Categoría: novela lésbica

  • Capítulo 30: ¿Y si fuera ella?

    Raúl lanza varios papeles al aire y nos caen encima lentamente. Son los apuntes de nuestro último examen.

    -¡Dios, pensé que no llegaría nunca este día! -grita al aire.
    Yo no estoy tan liberada. Sí, hemos acabado los exámenes, pero a mi me espera un verano muy aburrido. Sólo unas tristes prácticas en una emisora de radio de onda corta en pleno agosto.
    -Vente con nosotros a la playa!
    -No tengo pasta. Y ganas tampoco.
    -Vale, abuela. Estás de un coñazo últimamente… Molabas más cuando eras una folladora.
    Le miraría con odio pero no tengo ganas de discutir. Encojo los hombros y camino hacia el metro arrastrando los pies.
    -Oye, esta noche nos vamos de fiesta, ¿no? -me dice ilusionado. -Para celebrarlo.
    Resoplo.
    -Va, tía, desconecta un poco. Te has dejado los cuernos este mes estudiando, has sido como una monja de clausura y apenas te has relacionado con la gente. Te toca disfrutar.
    -¿Disfrutar el qué? ¿Otra noche donde la única diversión es beber alcohol en un bar con la música a tope y con el único objetivo de acabar en la cama de alguien?
    -Sí. Eso es lo que viene siendo un viernes noche.
    -Pues no me apetece. Me he cansado de ese rollo. Además, mi madre se pone mosca cada vez que salgo por ahí.
    -Se ponía mosca. Y con razón, porque los findes no te veían el pelo. Va, ya hablo yo con tu madre -me dice golpeándome suavemente en el brazo.
    Sé que si meto a Raúl en mi casa se camelará a mi madre y le convencerá de cualquier cosa, pero sigo sin tener ganas de discutir.
    -Lo que quieras.
    Todo es un calco de la primera noche que salí a un bar de lesbianas. Viene Raúl a mi casa y mi madre le tiende una alfombra roja.
    -Y dime, ¿vas a ir de vacaciones a algún lado? -le pregunta mi madre cuando estamos los cuatro en el salón.
    -Sí, voy a ir con mi novio a la playa. Todavía no sabemos dónde, pero…
    -Ah, pero, ¿es que eres maricón? -suelta mi padre.
    El ambiente relajado se corta en seco y la tensión invade la estancia. Raúl me mira esperando que le eche un capote, pero no sé qué decir. Mi madre mueve nerviosamente las manos y se muerde el labio de abajo. Cuando el silencio se hace insoportable, mi padre empieza a reírse.
    -Que ya lo sabía, joder. Me estaba quedando con vosotros -dice entre lágrimas.
    -¡Manolo, me vas a matar de un disgusto!
    Raúl insiste en hacerme una trenza, como la primera vez.
    -Nada de trenzas esta noche, gracias.
    Vamos a los garitos de siempre, donde vemos a la misma gente de siempre y escuchamos la misma música de siempre. Raúl y Sergio bailan desenfrenados. Están disfrutando y yo no soy más que una muermo que les está arruinando la noche.
    -Raúl, voy al baño -le digo por encima de la música.
    Él levanta el pulgar y yo me abro paso entre la gente hacia el baño.
    Por el camino, veo a Carolina que se está camelando a una novata. Saluda con la cabeza pero no sonríe. Las dos sabemos que esa no es la chica de su vida.
    Algunas de las chicas de la fila para el baño me gruñen.
    -Sólo vengo a mear. Lo juro -tengo que justificarme.
    Hago malabarismos sobre la taza para no tocarla con el culo pero que el pis caiga dentro, al tiempo que trato de que no se me caiga el bolso y de que mis pantalones no toquen el suelo asqueroso del local.
    -Hey -oigo que alguien me llama. Unos golpes en la pared me advierten de que es la chica del habitáculo de al lado.
    -Dime.
    -¿Tienes papel?
    La chica parece apurada y le paso un paquete de klínex por el hueco de debajo.
    -Gracias. Sólo necesitaré uno.
    Cuando va a devolverme el paquete, nuestros dedos se tocan y nos damos un chispazo fruto de la electricidad estática.
    -¡Magia! -dice entre risas.
    Yo también me río. Será triste pero es lo más divertido que me ha pasado en toda la noche. Entonces caigo en la frase de Carolina: una chica que te reviente el corazón, te quite el aire de los pulmones y te de un chispazo cada vez que te toque. Yo tenía a esa chica que me reventaba el corazón y me quitaba el aire de los pulmones cada vez que la veía por las mañanas en el metro. Y recuerdo el chispazo. No fue un chispazo físico, pero cuando su meñique rozó mi pierna aquella mañana demasiado lejana estuve a punto de morir electrocutada.
    Oigo que la chica sale del baño y siento que tengo que salir a por ella. ¿Y si fuera ella? Me digo como si fuera una Alejandro Sanz del ambiente. O Malú.
    Salgo rauda del baño y la veo. Veo su espalda, su melena morena y lisa y su cuerpo fibroso que cruza el local haciéndose paso entre la gente de manera educada pero eficaz. Voy tras ella, doy codazos para avanzar, pero se aleja, la pierdo. Trato de ir un poco más rápido empujando a los que se interponen entre ella y yo. A veces, salgo rebotada porque alguien se enfada y me empuja de malas maneras.
    Veo que la chica del metro (¿es ella?) se dirige hacia la puerta para salir a la calle.
    Tras un último empujón, paso la parte más concurrida del local y casi caigo al suelo por el ímpetu.
    -¡Nico!
    Alguien me llama, conozco su voz, pero mi cabeza no puede procesarla todavía.
    -Nico, eres tú. Tenía muchas ganas de volver a verte.
    Me giro hacia la voz y la veo, tan guapa, segura de sí misma e inoportuna como siempre.
    -Mamen… -acierto a decir.
    Mamen me abraza como si no hubiera pasado una relación, ni una ruptura, ni un puñado de pasiones y miedos soterrados bajo la arena del tiempo. Nos quedamos abrazadas un buen rato. Ella respira en mi cuello y yo sigo atónita.
    -He vuelto para quedarme, ¿sabes? -me susurra al oído. -Quiero volver, Nico. Quiero volver contigo. Te he echado tanto de menos

