado callada.
    Espera unos segundos más para volver a hablarme.
    -Nico… -comienza. Noto la duda en su voz. -Tengo una mala y una buena noticia.
    -Dime la mala primero -le pido. Sea lo que sea, lo quiero rápido y del tirón, como el despegue de la cera en las ingles antes de la temporada de piscina.
    -La formación se alarga un par de semanas más.
    Auch. La cera me ha hecho las ingles brasileñas hasta el ano sin esperármelo.
    -Joder, Mamen… Vaya mierda. Te echo de menos.
    -Ya, Nico, yo también. Me lo han dicho esta mañana.
    Me quedo en silencio y olvido que había una buena noticia. Nada de lo que me diga Mamen podrá levantar mi ánimo en estos momentos.
    -La buena noticia es que te he comprado un par de billetes para que vengas el próximo fin de semana.
    Salvo eso, claro.
    -Perdona si me he tomado demasiadas licencias con esto, pero tengo muchas ganas de verte.
    -No, si está muy bien. Sólo que…
    -¿Qué ocurre? ¿No quieres venir?
    -Sí quiero. Es sólo que a ver cómo se lo vendo a mi madre.
    -Dile que te vas a Londres a visitar a una amiga de Erasmus. Londres está aquí al lado y es visita obligada para una persona joven.
    -Ya, ya… Bueno, ya veré. ¿Qué me cuentas?
    -¿Que qué me cuento? -Mamen puso una voz sensual a continuación: -Te voy a contar un cuento.
    -¿Un cuento?
    -Sí, calla y escucha.
    -A la orden.
    Mamen se toma su tiempo antes de comenzar.
    -¿Estás en la cama?
    -No. Estaba estudiando en mi mesa.
    -Pues ve a la cama. Es un cuento para dormir.
    Le obedezco, como siempre. Me pongo el pijama y me meto en la cama en tiempo record.
    -Ya.
    Oigo a Mamen respirar al otro lado. Creo que ella también está tumbada en la cama.
    -Había una vez una princesa muy mona que se llamaba Nico. Una noche, la hermosa Nico, ansiosa de aventuras, fue a un cantina llena de otras mujeres. Nico se acercó a una mujer porque pensaba que era otra persona. Cuando la chica se giró, Nico descubrió con gran decepción que no era lo que andaba buscando, pero la no menos hermosa Mamen, que así es como se llamaba la joven a la que acababa de conocer, vio en Nico la dulzura y fragilidad que a ella le faltaban. Seguro que era su complemento ideal así que no quiso dejarla marchar. Mamen le agarró por la cintura y la subió a su caballo. La princesa Nico estaba a punto de vivir la más bella de las aventuras. La aventura del amor.
    -Mamen… ¿tienes todo esto escrito y lo estás leyendo?
    -No, estoy improvisando. Continúo. Cabalgaron hasta la humilde choza de Mamen. Mamen estaba un poco avergonzada porque conocía la procedencia Real de Nico, pero Nico parecía que sólo tenía ojos para ella e ignoraba la mugre que pudiera rodearles. Mamen comenzó a besar a Nico como una princesa se merece: dulce, suavemente. Nico se dejaba hacer y apenas se atrevía a mover los labios y la lengua, temerosa de que se notara su inexperiencia.
    -Qué perra eres, Mamen.
    -Calla, que estoy inspirada -dijo para luego continuar: -Mamen comenzó a quitarle la ropa a Nico. Como aquellos eran tiempos de pudor, las mujeres llevaban capas y capas que había que ir levantando hasta llegar a su corazoncito, más conocido como coño. Ya desnudas y sudadas por el esfuerzo propio de desnudarse, Nico y Mamen se fundieron en un abrazo húmedo que comenzaba en sus lenguas y acababa en sus piernas entrelazadas.
    -Me estoy calentando, Mamen.
    -Bien, ese es el propósito. Quiero que te toques. Quiero follarte por teléfono.
    Meto la mano bajo el pantalón del pijama y la poso en mi vello púbico.
