Categoría: ficción

  • Capítulo 14: Nostalgia

    (¡) Este capítulo contiene trazas de sexo. Manejar con cuidado. Manténgase alejado de los/as niños/as.

    Carolina no me ha mordido pero sí me ha dado un buen bocado de realidad. ¿Por qué estaría Mamen conmigo pudiendo estar con cualquier otra, incluso con Carolina? Ni soy especialmente atractiva, ni creo que sea sexy ni estoy segura de mi misma. Soy todo lo contrario a Carolina, aunque tampoco sé por qué me comparo con ella.

    Sigo ensimismada en mis pensamientos cuando un grito de Ali me saca de mi encierro.
    -¡Que nos piramos, joder!
    -¿Qué pasa? -le pregunto a Mamen.
    -Ali quiere irse de la fiesta porque está Carolina y no puede ni verla, por lo que sea, pero Laura se niega a que la flaca le marque la agenda. Le da igual quién esté en la fiesta, ella quiere divertirse.
    -¿La flaca?
    -Carolina.
    -¿Así le llaman?
    Mamen duda un momento.
    -Así le llamaba yo -dice al final.
    Siento una punzadita en el corazón, pero sé que no puedo reprocharle nada.
    Al final, Ali se marcha dando un portazo y la gente nos mira a las cuatro como pidiendo explicaciones. Carolina nos sonríe con malicia mientras mete mano a su acompañante.

    Nos encogemos de hombros, la música vuelve a sonar y la gente continúa a su rollo.
    Laura está con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Ana se le acerca, le rodea con un brazo y le dice algo al oído, tratando de consolarle, pero Laura se zafa y le pide que le deje en paz. Acaba llorando y sale también de la fiesta, de manera más discreta que su novia. Ana mira a Mamen como pidiéndole permiso y Mamen le dice que vaya.
    -¿Y eso qué ha sido? -pregunto extrañada.
    -Ana lleva enamorada de Laura desde el principio de los tiempos, pero nunca se ha atrevido a decirle nada, por miedo a perderla como amiga. Por no arriesgar, se ha quedado en tierra de nadie. Peor, en la friendzone.
    -Entiendo… -digo.
    -Hace unos días hablé con ella y le dije que metiera una marcha más con Laura o se comería los mocos siempre. Ana, que sabe que no puede estar así enternamente, me dijo que sí, que lo haría. Así que ahora es una buena oportunidad.
    -Pero… ¿y Ali?
    -Ali es una zorra.
    Arqueo las cejas y mis ojos se abren como los de un búho.
    -Sí, Nico. Ese rollo que tiene con Carolina no es normal y tampoco es que fuera una santa antes de ponerse a salir con Laura.
    Sigo estupefacta.
    -Cielo, aquí nos conocemos todas y sabemos de qué palo va cada una. Laura también. Otra cosa es que lo quiera ver o no.
    -¿Crees que Ana tiene opciones con Laura?
    Mamen mira hacia el techo como si tratara de calcular la raíz cuadrada de 5698.
    -Si juega bien sus cartas, a lo mejor. Aunque todo depende de Laura.
    Quedamos en silencio unos segundos hasta que me lanzo.
    -Tú sabes mucho de tías, ¿verdad? -le digo.
    Mamen se ríe tan fuerte que todas las chicas de la fiesta vuelven a mirarnos. También Carolina a la que se le borra su sonrisa maliciosa.
    Pintamos poco en la fiesta y nos vamos con un vaso de alcohol en cada mano y los bolsillos llenos de patatas y chucherías que cogemos a puñados antes de salir.
    -¿Vienes a mi casa? -me pregunta Mamen.
    -No te molestes, eh, pero preferiría que no. A pesar de lo de hoy, conozco a mi madre y sigue con la mosca detrás de la oreja. Además… Estoy con la regla -le confieso con timidez.
    Mamen no oculta su decepción así que insisto.
    -Me da mucha pereza estar tan a gusto en tu cama y tener que salir en mitad de la noche para volver a casa.
    -Ya… -acaba diciendo Mamen.
    Paseamos en silencio en dirección a mi barrio.
    -Supongo que ahí nace el mito de que las lesbianas nos mudamos juntas muy pronto -dice Mamen. -En realidad, lo que ocurre es que queremos vivir nuestra relación de manera libre, sin horarios, sin escondernos, con normalidad…
    Caminamos juntas pero sin darnos la mano. De vez en cuando, nos inclinamos hacia la otra para que nuestros cuerpos se toquen como quien no quiere la cosa. Cada vez los tumbos son más fuertes, reímos, chocamos los hombros y al final finjo estar en un concierto heavy y salto hacia ella. Casi me caigo porque ella no para de reír y se tiene que agachar porque le duele la tripa.
    -Ay, Nico, qué tontita te pones a veces -me dice Mamen cuando al fin dejamos de reír.
    Me vienen las palabras de Carolina a la mente. “No encajas en su vida”.
    -Mamen…
    -Dime.
    Me quedo callada. Dudo si decirle algo.
    -Dime -insiste Mamen alargando con impaciencia la i.
    -¿Qué haces conmigo?
    Mamen se para en seco y me mira como si no me conociera. Luego se lleva la mano a la barbilla y piensa un rato.
    -Uy, tienes que pensarlo. Eso es malo -le digo. Estoy acojonada. Le he hecho pensar, racionalizar lo nuestro, y ahora caerá en la cuenta de que no sabe qué hace conmigo, que no le aporto nada, que yo qué sé.
    -Déjalo -le pido.
    -No, espera, que me sé la respuesta.
    Me giro hacia ella con un escudo protector. Es débil, pero espero que el impacto no sea muy duro.
    -Me gustaste desde el principio. Me pareciste mona.
    Se me saltan las alarmas de la friendzone cuando me dice que soy mona.
    -Parecías una niña perdida y me entraron unas ganas tremendas de cuidarte.
    De repente, me entra una nostalgia no sé muy bien de qué. Pero Mamen está ahí para recordármelo.
    -¿A quién buscabas cuando me viniste a saludar en el bar la primera vez?
    Durante unos tres segundos, mi corazón deja de latir.
    -A nadie -respondo con la sensación de que me han pillado haciendo algo malo.
    -Venga, ya, Nico. Alguien sería. Me confundiste con otra.
    Trato de recordar a la chica del metro pero sólo veo la cara de Mamen en el cuerpo atlético de aquella muchacha con la que cruzaba miradas en el suburbano.
    -Buscaba a un fantasma.
    Mamen frunce el ceño y al instante siguiente rompe a reír.
    -Mira que eres rara, Nico.
    Nuestros pasos nos han llevado a mi barrio sin comida ya en los bolsillos.
    -¿Crees que habrá alguna cortina con ojos a estas horas o te puedo besar sin miedo? -pregunta Mamen.
    Miro a mi alrededor y luego reparo en su mirada cálida.
    -Ven -le digo.
    Abro el portal y nos metemos dentro. Nos besamos con dulzura pero ya no sabemos estarnos quietas. Meto mi mano bajo su ropa.
    -Joder, está helada.
    -Perdona -me disculpo.
    No tardo en entrar en calor y vuelvo a meter la mano.
    -¿Mejor?
    Mamen asiente con la cabeza sin dejar de besarme y frotarse contra mi. Yo estoy tan húmeda que siento que el tampón se me va a salir.
    Recorro su espalda con mi mano, logro desabrocharle el sujetador en sólo tres intentos y paso a acariciarle el pecho.
    -Me tienes pillada, Nico -me dice Mamen.
    Continúo con el asombroso viaje de mi mano por su piel, calientes las dos. Desabrocho los botones de sus vaqueros y comienzo a tocarle la entrepierna por encima de la braga, que ya está mojada. Mamen empieza a jadear. Sus piernas tiemblan y apenas puede mantenerse en pie. Arquea el tronco  y se apoya en la pared de mi portal con la parte alta de la espalda, mientras mantiene las piernas abiertas y casi en ángulo recto.
    Meto el meñique por debajo de la braga a la altura de su ingle y Mamen lanza un grito ahogado. Le tapo la boca con la izquierda mientras meto la mano por debajo de la braga. Uno, dos, tres dedos en su interior, subiendo y bajando, entrando y saliendo.
    Se cuelga en mi cuello y muerde mi chaqueta para evitar gritar. Le sujeto del culo para que no se caiga.
    En los últimos momentos, me mira a los ojos y abre la boca como para soltar un grito. Temo que lo haga y despierte a todo el vecindario pero Mamen ha enmudecido.
    Quedamos un rato abrazadas hasta que recuperamos el aliento.
    -¿A esto te referías con lo de que te daba pereza volver a casa después de un polvo? -dice Mamen cuando va a marcharse.
    Le pido perdón con la mirada y le doy un último beso de buenas noches antes de que salga a la calle.