  • Capítulo 29: Quizá

    Mi madre se interpone entre la puerta y yo mientras me mira de arriba abajo.
    -¿Pero otra vez vas a salir, hija?
    -Ay, mamá, no empieces -le respondo cansada.
    Intento esquivarla y ella tampoco me lo pone muy difícil. Cuando abro la puerta dice su última palabra.
    -Que sepas que no me gusta nada lo que haces. Una cosa es que seas… -se le queda atrapada en el paladar la palabra L, -y otra que pienses que puedes hacer lo que te da la gana. Mientras sigas viviendo en esta casa…
    Entorno los ojos al oír esa frase. Su casa, sus reglas. Nos sabemos el discurso de memoria.
    -Vamos, mamá, pero si estoy trayendo buenas notas.
    Mi madre refunfuña. Sabe que tengo razón, pero yo también sé que no puedo utilizar ese argumento para mi defensa. No es mi papel como estudiante lo que está en cuestión.
    -Es la última, lo prometo.
    Abro la puerta y me marcho.

    Corte a exterior. Puerta de la discoteca. Noche.
    Veo a las chicas hacer fila para entrar, como si fueran ganado para la marca. Mi piel ya nota que el calor del verano quiere rozarla pero la brisa fresca de las noches de primavera se resiste a marchar.
    El puerta me mira, me saluda con la cabeza y me pide que vaya con un movimiento de la mano.
    -Está en la barra -me dice.
    Ya en el interior del bar, retraso al máximo el momento de ir hacia Carolina. Paseo entre la gente, palpo espaldas y cinturas con la excusa de las apreturas, reparto sonrisas y me fijo en algunas chicas que podrían estar bien.
    Por fin, acudo a la barra donde Carolina me está esperando.
    -¿Cómo lo vamos a hacer? -le pregunto.
    Carolina está apoyada de espaldas a la barra, como si fuera un tipo duro en un saloon del Oeste.
    -Lo más sencillo y objetivo es ver quién consigue más números de teléfono. Siempre dentro de este bar. Esta será la jueza -dice señalando con la cabeza a la camarera. La camarera me sonríe y me saluda como si me conociera. Ante mi gesto de desconcierto me dice:
    -Soy Bea, compañera de piso de Sergio, el novio de tu amigo Raúl.
    -Y ex compañera de Mamen -añade Carolina lanzándome una puyita.
    Se me acaba de caer el estómago a los pies. Tengo ganas de preguntarle si sabe algo de ella, pero me siento estúpida porque fui yo la que le ignoré durante los primeros días de ruptura y ahora no me atrevo a escribirle.
    -Oh, perdona, ¿te ha entrado el bajón? -dice Carolina sarcásticamente.
    Me sube de nuevo el estómago y se me pone en el pecho, empujando el corazón a la garganta y sacando la rabia que llevo dentro.
    -Para nada, zorra. Te voy a meter una paliza.
    Carolina sonríe con media cara y Bea nos da el pistoletazo de salida.

    Sé a qué tipo de chicas gusto. Es algo que he aprendido estos días. No es algo que sepa por su forma de vestir o de peinarse. Es más bien por su actitud. Así que me acerco a aquellas chicas que parecen divertirse con sus amigas, pero que se mueven y miran con timidez, pidiendo a gritos que alguien les entre de manera tranquila y sin avasallar.