    -Sigo. Mamen quiere besarle entera, quemar con sus labios cada milímetro de esa piel blanca para que nadie más la bese. La Atila besucona, le llaman.
    Introduzco el dedo corazón entre los labios y lo dejo resbalar por la húmeda oquedad de mi entrepierna.
    -El pájaro está en el nido -le digo.
    -¿El qué? -responde Mamen sin haber pillado mi metáfora.
    -Que me he metido el dedo ya.
    -¿Está húmedo ahí abajo?
    -Mucho.
    -Excelente -dice imitando al malo de la película. -El recorrido de los labios de Mamen le lleva a los de Nico, pero no los de la boca, sino los que se esconden entre sus muslos. Mamen los besó con delicadeza primero y con pasión después. Donde no llegaban sus labios, lo hacía la lengua, hasta que se metió profundamente en la cueva de la virginal Nico que a todo esto, gemía como ahora.
    Efectivamente, llevo un rato gimiendo en voz baja, tocándome, imaginando que mis dedos son la lengua de Mamen, imaginándome cómo sería tenerla ahora mismo con su cabeza entre mis piernas.
    -Sigue… -le ruego con la voz ahogada.
    -Mi lengua encuentra el tesoro de la princesa, ese que tantos príncipes han ansiado atrapar pero que la joven Nico ha guardado a buen recaudo para mi. Lo lamo con la lengua ancha y luego lo piqueteo con la lengua rígida y estrecha, hago círculos a su alrededor y noto cómo cada vez se hace más gordo. Mi saliva se mezcla con tu humedad y chorrea por mi barbilla…
    Cuando estoy a punto de llegar, mi madre entra en mi habitación sin previo aviso pillándome con las manos en la masa.
    -Nico, ¿estás en la cama ya…? ¿Qué haces? -me pregunta con la mandíbula desencajada cuando comprende la situación.
    -Joder, mamá. Llama a la puta puerta.
    -¡Oye! A mi no me hables así.
    -¡Que te largues! -le grito fuera de control.
    Tardo un minuto en volver en mi y oigo una voz a lo lejos que me llama.
    -Joder, Nico, ¿todo bien? -me pregunta Mamen al otro lado.
    -No, Mamen… Ahora, a ver cómo le digo a mi madre lo de Londres.
    -Mierda.

    >>Próximo capítulo: martes 21 de abril>>

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  • Capítulo 17: El espíritu de la ouija

    Los días sin Mamen son eternos. Su ausencia me hace darme cuenta de algunas cosas. Por ejemplo, que, salvo Raúl, ya no tengo más amigos. Fui perdiendo algunos en el paso del Instituto a la Universidad. Desde que salgo con Mamen, mis amigas son las suyas: Ali, Laura y Ana. Y sin Mamen, no me apetece salir con ellas y menos comerme sus historias. Mamen las sigue como una espectadora que participa a veces en el desarrollo del guión, pero a mi me aburren. Veo claro que Ali es la mujer tormento de Laura y Laura la de Ana y sé que todas serían más felices si Ali y Laura lo dejaran y Ana y Laura estuvieran juntas. Veo tan claro el final de la película que he desconectado con el primer giro de guión.
    Lo vi durante la despedida de Mamen, que fue una decepción. Esperaba estar a solas con ella y cuando llegué a su casa, me encontré con una pseudo fiesta de despedida en la que Mamen estaba más pendiente de ser una buena anfitriona que de mi. Al principio, me puse celosa, pero luego caí en la cuenta de mi actitud infantil y lo dejé pasar. Al fin y al cabo, sólo van a ser dos semanas.
    Ahora tengo una relación a distancia, lo cual es, básicamente, una mierda. Es como si saliera con un fantasma al que tengo que invocar con la ouija. La ouija, en nuestro caso, es el móvil. Llevo todo el día invocando al espíritu pero no hay manera de que se presente.
    Antes de salir, lo intento una vez más.
    -¿Estás ahí?
    Tarda unos minutos en contestar.