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  • Capítulo 13: El consejo

    El tiempo es elástico cuando estoy con Mamen. Lo que me parecen minutos, son horas pasadas en su cama, en su habitación. Lo que son días hasta verla, me parecen semanas, incluso meses, años o eones.
    A mi madre, sin embargo, siempre le parece que me paso demasiado tiempo fuera de casa e insiste en saber con quién ando.
    -Con gente de la Uni, mamá, que lo quieres saber todo.
    -¡Claro que lo quiero saber todo! Quiero saber si mi hija está con gente que no le meterá en problemas. No me escribes ni un mísero mensaje, no sé dónde vas, ni con quién, ni cuándo volverás, ni qué haces.
    -¿Quieres venirte conmigo de marcha o qué? -le grito de madrugada.
    -No me trates de estúpida, Nico, que te parto la cara. ¡Lo que me faltaba! Y no grites que se va a despertar tu padre.
    -Has empezado tú.
    Aguantamos las miradas llenas de furia unos segundos.
    -Escucha, Nico, -cede mi madre -sólo quiero saber si estás segura cuando sales.
    Me encantaría decirle que lo estoy, que no salgo de la casa de Mamen, que nada malo puede pasarme cuando estoy bajo sus sábanas, que me he enamorado de ella y que quiero pasar todo el tiempo posible a su lado. Pero si le cuento todo eso le dará un infarto. O me partirá la cara. O las dos cosas.
    -Confía en mi, mamá, ya tengo 20 años, sé lo que hago, sé qué hacer y qué no hacer para no meterme en líos.
    Estoy segura de que no se queda convencida del todo pero no espero a la réplica y me marcho a mi habitación a echar de menos a Mamen hasta la próxima vez que nos veamos.
    Cuando veo a Raúl en la facultad, también me parece que hace siglos que no veo, aunque le viera el pasado viernes en clase.
    -Este finde quedamos, ¿no? Nos iremos de fiesta por Chueca.
    Tuerzo el labio y niego con la cabeza.
    -¿No?
    -Lo siento, Raúl, tengo un cumple.
    -Con Mamen, supongo.
    -Sí.
    A Raúl no le gusta nada mi respuesta.
    -Te pasas los findes con ella. Me tienes abandonado.
    -Ya… Es el único rato que podemos quedar. El resto de la semana va de culo con el trabajo.
    -Vale. Estás enamorada de ella, lo entiendo, yo también he pasado por eso, pero no me dejes de lado. Trata de sacar un día para salir conmigo, ¿vale? Necesitamos vernos fuera de aquí.
    Asiento con la cabeza y hago el gesto de la cruz sobre mi pecho en señal de promesa. Sin embargo sé que sacar un rato para Raúl está lejos de ser una de mis prioridades ahora mismo. Y dudo de que él lo sospeche a juzgar por cómo sonríe ante mi promesa.

    Mamen insiste en venir a buscarme a mi barrio para ir al cumpleaños. Queda cerca de la fiesta de cumpleaños y quiere saber por dónde me muevo. En un principio, me muestro reacia pero después se me ocurre una idea. Un pequeño paso para Nico, pero un gran paso para su lesbianismo, oigo que dice mi Neil Armstrong particular, ese que hace que me pase horas en la luna.
    -Te presentaré a mis padres.
    Mamen flipa y le aclaro el porqué antes de que salga corriendo.
    -Cálmate, no es una declaración de intenciones. Ya te he contado que mi madre me da la brasa porque no me ve el pelo los findes. Si le presento a una de mis amigas, igual se queda más tranquila.

    Cuando abro la puerta de casa, veo a una Mamen indescriptiblemente guapa que me recuerda a la chica que me cazó en mi primera noche en un bar de lesbianas. Irresistible, segura y muy sonriente; las mismas cualidades que me conquistaron hace un par de meses, ejercen el mismo efecto sobre mis padres que no paran de sonreír ante Mamen. Veo a los tres hablar de cosas sin importancia y sin embargo todo es muy importante en ese salón, aunque yo sea la única que lo sepa.
    -Y, dime, Mamen, ¿cómo conociste a Nico? -pregunta mi madre.
    Mierda.
    -Eh… -balbucea Mamen. Su seguridad se ha ido al traste.
    -En clase, mamá- salgo al rescate.
    -Pero habéis dicho que Mamen trabaja en una consultora. ¿Cómo puede ser eso?
    -Pues… -ahora soy yo la que tartamudea.
    -Hay algunos créditos dedicados a la cultura empresarial, el emprendimiento y esas cosas en su carrera -se lanza Mamen. -Fui como formadora de apoyo a su clase y después nos fuimos a tomar algo.
    -¿Con los alumnos? -preguntó mi madre extrañada.
    -Sí, bueno, como yo era más joven que el formador principal pensé que podía ofrecerles una visión más aproximada de lo que ellos buscan y que estarían más receptivos fuera de clase. Sé que suena extraño, pero salieron grandes idas de aquella tarde, ¿te acuerdas, Nico?
    Estoy flipando. ¡Qué capacidad de improvisación tiene Mamen. Yo hace rato que me he echo caquita.
    -Odio que en la Universidad se metan las empresas privadas… -acaba soltando mi padre.
    Mi madre y yo ponemos los ojos en blanco y Mamen ríe disimuladamente ante la estampa.