    Pronto me doy cuenta de que no va a ser tan sencillo. Cada vez que me acerco a una chica o me ignora o dice que no le intereso. Voy como una pelota de pinball de un grupo a otro y el resultado es el mismo: salgo rebotada con más fuerza que con la que llegué. Desesperada trato de localizar a Carolina que parece ocurrirle lo mismo que a mi.
    -¿Es que no te das cuenta? -le pregunto.
    -¿De qué?
    -Saben nuestro juego y tienen la dignidad suficiente como para no entrar en él.
    Estamos en el centro de la pista de baile y todas nos miran. Nos sentimos humilladas porque nos señalan y se ríen. El cazador cazado. La vaca que iba a ser marcada, nos ha marcado a nosotras. Heridas en el orgullo nos ponemos a discutir.
    -¡Has reventado el mercado, eso es lo que ha pasado! Has entrado como un elefante en una cacharrería y se han mosqueado todas -me culpa Carolina.
    -Llevas años tratándolas como pedazos de carne y ahora que te ha salido una competidora, ya no sabes cómo hacerlo.
    Se nos escucha por encima de la música. Somos un espectáculo más atractivo para el público que las gogós que bailan sobre la tarima y las drag kings que animan el ambiente.
    -¿Competidora? Tú no me llegas ni a la suela de los zapatos.
    -Pregúntale a cualquiera de estas chicas si te llego o no. Les follo mejor que tú.
    -¿Sabes a quién se lo voy a preguntar? A Mamen. A ver qué opina -grita Carolina.
    Oigo el chup-chup de mi sangre hirviendo. Me duele la mandíbula de apretar los dientes y me clavo las uñas en la palma de mi mano de lo fuerte que estoy cerrando el puño. Sin pensarlo dos veces, le lanzo un puñetazo a la cara. Carolina no llega a caer al suelo porque un grupo de chicas ha frenado su caída. Le ha tenido que doler porque yo apenas puedo abrir la mano. Con el pómulo enrojecido, se abalanza sobre mí y me arrastra un par de metros hasta que mi espalda da contra la barra. Le cojo un mechón de pelo pero apenas me alcanzan los dedos porque lo tiene muy corto.
    Oigo que Carolina me dice algo pero no le entiendo. Los oídos me palpitan y la gente no para de gritar.
    El puerta entra y nos agarra por los brazos. Nos arrastra hacia la salida y nos deja tiradas en el suelo de la calle. Algunas personas salen par ver la pelea.
    -Me has jodido la vida -le digo mientras tiro de ella y le araño la espalda y el brazo.
    -Yo no tengo la culpa de lo de Mamen -responde Carolina mientras me golpea en los riñones.
    Grito de dolor y me encorvo hacia atrás. Me llevo una mano a la espalda y con la otra golpeo el pecho de Carolina. Ella me ataca con todo el cuerpo y golpea de nuevo mi espalda. Acabamos abrazadas, forcejeando por zafarnos la una de la otra y jadeando. Nuestras caras quedan frente a frente. Veo que Carolina tiene los ojos más claros de lo que pensaba. Nos quedamos así unos segundos mientras recuperamos la respiración que se acompasa poco a poco. Tengo tan cerca a Carolina que noto los latidos de su corazón. Las dos pensamos al unísono: si no nos vamos a pelear, al menos, no nos vamos a ir a casa con las manos vacías. Casi con la misma virulencia con la que nos pegábamos, comenzamos a besarnos. Nos mordemos los labios, nos chupamos la cara y el cuello mientras nuestros cuerpos continúan ardiendo.
    La gente que había salido para ver nuestra pelea nos silva y jalea pero no tarda en dispersarse.