    -Estoy 🙂 Perdona, llevo todo el día de culo. ¡Estos ingleses lo hacen todo del revés! -se disculpa.
    -No pasa nada.
    -¿Qué haces?
    -Iba a salir con Raúl.
    Hay un momento de silencio. Entiéndase silencio por esos segundos en que ambas estamos «en línea» pero ninguna escribe.
    -¿Por la zona gay?
    -Sí -respondo.
    De nuevo, el silencio virtual.
    -No me gusta que salgas por esa zona sin mi.
    Consciente de que la frase ha sonado un poco mal, corrige:
    -Es que van a ir todas a por ti :*
    Me río. Mamen celosa. Pensaba que eso sólo le pasaba a las pringadas novatas como yo.
    -Voy con Raúl así que supongo que iremos a algún sitio de tíos. No te preocupes.
    Como en noches anteriores, Mamen se despide diciéndome que está muerta, que no para de currar y que se va a meter en la cama hasta el día siguiente.
    «Te echo de menos», le escribo, pero se queda colgando en el aire porque ella ya ha apagado el móvil.
    Lo que decía: un fantasma.
    Resulta que Mamen tenía razón: en Chueca van a por mi. Nada más entrar en un bar se me acerca una chica bastante masculina.
    -Tú eres la chica de Mamen, ¿no?
    Respondo que sí y ella me invita a tomar algo. No sabría decir si está tratando de ligar conmigo o si sólo quiere ser amable porque no llego a interpretar su tono. Rechazo su invitación y ella se marcha, aunque sigue sin quitarme ojo. Raúl y yo le bautizamos como la bulldog porque nos sigue allá donde vamos.
    No me considero una chica guapa, pero tampoco soy un monstruo y si me arreglo un poco, como esta noche, puedo tener cierto atractivo. Tengo unas pestañas largas que apenas necesitan rimel y sé que llaman la atención. Más allá de eso, el resto es normalito. Cuento esto porque no entiendo a qué viene tanto interés hacia mi persona esta noche. Media docena de chicas tratan de hacer miraditas conmigo y un par me invitan a tomar algo (además de la bulldog, claro).
    -No te alarmes, eres el bocado prohibido -me informa Raúl.
    -¿El qué?
    Raúl se explica ante mi cara de perplejidad.
    -Sí, tía, cuando estás con alguien, tienes más pretendientes.
    -¿Por qué? ¿No debería ser al revés? Si estoy con alguien es que ya no me interesa nadie más.
    Raúl suelta una carcajada.
    -Dios, Nico, eres muy ingenua -me dice. -Cuando estás con alguien te conviertes automáticamente en objeto de deseo porque, ya sabes, algo bueno tendrás para que Mamen esté contigo. Y quieren saber qué es.
    -O sea, que no crees que sea porque les resulte atractiva sino por causas ajenas a mi.
    Raúl se escaquea de la respuesta y entramos a un bar de gays. En la entrada no nos ponen tantas trabas como cuando él fue a acompañarme a una discoteca de lesbianas, pero lo hubiera agradecido. Nada más entrar, una bofetada de calor nos da en la cara. Si hubiera entrado con una cámara termográfica hubiera explotado. Los tíos van o con camiseta de tirantes o, directamente, sin camiseta. Se machacan a diario en el gimnasio y aquí lucen los resultados. Por lo general, son resultados excelentes, de revista, pero me alarma tanto músculo, tanta devoción por la imagen.
    -No te alarmes -comienza a explicarme Raúl. -El cuerpo no es sólo el cuerpo, también es una manera de comunicarnos entre nosotros. Sólo que el idioma de esa comunicación puede ser diferente entre unos y otras.
    -Ya…
    -Estás en Chueca. No prejuzgues.
    Aprendo la lección pero eso no hace que me parezca más divertido. Raúl, sin embargo, está en su salsa y se mueve como pez en el agua por la discoteca, hablando sin parar con la gente, y con una pluma muy exagerada que esconde cuando está en la facultad. Acabo perdiéndole la pista y me siento fuera de lugar.