    Ya en la calle, Mamen vuelve a ser la chica segura de siempre.
    -Pues no sé de qué te quejas, Nico. Tus padres son muy majos.
    -Lo son pero ahí arriba estaban engañados. Ya lo sabes.
    -Bueno, aun así. Me ha hecho ilusión conocer a tu familia. Tenía ganas de conocer a las personas que te han criado así de bien -me dice mientras me rodea la cintura con sus brazos y me da un beso. Le sigo el rollo hasta que caigo en la cuenta de que ese es mi barrio y que puede vernos alguien que me conozca.
    -Aquí no, Mamen…
    Mamen se separa de mi y mira alrededor.
    -No hay nadie en la calle.
    -En este barrio, hasta las cortinas tienen ojos.

    Antes de subir al piso donde se celebra la fiesta de cumpleaños Mamen me agarra de la mano y me mira seria.
    -Aquí no me digas que no podemos ir de la mano.
    Me ruborizo y niego con la cabeza.
    En realidad, no tengo ni idea de quién es el cumpleaños y me alegro de ir de la mano de Mamen porque no conozco a nadie. Me presenta a la gente, nombres que olvido casi al instante, felicitamos a la cumpleañera y Mamen le da un detalle.
    -Mamen, no me has dicho que le has comprado algo. ¿Cuánto te debo?
    Pero Mamen sacude las manos restándole importancia.
    Nos unimos a Ali, Laura y Ana, las amigas de Mamen que conocí en el partido de fútbol. Beben y bailan al ritmo de una música que apenas reconozco como aquella noche en que confundí a Mamen con la chica del metro. Pero enseguida algo interrumpe la felicidad del momento: Carolina, la rebelde compañera de equipo de Ali, entra por la puerta.
    -¿Qué hace esa ahí? Me aseguraron de que no estaba invitada -pregunta Ali.
    -Creo que ha venido con esa chica -responde Ana, siempre risueña, señalando a la acompañante de Carolina. Ali le devuelve una mirada incendiara y Ana encoge el dedo.
    La tensión no se podría cortar ni con una motosierra. Permanecemos un rato paradas, ajenas a la música y bebiendo sorbo a sorbo nuestras copas.
    Me doy cuenta de que Carolina nos mira de vez en cuando. No la conozco, ni a ella ni a su pasado o presente con Mamen o con Ali, así que no sé qué está pensando. Además, su mirada es muy enigmática y no sé interpretarla. Me falta información y me sobra líquido en la vejiga.
    -Mamen, ¿me acompañas al baño?
    Mamen suelta una carcajada.
    -Cielo, no te van a comer -me dice mientras me acaricia la mejilla.
    Nunca antes me había llamado cielo o cariño o amor y me gusta. Con un sonrisa tonta voy en busca del baño.
    Cuando salgo del baño, Carolina me arrincona en un punto estudiado fuera del ángulo de visión de Mamen. Lo sé porque la busco con la mirada y no la encuentro. Me corta cualquier huida apoyando uno de sus brazos delgados y fibrosos contra la pared para cortarme el paso.
    -Hola -dice.
    Yo apenas respondo con un balbuceo.
    -Yo ya sé cómo te llamas y es probable que tú también sepas quién soy yo así que nos ahorramos las presentaciones.
    -Vale -digo tartamudeando.
    -Voy a ir al grano: no te encapriches de Mamen. No encajas en su vida.
    La mirada de Carolina sigue siendo indescifrable. Está llena de tantas cosas que no sabría por dónde empezar a traducirla.
    -¿Por qué dices eso?
    -Da igual si te lo explico porque no me vas a creer, pero ten cuidado -dice esto mientras me da un toque delicado con sus dedos en mi barbilla.
    Su cuerpo se relaja y levanta la barrera que ha creado con su brazo.
    -Entonces… ¿qué te importa a ti lo que yo haga o deje de hacer? -le pregunto tras rascar el poco valor que me queda en el fondo de la vejiga, nadando con la ginebra.
    Carolina se encoge de hombros y muestra las palmas de sus manos en señal de paz.
    -Es un consejo. Haz lo que quieras.
    Salgo de ahí tratando de disimular que me tiemblan las piernas. Cuando llego al grupo, Mamen me recibe con una sonrisa.
    -Ves, nadie te ha comido -me dice para instantes después darme un beso en los labios.