    Corte a interior. Habitación de Carolina. Noche.
    A trompicones entramos en su habitación. Carolina me empotra contra la pared y comienza a meterme mano por debajo de la ropa. En seguida me desabrocha el sujetador y agarra mi pecho. Con la otra mano, me va bajando la cremallera del pantalón. Me la quito de encima, le agarro de los hombros y giro sobre sí misma. Ahora su espalda está apoyada contra la pared y soy yo la que ejerce el control. Carolina no usa sujetador así que le muerdo los pezones por encima de la camiseta. Le gusta, pero me empuja hacia la cama. Yo estoy sentada en el borde, y ella se pone a horcajadas sobre mi. Le cojo de la cintura y le tumbo en la cama. Ahora soy yo la que está a horcajadas sobre ella. Intenta incorporarse, le agarro las muñecas y le obligo a tumbarse. Le beso con fuerza y ella me abraza con sus brazos largos y fibrosos. En un movimiento rápido, me da la vuelta y me tumba en la cama. Pone su mano en mi pecho y empuja con fuerza hacia abajo. Intento moverme, pero me tiene atrapada.
    -Si las dos queremos ser la activa, esto es un sindiós -dice Carolina.
    Las dos nos reímos y ella se tumba por fin a mi lado.
    -Mejor así. No quiero ser otra más de tu lista -bromeo.
    Nos quedamos un rato tumbadas en silencio hasta que rompo el hielo.
    -¿Vives sola? -le pregunto.
    -No, con mis padres, pero están fuera este finde.
    -Ya podrían irse los míos también.
    Carolina se reincorpora y se sienta a los pies de la cama. Yo hago lo mismo y me siento frente a ella.
    -Nico, yo no…
    -Ya, tú no tienes la culpa de lo de Mamen -le interrumpo. -Lo sé perfectamente. Pero era más fácil odiarte a ti que a ella. Es difícil odiar a alguien que no tienes cerca.
    Ella se inclina un poco y me pone una mano en el pie.
    -Lo superarás, ya verás.
    Pienso en la virgen de las Nieves y sonrío. Miro a Carolina con curiosidad.
    -¿Qué hubo entre Mamen y tú?
    Carolina se encoge de hombros.
    -Nada especial. Nos enrollamos y ella quería cambiarme. Quería que fuera una chica formal, sólo para ella y eso. Fue hace un tiempo. Antes de que empezara siquiera a trabajar en esa empresa. Lo dejó conmigo, se centró en el curro y el resto ya te lo sabes.
    -Sí, ya me lo sé -digo con tristeza.
    -No te pierdes nada del otro mundo. De verdad. Tu chica está por llegar.
    -¿Qué chica? -pregunto incrédula.
    -Esa chica que te reviente el corazón, que te quite el aire de los pulmones y de un chispazo cada ver que te toque.
    Abro los ojos sorprendida por las palabras de Carolina.
    -¿Qué? Yo también la busco. Por eso zorreo tanto.
    Niego con la cabeza y le miro a los ojos.
    -Ahora sé lo que significa ser tú. Conozco ese vacío en el pecho, esas ganas locas de dormir más de dos noches seguidas con alguien a quien quieres.
    De nuevo, Carolina se encoge de hombros.
    -Relleno el vacío con más sexo y sigo adelante -responde sin confianza.
    -Zorreando no vas a encontrar a la chica de tu vida.
    -¿Y dónde la voy a encontrar, eh, Nico?
    Medito unos segundos la respuesta, aprieto los labios y respondo.
    -En el metro, por ejemplo.
    Me mira como a un bicho raro, quizá un babuino de culo pelado, y le cuento mi historia con la chica del metro de la que me enamoré perdidamente sin haber cruzado una palabra con ella.
    -Es bonito y triste a la vez -dice. -Quizá deberías seguir adelante y olvidarla.
    -Quizá sea lo mejor.