    -¡Raúl! -le llamo desde la distancia. -¡Me voy a casa!
    Él trata de llegar hasta mi, pero es imposible porque la discoteca está hasta la bandera. Me dice con gestos que espere, que me quiere acompañar.
    -No hace falta. Me voy en taxi -le digo.
    -Vale, pero escríbeme cuando llegues.
    Se queda triste. Siente que me tiene que proteger en este mundo de hombres. Aunque sean hombres gay.
    Supongo que se habrá quedado más tranquilo cuando le he dicho lo del taxi, pero le he mentido y voy andando hasta mi casa. Así, los remordimientos quedan para mi y no para él. Me apetece despejarme con un paseo, aunque sea algo largo.
    No tardo en darme cuenta de que ha sido una mala decisión. No sólo hace un poco de frío sino que oigo unas pisadas detrás de mi, cada vez más cerca. Acelero el paso, y las pisadas también son cada vez más cortas y rápidas.
    -Eh, guapa, ¿quieres divertirte? -oigo que me dice una voz de hombre cascada por el alcohol y el tabaco.
    Sigo mi camino sin mirar atrás, andando cada vez más rápido, como una corredora de marcha. Lo bueno es que cuanto más rápido voy, menos queda para llegar a casa. Lo malo, que el tipo tampoco desiste.
    Miro de vez en cuando a la calle, a ver si pasa algún taxi que pueda parar y sacarme de aquí, pero ya estoy lejos del centro y no se ve ni un alma.
    El hombre está tan cerca que le oigo respirar ahogadamente. Le cuesta cada vez más, pero es un tigre y yo soy su cena y no me va a dejar escapar en mitad de esta sabana urbana.
    Me giro para ver por dónde va y me lo encuentro a escasos dos palmos de mi cara. Grito, lee insulto, le digo que se largue, que me deje en paz, que se la casque sólo y sigo corriendo. Entonces, oigo cómo cae y cuando vuelvo a girarme le veo tumbado en el suelo, con la boca sangrando y un poco aturdido.
    -¡Vamos, corre! -me dice la bulldog.
    Dejamos al hombre tendido que escupe sangre e insultos. Después de recorrer un par de calles, bajamos el ritmo y tratamos de recuperar la respiración.
    -Gracias -le digo con la voz entrecortada.
    -De nada -responde como si hiciera esto todos los días. -¿Queda muy lejos tu casa?
    -No, en la siguiente esquina y luego a la izquierda.
    -Vale.
    Caminamos sin decir nada, sin apenas mirarnos a la cara, pero una pregunta me ronda en la cabeza y no quiero despedirme sin soltarla.
    -¿Te ha mandado Mamen?
    La bulldog se ríe con cierta flojera y asiente.
    -Ahora, te vuelves en taxi, eh. Te lo pago yo. No quiero que por salvarme a mi, te pase algo a ti -le digo cuando estamos en la puerta de mi casa.
    -No te preocupes. No tendré los mismos problemas que tú. ¿Me has visto bien? -dice abriendo los brazos.
    Le veo bien: es corpulenta y tiene buena planta. Viste y se mueve de manera masculina. No tiene mucho pecho que le pueda delatar y tiene algo de pelusilla en las patillas y el cuello que se toca de vez en cuando.
    La bulldog espera a que me haya metido en el portal y desde dentro le veo que emprende la marcha con las manos en los bolsillos y unos andares de los que John Wyane estaría orgulloso.
    Cuando saco el móvil para escribir a Raúl, veo un mensaje de Mamen. No creo en las casualidades. Estoy segura de que mi escolta le ha escrito diciendo que ha cumplido la misión. El mensaje pone: «Yo también te echo de menos. A ti y al Cola-Cao». Se me escapa una sonrisa que se me borra casi al instante al recordar la cara del tipo que me ha perseguido.
    La ironía es que Mamen me puso una espía para evitar que ligara con otras y al final resultó que me salvó de una buena.
    Ahora no sé si enfadarme o alegrarme.

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