  • Capítulo 11: Comienza el partido

    Llevo toda la semana mensajeándome con Mamen. Por el día los mensajes aparecen como por goteo, en sus escasos ratos libres que le deja el curro. Por las noches, la cosa cambia. El tono es más íntimo, más tierno y dulce y hace que me vaya a la cama con una sonrisa en los labios.
    El jueves la sonrisa es más grande porque quiere quedar conmigo el fin de semana.
    -Oye, un par de amigas juegan al fútbol el sábado por la tarde. ¿Te apetece venir a verlas? Luego nos iremos a tomar unas cañas.
    Desde luego, ir a ver un partido de fútbol no es mi ideal de cita pero estaré con Mamen que es lo más importante.
    -Sí, vale.
    El sábado voy a casa de Mamen pero esta vez no subo. Le espero abajo y me siento un poco decepcionada cuando no me besa al verme.
    Vamos al partido en metro. Insiste en hablarme muy de cerca aunque no hay mucha gente en el vagón y la escucho perfectamente. Supongo que es el mismo truco de la discoteca, cuando insistía en hablarme al oído.
    -¿Qué tal ha ido tu semana? -me pregunta.
    Resoplo.
    -Empezó bien -le sonrío recordando nuestra primera vez. -Muy bien. Y, bueno, el resto ha sido facultad y casa. No hay mucha historia -le respondo. -¿Y la tuya? ¿Qué es eso que te tiene tan agobiada en el curro?
    -¿Cómo que ya está? ¿Y esas noches de insomnio recordando mis caricias?
    Me pongo roja. Una cosa es decirle estas cosas por el móvil y otra hablar de ello en persona.
    Mamen sonríe y me da una tregua.
    -Mi semana ha sido chunga. Hay un ascenso en juego. Yo soy una de las aspirantes y la cosa está entre tensa y muy tensa con el resto de compañeros. Todos estamos dando el 200%, echando horas, que además tienen que ser productivas. Esta semana he dormido muy poco.
    -Vaya… -me preocupo. -¿Y cuándo se sabrá quién asciende?
    -Pfff, cuando le de la gana a mi jefe. A veces creo que se está flipando, que nos está vacilando, que quiere saber hasta qué punto somos capaces de vendernos, pero sé que es real, que está ahí y que puedo tocarlo. Más pasta, más libertad, más responsabilidad también, pero, si lo consigo, podré decir adiós a la gente de mi oficina y a mi jefe, que estoy hasta las narices de ellos.
    -Ah, pero… ¿implica un traslado de oficina?
    Mamen responde que sí con la cabeza de manera distraída. Hemos llegado a la estación.
    -Vamos -me dice mientras me agarra la mano y tira de ella para salir del tren.
    Tengo poca idea de fútbol, la verdad. Sé que hay defensas, centrocampistas, porteros y delanteros y que estos se llevan la fama porque son los que marcan los goles. Pero no sé qué es un fuera de juego ni para qué sirven tantas líneas en el campo. Y, por supuesto, de estrategia cero. Y aquí me encuentro, rodeada de chicas que no paran de gritarle al árbitro pidiendo tarjetas o sugerirle al entrenador que meta a un mediocentro más para apuntalar la posesión del balón.
    Yo me fijo en Mamen, en cómo mira concentrada el partido mientras lo comenta con sus amigas.
    -Oye, Nico, no te había visto por la zona, ¿por dónde sueles salir? -me pregunta Ana, una de sus amigas.
    Estoy por preguntar de qué zona habla pero me muerdo la lengua cuando caigo en que habla de la zona gay.
    -No -responde Mamen por mi. -Nico acaba de salir del cascarón -dice acariciándome el pelo y sonriéndome dulcemente. Es oficial: se me humedece la entrepierna cada vez que me sonríe así.
    -Ah, pues luego te enseñamos todo lo que necesitas saber -dice Laura, la otra amiga.
    -Sí, Laura te pasará un dossier con las chicas más populares de Chueca. No es broma: tiene uno -dice Ana.
    Yo me río sin saber muy bien si me está vacilando o no, pero Laura asiente orgullosa.
    -Por ejemplo -dice Laura -esa chica que está en el banquillo, la rubia de pelo corto.
    -¿La que lleva los cordones de las botas sin atar?
    -La misma. Bien lejos. Se llama Carolina y es una zorra.
    Le miro sorprendida.
    -Sí, se ha cepillado a medio Chueca -apunta.
    -Su especialidad son las recién llegadas que no conocen su fama y algunas veteranas que creen que le pueden cambiar -añade Ana señalando de manera silenciosa a Mamen.
    Mamen se vuelve y le regaña por lo bajo.
    -¿Es tu ex? -le pregunto como una gilipollas.
    -A ver, ex ex no… -se defiende. -Pero sí nos hemos liado un par de veces o tres -acaba sincerándose.
    Intento no mostrar decepción pero lo debo hacer muy mal porque Mamen me consuela.
    -Nico, no fue nada.
    -olvídalo, he sido un poco tonta -le digo.
    -¿Por qué dices eso?
    -Es ingenuo pensar que no tienes un pasado. No puedo molestarme por eso.
    Mamen sonríe de nuevo. Otra vez humedad vaginal. Me coge de la barbilla y me besa por primera vez en toda la tarde. El Mar Rojo entre mis piernas.
    -Mira, va a salir Carolina -señala Ana. -¿Oye, Laura, cómo llevas que comparta vestuario y duchas con tu novia?
    -¿Cuándo vas a dejar de hacerme la misma pregunta siempre?
    -¿Quién es tu novia, Laura? -le pregunto ahora que empiezo a tener confianza con ellas.
    -La 8. Se llama Ali.
    A Laura se le cambia la cara cuando desde la banda llaman a su novia para hacer el cambio. Carolina sale sin chocar las manos con su compañera y sin apenas cruzar la mirada.
    -Zorra -dice Laura.
    Ana se lleva el índice a la boca para sugerirme que no mencione nada de esto nunca más.
    El primer balón que toca Carolina le viene de un rebote en el centro del campo. Lo baja delicadamente con el pie y sale con velocidad hacia la portería contraria. Para ser tan alta es bastante habilidosa. Le acompañan un par de compañeras pero prefiere jugársela sola y empieza a regatear a toda aquella que se le cruza por delante. Sus compañeras ya no le siguen y ella termina regateando a la portera y marcando gol. Es el tanto de la victoria pero no lo celebra. La gente a nuestro alrededor está de pie aplaudiendo a Carolina y nosotras nos miramos con cara de circunstancias.
    Miro al banquillo. La novia de Laura tira una botella de agua al suelo y se marcha al vestuario.
    Esperamos a la salida a que salga Ali y las otras chicas, pero la primera en salir es Carolina. Tiene el gesto duro y la mirada afilada y azul. Es alta y delgada. Pasa a nuestro lado pero sólo me mira a mi. Mamen me echa un brazo por encima y Carolina sonríe con una mezcla de malicia y un no-sé-qué que no sé identificar.
    Va directa al grupo de amigos que le esperan unos metros detrás de nosotras. Unos hooligans que no han parado de gritar durante todo el partido que saliera a jugar Carolina y que ahora le ovacionan y le abrazan.
    Cuando sale Ali no trae cara de buenos amigos. Yo observo desde la distancia física y emocional de aquella escena. Besa a Laura y se abrazan. Su novia le dice algo al oído pero Ali mira a Carolina por encima del hombro de Laura. Veo odio en esos ojos.
    -Chicas, si no os importa, nos vamos a casa -dice Laura.
    Todas asentimos comprendiendo la situación.
    -Sí… Nosotras también nos vamos a casa -oigo que dice Mamen.
    A mi se me debe iluminar la cara porque Ana se ríe y nos da permiso.
    -Pues nada, nos iremos nosotras a celebrarlo -dice Ana.
    Yo sigo con el Mar Rojo entre las piernas desde el beso de Mamen y sólo espero que venga Moisés, a.k.a. los dedos de Mamen, a separa las aguas.