  • Capítulo 28: En el alambre

    Ando sobre un alambre muy fino, pero me mantengo. De lunes a jueves soy la perfecta estudiante, saco adelante la carrera, me esmero por sacar nota y dejo a mis padres contentos.
    El fin de semana salgo a ligar y a mi madre se le amarga el gesto porque siempre llego a deshoras y se piensa que me drogo.
    Ligar no se me da mal y mi fama comienza a precederme por lo que cada vez es más fácil. Coches, parques, baños, habitaciones compartidas… Ningún escenario se me resiste y me sorprendo a mi misma haciéndolo de mil maneras diferentes. Cual vampira, me alimento del poder de dar placer. Es adictivo y me eleva a los cielos.
    Pero todo tiene una cara b, una bajada a los infiernos. Conforme se acerca el viernes, se me pone un nudo en el pecho que aún no sé a qué se debe.

    Esta noche es viernes así que toca salir. Lo quiero fácil y lo quiero ya, así que empiezo a cruzar miradas con una chica que lleva falda. Es bajita, musculosa y con el rostro muy dulce. Ella ya sabe lo que quiero y me lo quiere dar. Se acerca y me invita a una cerveza. Se ríe constantemente y apenas escucho lo que dice por encima de la música del bar. Al segundo trago de cerveza ya me da un pico. En el cuarto, me repasa la oreja. Al sexto, me agarra la mano y me dejo arrastrar al baño.
    Entramos en uno y baja la tapa.
    -Mira lo que sé hacer -dice.
    Acto seguido, pone las manos sobre la taza y hace el pino. La falda se le baja (¿o se le sube?) y deja al aire sus vergüenzas.
    -Joder -digo con asombro.
    Entonces, abre las piernas y las apoya a cada lado del baño. Su coño me queda a la altura de la boca.
    -Dale -me dice.
    -Te va a bajar la sangre a la cabeza y te vas a marear -le digo.
    Se mantiene firme sobre la taza del váter.
    -Pues dale rápido -ríe.
    Me pongo a ello más preocupada por la salud de la chica que por darle placer.
    -Lo tienes todo pelado -digo entre lametones.
    -Sí, es lo que tiene llevar un maillot de gimnasta.
    La chica jadea de vez en cuando y la firmeza de sus brazos comienza a esfumarse. Baja las piernas y apoya las rodillas en mis hombros. Curva la espalda y parece que se va a partir. De esta manera, puede levantar la cabeza un poco y que le vuelva a recorrer el riego sanguíneo por todo el cuerpo.
    -Baja y nos ponemos más cómodas en la taza del váter.
    La gimnasta se niega. Le resulta excitante, dice. Comienzan a aporrear la puerta conforme aumentan los gemidos de la chica.
    -Ya me voy, ya me voy -dice entre jadeos.
    -¡Buscaros un hotel! -nos sugieren desde afuera.
    Me esmero en el último sprint y meto la lengua con profundidad sin parar de moverla en círculos. Con las manos, araño sus muslos y glúteos porque me apetece que me recuerde cuando vuelva a ponerse el maillot. Ella empuja el tronco hacia mí de manera rítmica hasta que acaba derritiéndose y perdiendo la poca fuerza que le quedaba en los brazos.
    Le agarro su cuerpecito hasta que se recupera y vuelve a ponerse de pie.
    Tiene la cara roja y se sienta un poco en el váter.
    -Ha molado, eh -dice mientras recupera la respiración y el color.
    -Sí, ha estado bien.
    Me abraza con fuerza y se despide.
    -Ha sido un placer, Nico. ¡Nos vemos!
    Abre la puerta de par en par y se larga dejándome con la palabra en la boca. Me como la bronca de todas las chicas que esperan fila para ir al baño. De todas menos una que me empuja de nuevo adentro y cierra tras de sí. Más abucheos e insultos.