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  • Capítulo 10: Agradecida y emocionada

    Estoy en mi cama, recién duchada y con el pelo seco ya. Me siento limpia y estoy agotada al tiempo que me invade una nueva sensación de reconciliación conmigo misma.
    Asoma una pequeña duda cuando me viene a la mente la cara de mi madre cuando llegué. Sacudo la cabeza y me hago una bolita en la cama.
    Recuerdo los besos y caricias de Mamen y me invade una sensación cálida que nunca antes había experimentado.
    Prohibido enamorarse, Nico. No seas tan niñata de enamorarte por un polvo, por una primera vez, por una primera chica.
    Pero, uf, qué chica, qué polvo y qué primera vez.
    Mientras me relamo en el recuerdo de los detalles de mi noche con Mamen pienso que si no morí de placer, tampoco lo haré por mandar un mensaje.
    Alcanzo el móvil de la mesilla y le escribo.
    «Mamen, quería escribirte para darte las gracias. Sólo me sale eso. Muchas gracias».
    Envío y me doy cuenta de la estupidez que es poner el nombre de la persona en el mensaje. Es obvio que me dirijo a ella. Lo he escrito como si estuviéramos delante y necesitara que me mirara para darle las gracias, pero con los mensajes al móvil, la función conativa la realiza un LED luminoso y parpadeante.
    Trato de dejar de pensar. No espero a que me conteste, estoy agotada y quiero dormir. Dejo el móvil en silencio sobre la mesilla y vuelvo a hacerme una bola.
    Al poco rato, veo en el techo una débil luz verde y parpadeante. Me giro y veo que es el móvil. Tengo un mensaje. Sí, es de Mamen.
    «Era tu primera vez, ¿verdad?», me pregunta.
    Medito dos segundos la respuesta. Se me cruza por la mente la idea de mentirle y decirle que no, pero mis dedos me traicionan.
    «Sí…».
    Mamen no contesta. Nos quedamos las dos sin escribir pero «en línea», como si estuviéramos mirándonos en silencio. Pero lo único que miramos es una pantalla de móvil.
    A los pocos segundos, Mamen sale de la conversación y yo me quedo sola mirando al vacío.
    Es el minuto más largo de mi vida. Tras él, Mamen vuelve a estar en línea y a escribir.
    «Espero que te haya gustado. Creo que nunca he sido la primera vez de nadie».
    «Sí me ha gustado».
    «Como no has gritado…».
    «No quería molestar a los vecinos o a tus compañeros».
    «Jajaja, ¡ellos me molestan a mi con sus noches de amor!».
    La palabra amor cae como una plomada en el chat. Parece que Mamen se ha dado cuenta porque cambia de tercio.
    «Nico, tengo que despedirme. Mañana me espera un día muy duro en el trabajo».
    «Claro. Buenas noches. ¡Qué vaya bien mañana!».
    «Gracias. Ya te contaré 😉 Buenas noches. Que descanses».
    Mamen vuelve a salir de la conversación y yo me quedo embobada mirando la pantalla.
    Prohibido enamorarse, Nico.
    Pienso en lo rápido que han pasado las cosas. En poco menos de una semana me he enamorado de una desconocida en el metro, he salido del armario, he ido a un bar de lesbianas y me he acostado con una.
    Y a la vez lento. Si lo hubiera sabido antes, si no hubiera consumido tanto tiempo de mi vida negando o ignorando una parte de mi, ahora probablemente tendría la conciencia más tranquila. O, desde luego, más experiencia. Yo y mi maldita ingenuidad. La misma desde los 13 años cuando lloré a moco tendido durante semanas porque mi mejor amiga se iba a mudar a otra ciudad y no la iba a volver a ver.
    -Cariño, ahora no lo ves pero harás nuevas amigas. No hagas un drama. Eres muy joven -decía mi madre. Yo no era capaz de responderle más que con un “Era ella, era ella…” que ni mi madre, ni yo llegamos a entender nunca qué significaba. O quizá mi madre sí lo sabía y es ahora cuando yo comienzo a comprender.
    Al despertar descubro que tengo un mensaje de Mamen en el móvil.
    “¡Qué tengas un buen día!”.
    Esto sí que no me lo esperaba y una sonrisa bobalicona inunda mi cara.
    Abro las cortinas y llueve a mares, pero a mi me parece un día estupendo y voy canturreando por toda la casa.
    Raúl me recibe con una sonrisa picarona en la facultad. Le he dado un adelanto de lo que ocurrió el día de antes y quiere más detalles.
    -Aquí está mi bollito favorito.
    -Calla. Se va a enterar toda la cafetería.
    Algunas personas me miran de reojo.
    Cuando estamos acomodados en una mesa, comienzo a contarle cómo fui a casa de Mamen y lo bien que me trató.
    -Ya, ya, pero… ¿qué hicistéis en la cama?
    -Ah, no, ese tipo de detalles no te los voy a contar.
    -Venga, tía… Ten en cuenta que la sociedad heteronormativa ignora por completo cómo os lo montáis las lesbianas y que harías un gran favor a la humanidad entrando en ese tipo de detalles para normalizar el sexo lésbico.
    -Contándotelo a ti…
    -Sí.
    -No. Prefiero que la sociedad heteronormativa piense que si no hay polla no hay sexo antes de que me visualices follando.
    Raúl se lleva un chasco con mi respuesta, por lo que trato de volver a ganarme su confianza.
    -Lo importante es que me trató muy bien. Fue muy dulce y sexy a la vez.
    Raúl tuerce el morro y, aunque no se da por satisfecho, establece una tregua.
    -¿Vas a volver a verla?
    -Creo que sí. Me encantaría.
    -Espero que no sea una bollera zorra.
    -¿Una qué?
    -Una bollera zorra -repite Raúl y cuando ve que no pillo por dónde va, pone los ojos en blanco y resopla. -¿Cómo puedes ser tan lista para unas cosas y tan ingenua para otras?
    Encojo los hombros.
    -Las bolleras zorras son mujeres que se dedican a zorrear, a ir de tía en tía, una picaflor…
    -Me ha dado los buenos días.
    -Ah, bueno. Entonces puede que sólo sea una bollera zorra educada.
    -¡Oye! -le digo indignada por haber insultado a Mamen, -¿desde cuándo eres un experto en lesbianas?
    Raúl se ríe y pide perdón uniendo las manos.
    -Pasa en todos los sitios. Siempre hay un tipo de persona que le gusta zorrear, sea lesbiana, gay o heterosexual. Mira, ¿ves esa de ahí? -me dice señalando a una chica muy atractiva que empuja la bandeja de comida por la barra de la comida.
    -Sí.
    -Pues le gusta zorrear. Se ha tirado a media facultad. Sólo tíos. No te hagas ilusiones.
    Le miro con odio porque me ha calado.
    -Yo te lo digo porque eres nueva, no te conoces al personal, no has salido por la zona gay, no sabes de qué palo va cada una. Eres un pollito recién salido del cascarón.
    -Ya, gracias. ¿Cómo se llama?
    -Verónica, creo. Eh, pero por mi guay. Ser joven es eso: vivir libremente nuestra sexualidad.
    -Sí… y estudiar. ¿Me pasas los apuntes de ayer?

  • Capítulo 9: Derribando puentes

    (¡) Este capítulo contiene trazas de sexo. Manejar con cuidado. Manténgase alejado de los/as niños/as.

    Se nota que no es la primera vez que Mamen lo hace con una chica que nunca ha tenido sexo lésbico. Es muy atenta y cariñosa.
    Le estoy esperando sentada en su cama. Ella ha ido a por un poco de agua para mi. Aprovecha su paso por el salón para comentarle a sus compañeros de piso que tiene compañía. Oigo que le dicen algo en tono burlón.
    Cuando vuelve a la habitación trae una botella llena de agua, un vaso y una sonrisa preciosa.
    -Hola -dice mientras llena el vaso.
    -Hola -le respondo sonriendo.
    Me lo da y me lo bebo de un trago. Tengo la boca seca pero, contra todo pronóstico, no tengo ganas de ir al baño.
    Es la misma iluminación que la primera vez, aquella en la que salí huyendo. El mismo dorado de su piel, el mismo vello erizado de los brazos.
    -¿Me perdonas? -le pregunto.
    -¿Por qué? ¿Por asaltarme por la calle? -dice riendo.
    -No… -me pongo roja al recordarlo. -Por salir corriendo el sábado.
    Mamen me pone un mechón detrás de la oreja.
    -Sí, te perdono. Pero no lo vuelvas a hacer -dice apuntándome con el dedo. El dedo…
    Niego con la cabeza como una niña a la que le han echado la bronca.
    Para que me crea que esta vez voy en serio, me acerco a su boca y le beso. Esta vez, con más calma que en la calle. Mamen me devuelve el beso y en pocos minutos, volvemos a estar donde lo dejamos el sábado. Con una excepción: cuando Mamen me va a quitar el jersey, me quedo quieta y le dejo hacer.
    Una vez superada esta primera barrera, las cosas se precipitan y siento que pierdo el control poco a poco. Más que perderlo, se lo cedo a Mamen que se siente más cómoda manejando mi cuerpo, tumbandolo en la cama y acariciándolo suavemente.
    Me dejo llevar.
    Me dejo besar, morder, lamer.
    Mamen recorre cada palmo de mi piel con sus manos seguras, sus labios suaves y su lengua húmeda.
    A mi me vienen oleadas de su olor conforme sube y baja. Es dulce pero comienza a notarse el aroma de la transpiración.
    Estoy completamente desnuda sobre su cama y le ayudo a quitarse ropa hasta que ella también queda a la intemperie.
    No paro de jadear pero sé que Mamen no ha hecho más que empezar conmigo.
    Agarra mis pechos y sus pulgares juegan con mis pezones. Los pellizca delicadamente, los chupa y los muerde. Jamás pensé que podría gustarme tanto que me mordieran los pezones.
    Noto su coño mojado frotándose contra mi muslo.
    Baja con su boca por mi vientre, me abre las piernas y muerde el interior de los muslos.
    Sé que me va a matar pero tengo que pararle.
    -Mamen…
    Mamen me mira desde abajo. Tiene cara de “no me hagas esto otra vez, por favor”.
    Le pongo carita de pena.
    -¿Te importa si dejamos lo del sexo oral para otra ocasión?
    Respira aliviada y suelta una suave carcajada.
    -No, no me importa -dice sonriendo.
    Invade con su lengua mi boca, juego con ella, le agarro el culo, le clavo las uñas. Estoy a mil y no sé muy bien por qué le he dicho que no quería sexo oral.
    Ahora es ella la que frota su muslo contra mi sexo. Yo sigo notando su vello púbico rozándome la pierna. Mamen sube y baja con mucha energía. Su espalda está arqueada, parece un puente a punto de derrumbarse.
    Su mano izquierda comienza a recorrer mi cuerpo: me agarra la nuca, baja la mano para hacerme una caricia en el cuello, sujeta mi pecho, me hace cosquillas en el vientre y me aprieta la cadera. Me quiero morir cuando pasea sus dedos por encima del hueso de la cadera, pero no se entretiene mucho ahí. Enseguida baja para acariciar el pelo de mi entrepierna.
    Estoy sudando como en mi vida lo había hecho. Intercalo el jadeo con momentos en los que me quedo sin respiración. Creo que voy a perder el sentido cuando mete sus dedos, aquellos dedos que me hicieron el símbolo de la victoria el sábado, en mi coño.
    Noto cómo resbalan, cómo entran y salen a su antojo.
    Mamen no para de decirme cosas: que si estoy mojada, que si estoy cachonda, que si ahora voy a saber lo que es que me follen bien. Yo digo a todo que sí y que no pare.
    Arqueo la espalda hasta el punto que creo que me voy a partir. Otro puente que cae producto del desenfreno.
    Cojo a Mamen por los hombros y le obligo a tumbarse. Me siento a horcajadas sobre ella mientras cabalgo sobre sus dedos. Con la otra mano, continúa acariciando mis pechos.
    -Bésame -le ordeno. -Bésame.
    Mamen hace el esfuerzo por llegar hasta mi boca, pero no se lo pongo fácil. Acaba poniéndose de rodillas frente a mi y me besa casi con violencia.
    Quiero gritar pero me parece de mala educación. No querría molestar a los vecinos.
    También quiero saber cuándo acaba este polvo. No porque quiera que acabe, sino porque ya llevamos un buen rato y mi cuerpo quiere más. No tengo fin.
    A Mamen se le debe estar cansando el brazo, pero no se queja. Tampoco se queja de que yo no la esté tocando, pero jadea igual. No entiendo por qué, pero tomo nota mental para preguntarle algún día.
    Cuando parece que el placer alcanza su techo, sube otro escalón más. Y otro. Y otro. Se me va a salir el corazón del pecho. Dejo de moverme y empiezo a besar a Mamen con calma. Las orejas, los ojos, las mejillas que las tiene ardiendo. Apreto su cuerpo contra el mío y le susurro al oído que pare.
    Mamen me mira extrañada.
    -¿Estás bien?
    Asiento con la cabeza. Trato de recuperar un ritmo de respiración que me permita explicarme.
    -Sí, es que llevamos mucho rato dándole y tampoco quiero abusar de ti. Que yo no te he tocado nada y me parece injusto.
    -¡Qué tontería, Nico!
    Otra vez agacho la cabeza como una niña avergonzada. Mamen me agarra la barbilla y me obliga a mirarle.
    -Vale. Lo dejamos por hoy.
    -Me estaba gustando mucho pero no veía que llegara el orgasmo y me he asustado un poco.
    Mamen suelta una carcajada que retumba en las paredes.
    -Lo importante es que disfrutes del camino.
    -Pues he disfrutado muchísimo.
    Nos tumbamos en la cama. Los olores a perfume, sudor y sexo se entremezclan cargando el ambiente.
    -Estoy aquí un ratito pero me tendré que ir luego.
    -Sí -dice Mamen para luego besarme en la frente.
    Cuando llego a casa aun me tiemblan las piernas. Son las 7. Un poco tarde para un lunes pero tengo la excusa pensada.
    -Ya era hora de que llegaras -me regaña mi madre. -¿Se puede saber dónde has estado toda la tarde?
    -Tenía que hacer un trabajo de la universidad. ¿No te lo dije?
    -No, no me lo has dicho.
    Quedamos las dos unos segundos frente a frente y en silencio. Ella no ha cambiado su gesto torcido y yo tengo miedo de que me huela algo que no ha olido hasta ahora.
    -Me voy a la ducha.
    -Sí, vete -me dice cuando paso por su lado.