    -Mira, lo siento pero no me apetece ahora mismo nada de sexo -le digo a la chica.
    -Calla. No quiero follar contigo.
    La chica es mona pero estoy agotada. Necesito tiempo para recuperarme porque tengo pequeños calambres en la lengua.
    -Ahí afuera está mi ex. Me hizo mucho daño y se lo quiero devolver -dice y enseguida se pone a jadear y a decir mi nombre.
    -No quiero líos…
    Ella me ignora y finge que le estoy follando ahí mismo.
    -¿Me estás escuchando? -digo alzando la voz.
    La chica golpea la puerta y me tapa la boca.
    -Oh, qué rico, Nico, no pares.
    Trato de hablar pero me tiene empotrada contra la puerta. En ese instante me siento utilizada. No sólo por esta chica sino también por la anterior, la gimnasta. Esa despedida tan seca me ha dejado tocada. Me siento sucia y empiezo a comprender que lo que tengo en el pecho no es algo que se haya enredado en forma de nudo, sino la ausencia de algo, un hueco.
    -¡Sal de ahí, zorra! -oigo que gritan desde fuera. El baño parece un gallinero. Aporrean la puerta y nos insultan.
    -Es mi ex -dice la chica que no quita la mano de mi boca.
    Yo trato de decirle con la mirada que se apiade de mi, que no voy a salir bien parada de aquella, pero o no lo entiende o no le importa.
    Por fin, finge que se corre y me destapa la boca.
    -Oye, muchas gracias, eh. Y perdona -dice con falsa gratitud.
    De nuevo, la puerta del baño se abre y quedo expuesta a las miradas y gritos mientras la chica se va. Delante de mí hay una tía que me saca dos cabeza y que me mira con furia. Sin mediar palabra, me pega un puñetazo en la cara que me deja sentada en el váter.
    Tardo un par de minutos en recuperarme del golpe. Me han sacado del habitáculo y me han dejado tumbada en una esquina del baño.
    Alguien me echa agua en la cara que me ayuda a despejarme. Cuando logro enfocar la mirada y la mente, veo a Carolina con cara de muy pocos amigos.
    -Te lo tienes merecido.
    Me jode que me lo digan, pero me jode más que sea ella. Me levanto rápidamente y me encaro con chulería. Del ímpetu me da una bajada de tensión y tengo que agarrarme en el lavabo.
    -¿Qué? ¿Pensabas quitarme el trono? -dice.
    -Puedo hacerlo cuando me de la gana.
    Se ríe en mis narices y no me extraña. Me sangra la nariz, se me está hinchando un ojo y sigo agarrada al lavabo porque me tiemblan las piernas.
    -Mira, Carolina, no quiero líos y menos contigo.
    -Demasiado tarde. A ver cuándo aprenderás que cuando te advierta de algo tienes que hacerme caso.
    Me toca las narices que me lance a la cara lo de Mamen como un escupitajo. Ha ido a hacer daño sin que yo le haya hecho nada.
    -Que te den por el culo, puta.
    Me ha salido de dentro y sé que me estoy ganando otra hostia, pero por el motivo que sea, Carolina lo deja pasar.
    -Vete a casa y ponte hielo en el ojo. Mañana te veo aquí y vemos quién es más puta de las dos.
    Las chicas que hay en el baño lanzan un aullido de desafío que me hierve la sangre.
    -Vale -le digo con los dientes apretados.
    Cojo un hielo de un cubata abandonado sobre el lavabo y me lo pongo en el ojo. De esta guisa salgo a la calle y el aire me devuelve la vida.
    Un taxi me lleva a casa.
    -No me vayas a manchar la tapicería del coche, eh, nena.
    Ese “nena” me sienta como un pellizco en el pezón y estoy por escupirle en el retrovisor, pero creo que han sido demasiadas emociones por hoy y sólo quiero meterme en la cama.