  • Capítulo 8: Bienvenida

    Llego a casa con el estómago vacío y la cabeza llena. Las escenas de esta noche me dan vueltas como una lavadora centrifugando.
    Pienso en cómo he llegado hasta aquí. Recuerdo a la chica del metro. ¡Cómo olvidarla! Abrió una puerta que no puedo cerrar por más que intente. Por ella acepté la propuesta de Raúl y fue a ella a quien vi en el bar, aunque luego resultara no ser la misma persona.
    Pero no es de ella de quien se trata, sino de «ella», de que es un ella y no un él. Y, ¿por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué a mi?
    Al cruzar el umbral de mi puerta veo ante mi a mi padre como una aparición: bosteza, luce una panza importante, tiene sus cuatro pelos despeinados y va en calzoncillos slips.
    -¿Ahora vienes? Te lo habrás pasado bien, ¿no?
    Hay algo en su tono que me hace pensar que sabe qué he hecho. Le gruño y voy al baño a lavarme la cara. Tengo un aspecto horrible: la trenza se me ha deshecho, tengo un poco de vómito en el jersey y me noto algo ojerosa.
    Dejo que el agua corra hasta que se caliente un poco y me froto la cara para tratar de borrar esta noche.
    Cuando estoy en la cama me doy cuenta de que es tarea imposible. Me convenzo de que no es malo desear a una chica para rebatirme al instante siguiente. Mamen me ha quitado el sueño y la tranquilidad. ¿Cómo puedo hacer para recuperarla? Necesito borrar el beso. No. Necesito estar con ella. Necesito ese beso. No. Sí. Joder.
    Acabo durmiendo fruto del agotamiento.
    Nunca pensé que me pasaría esto, pero no salgo de la cama en todo el domingo. Respondo a los mensajes de Raúl que insiste en venir a mi casa a hablar, pero no le dejo. No estoy de humor y creo en mi fuero interno que esto lo tengo que pasar yo sola, como una fiebre, sudando y delirando bajo las sábanas.
    Me echa la bronca por no consumar anoche. Luego rectifica y se muestra comprensivo. Me pide disculpas por abandonarme. Finjo indignación y tardaré semanas en reconocer delante de él que fue lo mejor que hizo por mi en mucho tiempo.
    -¿Estás bien, hija? ¿Te hago una sopa? -pregunta mi madre al otro lado de la puerta.
    Para sopas estoy yo.
    -¿O prefieres unas croquetitas?
    -¡No! -salto. Al instante rectifico. -Bueno, vale. Unas croquetas.
    -Pues sales, que ya sólo me faltaba traerte la comida a la cama. Ni que fuera esto un hotel.
    Las madres son el reverso de los zumos de naranja: pasan de la dulzura a la acidez en dos segundos.
    De alguna manera percibo la frustración que deben sentir mis padres ahora mismo. El silencio, la tensión, el “¿Y a ti qué te pasa ahora?” de mi madre. Saben que me pasa algo, saben que estoy sufriendo pero también saben que no pueden preguntar o que, si lo hacen, responderé con un gruñido.
    -Deja a la chica. Ya se le pasará -dice mi padre.
    Me pego la noche del domingo al lunes en vela esperando a que se me pase. Pero no se me pasa. Estoy enferma de Mamen. Su fiebre me recorre el cuerpo de arriba abajo, empapándome la espina dorsal. La única medicina que me hace efecto es tocarme y me tomo tres dosis.
    El lunes amanezco con unas ojeras horribles que trato de camuflar bajo kilos de corrector. Como se nota que me he maquillado, me pongo rimel al que acompaño con colorete para no desentonar. Voy maquillada a clase por primera vez en mi vida.
    Es culpa de Mamen. O gracias a ella. Ya no lo sé.
    Todo lo que hago o pienso tiene su sello. No se me va de la cabeza.
    La huelo en las chicas del autobús, siento su piel en la yema de mis dedos. Tengo la impresión de que me la voy a encontrar en cualquier momento.
    Dentro ya del vagón del metro, noto una presencia por detrás y me da un vuelco al corazón. En mi mente se han mezclado las caras de la chica del metro y Mamen, pero cuando me giro veo a un tío que me rompe el corazón.
    Cuando abre la boca para hablarme la cosa no mejora.
    -Hola, guapa, ¿tienes WhatsApp?
    Si hubiera desayunado algo se lo vomitaba encima.
    -¡Cerdo! -le suelto.
    -¿Qué pasa? -dice con autosuficiencia -¿No te gusto?
    -Pues no -digo separándome de él.
    -¿Eres bollera o qué?
    Se me acaba de bajar la fiebre a los pies de golpe.
    -Mira tío, eres imbécil.
    El chico lejos de cortarse avanza hacia mi con sus pectorales por delante.
    -Sí, soy lesbiana pero te voy a decir una… no, dos cosas. Una: ni aunque fuera la tía más hetero del planeta perdería el culo por ti; y dos: eres la primera persona a la que le digo que soy lesbiana.
    El tío se queda un poco roto con mi respuesta y yo, aprovechando este arrebato de valentía, salgo del vagón y subo las escaleras de salida.
    En la calle tardo un rato en percatarme de que ya he estado allí antes, de que me suenan los adoquines del suelo, las fachadas, el susurro de los árboles. Levanto la vista y ahí lo veo: el cartel de la estación de metro más cercana a la casa de Mamen, ese por el que entré hace unas horas con el estómago aun revuelto.
    Debe ser una señal: Hoy no es día de clase. Hoy es día de Mamen.
    Deshago los pasos que di el sábado por la noche y llego a su casa. Es el portal, es la puerta y, haciendo un poco de memoria, sé cuál es el piso. No lo pienso mucho, porque sé que si lo hago me echaré atrás, y timbro al portero automático.
    -¿Sí?
    -¿Está Mamen? Soy Nico.
    -Se ha confundido -responde la voz.
    -Ah… -digo con tristeza.
    -Es el botón de al lado.
    Sonrío como una tonta y le doy las gracias.
    Me tiembla un poco el dedo pero hago un esfuerzo por mantenerlo firme y doy al botón.
    -¿Sí? -dice una voz femenina.
    Se me hiela la sangre. No es la voz de Mamen. Sé que comparte piso y puede ser una compañera, pero también puede ser su novia o una amante o una amiga con derecho a roce. Al fin y al cabo, Mamen es muy guapa, podría tener una cada día.
    -¿¿Síiii?? -insiste la voz enlatada del telefonillo, pero yo sigo inmersa en mis dudas.
    A lo mejor yo era su “chica del sábado” y al salir corriendo le jodí la semana. No puedo estar con una chica con tanta… experiencia. A lo mejor debería empezar con otra chica más novata. Como yo…
    -¡Vas a molestar a tu puta madre! -grita indignada la chica.
    Quiero decir algo pero no me salen las palabras. Oigo una persiana que sube y temo que sea la chica del piso que se asoma para escupirme.
    Me giro para salir corriendo de allí, una vez más. No puede estar pasándome esto de nuevo. No puede y sin embargo está pasando.
    Camino con el paso apretado y la cabeza agachada. Estoy enfadada conmigo misma.
    Al cruzar la esquina, choco con alguien.
    -Disculpe -digo sin levantar la mirada.
    -¡Nico! -dice la persona con la que me he dado en encontronazo.
    Cuando levanto la cabeza, veo a Mamen y no puedo hacer otra cosa que lanzarme a sus brazos y llenarle la cara y la boca de besos.
  • Capítulo 7: Punzadas en el estómago

    Psicosomatizo demasiado. Estoy cagada de miedo tras el beso. Literalmente. Y necesito ir al baño.
    -¿Estás bien, Nico? -me pregunta Mamen.
    Niego con la cabeza.
    -No, no me encuentro bien. Me duele el estómago.
    -Salgamos afuera.
    Sé que necesito aire fresco así que le hago caso. Veo a la mujer de la puerta que me sonríe con complicidad. No estoy para sororizar ahora mismo y lo ha debido notar.
    -No me vomites en la puerta, ¡eh! -me dice.
    Mamen me sujeta el cuerpo. Me duele tanto el estómago que camino doblada.
    -¿Qué te pasa? ¿Quieres vomitar?
    -No… -le contesto.
    -¿Necesitas… -hace una pausa para encontrar la expresión adecuada, -hacer caca?
    Me río lo cual me produce más dolor. Me he reído porque me hace gracia oír esa palabra salir de su boca. Es tan infantil y ella parece tan madura.
    -Creo que sí.
    -Entremos y vamos al baño. Daré codazos si hace falta.
    Le digo que no con la cabeza.
    -Ah, ya, eres de esas.
    -¿De cuáles?
    -De esas personas que no pueden hacer caca en sitios públicos.
    Me río de nuevo. Más dolor. Asiento con la cabeza.
    -Ven a mi casa. Es un lugar desconocido pero a estas horas no habrá nadie, estarás calentita y podrás sentarte en la taza.
    Levanto una ceja.
    -Podrás hasta comer en ella, que me ha tocado limpiar el baño esta semana -dice mientras hace el signo de la victoria con los dedos.
    Me fijo en esos dos dedos levantados y me entra otro retortijón. La paradoja: su invitación me da más dolor de tripa, por lo que no tengo otra opción que aceptarla e ir a su casa.
    Su casa está muy cerca del bar. O eso me ha dicho. Durante el trayecto no para de hablar y preguntarme qué tal voy. La verdad es que es muy atenta y logra distraerme. Hasta que no llegamos a su portal no me doy cuenta de que ya no me duele la tripa, pero es cruzar la puerta de su casa y, ay, vuelven los retortijones.
    Tenía que haberme ido antes de subir.
    -El baño -me dice señalando una puerta del pasillo.
    Sonrío con los labios apretados al tiempo que le ruego con la mirada.
    -No te preocupes. Iré a mi habitación. Ahí no oiré nada -dice antes de marcharse.
    Mamen tenía razón, se podría comer en ese váter.
    Me siento y evacuo de manera tan potente que dudo que no lo haya escuchado. Busco desesperada el ambientador y le doy tres o cuatro veces hasta que me ahoga el olor perfumado.
    Salgo del baño y permanezco unos segundos en el pasillo. Lo último que querría ahora sería llevarme la estela de olor conmigo.
    -¡Mamen! -la llamo.
    -¡En la habitación del fondo!
    ¿Se supone que tengo que ir a su habitación?
    -¡¡Ven!!
    Mierda.
    Camino pegada a la pared como si tuviera miedo a que me saliera un monstruo. El monstruo del sexo lésbico.
    La puerta está entreabierta y la luz es tenue. Cuando entro me doy cuenta de que he caído en su trampa. Se ha quitado la ropa hasta quedarse con una camiseta de tirantes y unos bóxer. No lleva sujetador porque se le marcan los pezones.
    -Tengo que irme a casa. Mis padres… -me muerdo la lengua antes de acabar. De nuevo he sonado infantil y me daría de bofetadas por ello. Pero, ¡un momento!, a mi qué me importa lo que piense Mamen si no me voy a liar con ella. No me voy a liar…
    Mamen se acerca a mi. La luz de la lámpara le ilumina parcialmente acentuando el tono dorado de su piel. Al trasluz puede verse el terciopelo que conforma su piel, los vellos de los brazos y las piernas.
    Sí, le estoy mirando las piernas. Y los brazos, y los pezones, el cuello, la boca.
    -No temas -me dice. -Esto lo hemos hecho antes.
    Me agarra la nuca, me lleva hacia ella y me besa igual que en el bar, pero antes de que me zafe, sube la intensidad, sus labios se hacen más tiernos y jugosos y mete su lengua en mi boca.
    Me abandono por completo pero me siento torpe. Dejo mis manos muertas en su espalda. Pega su cuerpo al mío y me abraza con fuerza por la cintura. Hago lo mismo. Toco la piel suave y caliente de sus brazos. Mete sus manos bajo mi jersey. Tengo muchísimo calor y quiero quitármelo. Parece que me lee el pensamiento porque ha agarrado los bajos del jersey para quitármelo.
    Cuando tengo la prenda en la cabeza, tomo conciencia de la situación. Como si al quedarme ciega hubiera adquirido el superpoder de la percepción.
    -Para, para, para -le digo con una voz que sale ahogada desde debajo del jersey.
    -¿Qué pasa?
    -No puedo… Yo no soy… No soy como tú.
    Salgo de la habitación y me pierdo por el apartamento en busca de la puerta para salir de ahí, para salir de este nuevo yo que no me gusta, que no soy yo, que le ha dado por salir ahora y que voy a guardar en un cajón bajo llave.
    -Nico… -oigo a Mamen rogarme desde el rellano de su escalera.
    Bajo las escaleras lo más rápido que me permiten las piernas, todavía temblorosas y salgo a la calle.
    Son las 2 de la mañana y vomito lo último que me queda en el estómago.