    El agua fresca se lleva por el desagüe los rastros de sangre de la nariz. También se lleva un poco de orgullo, suciedad y la sensación de haber sido utilizada. Pero no logra llevarse por delante el hueco en el pecho.
    Me miro al espejo. La inflamación está bajando y me sorprendo a mi misma alegrándome por ello porque así no espantaré a las chicas mañana en ese particular duelo en el que me ha desafiado Carolina. Sacudo la cabeza. Sé que es una locura, sé que tengo las de verder, pero también tengo unas ganas tremendas de vengarme de ella por haberme jodido la vida.

    Hay veces que en los momentos más inesperados tienes una revelación. A mi esta me viene meando, con las bragas en el suelo y un aire frío recorriéndome el culo. Este hueco en el pecho, esta sensación de vacío que vengo notando estos días borrosos, ya la he sentido antes. Concretamente, con Mamen tras acostarme con ella y luego tener que volver a casa y meterme a mi cama sola, sin nadie a quien abrazar, sin nadie con quien compartir ese calorcito que te deja un buen polvo, sin nadie a quien susurrarle que le quieres y que no es consecuencia del orgasmo, sino que es de verdad, que le quieres en la cama pero también en la calle paseando de la mano o en el sofá viendo una peli o en una cena con los suegros.
    Intento calcular cuánta dignidad y amor propio he perdido zorreando y se me hace imposible. No es lo mío, no soy así. ¿Qué pensaría de mi Mamen si se entera? Igual se ha enterado ya. Igual se lo ha dicho Carolina. Me sulfura tanto la idea que apenas atino a ponerme la camiseta del pijama.
    -Sólo una noche más, Nico. Le das una lección a esa zorra y luego te dedicas a buscar a la chica de tu vida.

  • Capítulo 27: De Oca a Oca

    Me he llevado algo de Vero después de acostarnos (además de sus apuntes de Opinión Pública). Algo que no sé exactamente qué es pero que hace que me sienta segura de mi misma y con ganas de más.

    A veces me sorprendo pensando en Mamen como algo lejano aunque no hayan pasado más que unas pocas semanas. También me he dado cuenta de que no recuerdo la cara de la chica del metro. Sólo su pelo largo, liso como una tabla y moreno. Esto me da más pena que lo de Mamen, la verdad, aunque estoy casi segura de que si la volviera a ver, sabría que es ella.
    Son como mis dos fantasmas que me siguen allá donde vaya. Aunque más que como fantasmas, las siento como losas, historias no cerradas que me inquietan por las noches y no me dejan dormir.
    Cuando vuelvo a la facultad algo ha cambiado. Algunas chicas y muchos chicos me miran con cierta envidia al pasar por su lado, me dan un un repaso y se dan codazos unos a otros.
    -¿Has contado lo nuestro? -le pregunto en un mensaje a Vero.
    -Sí, ¿hay algún problema? -me responde casi al instante.
    Levanto la cabeza y lo que veo me gusta. Una chica pequeña y de pelo rizado se me acerca sonriendo. Sus ojos marrones están perfectamente enmarcados con delineador negro.
    -Ya que estás con el móvil en la mano, apunta mi número.
    Obediente y complacida, apunto su teléfono y me derrito con la sonrisa de la chica cuando se marcha.
    -No, no pasa nada -le escribo a Vero y guardo el móvil tratando de ocultar la risa sin mucho éxito.
    Raúl y yo nos apoyamos para estudiar. Nos repartimos las asignaturas y luego nos explicamos las dudas. No es que nos haga falta, pero así nos obligamos a buscar tiempo para vernos.
    -Así que ahora eres Nico “La triunfadora” -me dice en un descanso entre clase y clase.
    -Qué va -respondo sonrojada.
    -Deberías aprovechar el tirón y divertirte un poco. ¿Las tías podéis pillar ETS? Supongo que sí. Infórmate antes de empezar a zorrear.
    -¡No voy a zorrear! -le digo con exagerada indignación. -Parece mentira que me conozcas.
    -A ver, tampoco te estoy diciendo que te tires a medio Chueca, pero podrías salir y conocer a otras tías.
    Una chica pasa a nuestro lado. Se pone bastante colorada y me da un papel. Luego se marcha sin decir una sola palabra. Al desplegar el papel veo que está escrito su nombre y su número de teléfono.
    -Es el segundo hoy.
    -¡Vaya triunfada! Por lo menos, deberías invitarles a tomar algo. Por educación.
    El profesor nos interrumpe y nos invita a entrar en clase.
    Pienso en lo que me ha dicho Raúl, que es lo mismo que me insinuó Vero. No puedo quedarme encerrada en casa esperando a que el amor llame a mi puerta. No puedo ser tan pasiva porque hasta ahora no me ha ido nada bien. O he perdido la oportunidad o me han manejado como han querido.
    Al salir de clase, apunto el número de la chica tímida en el móvil y le escribo a ella y a la chica del pelo rizado. Después de un intercambio de mensajes, he quedado con una el viernes y con otra el sábado.
    -Raúl approve it -me dice mi amigo levantando el pulgar.
    -No sé si estoy preparada para esto…
    -A la mierda la preparación, Nico. Si pudiste con Vero, podrás con cualquiera.
    -Ya, pero si Mamen se entera…
    Raúl sobreactúa y me dirige una mirada asesina que haría temblar al mismísimo Hitler.
    -Nico -dice con severidad -no estarás pensando en volver con Mamen, ¿no?
    Noto que mi cuerpo se hace muy pequeño ante la pregunta.
    -No… -respondo sin convicción.
    -Nico, lo estás haciendo muy bien. No es fácil superar una ruptura. Menos si es la primera. Mamen ha hecho su vida. Haz tú la tuya.
    Las palabras de Raúl son un punzón que se clava en mi pecho. El dolor hace que se me empañen los ojos. Mi amigo me abraza y me besa la coronilla.
    -Permítete equivocarte, salir, divertirte, ligar y esas cosas. Yo estaré siempre a tu lado. No lo olvides.
    Se me calienta el corazón, pero puede que sólo sea por la sangre que se derrama.
    Estoy arreglándome en el baño cuando entra mi madre.
    -¿Vas a salir?
    -Sí -respondo sin apenas mover la boca para no pasarme con el pintalabios.
    Mi madre me mira de arriba abajo.
    -Vas muy arreglada, ¿no?
    Me miro en el espejo antes de responderle.
    -Tampoco nada del otro mundo. Sólo que voy de negro y resulta más elegante, pero no es más que una camiseta y unos vaqueros.
    -¿Quieres que te haga una trenza?
    Río ante la frase. Me recuerda a aquella primera vez que salí con Raúl a un bar de lesbianas, la misma noche que conocí a Mamen.
    Se me borra la sonrisa.
    -No, lo prefiero suelto -respondo agitándome el pelo al pasar por su lado.
    Saludo a mi padre que sonríe cuando me ve.
    -¡Qué guapa! ¿Sales a festejar?
    -¡Mariano! -le llama la atención mi madre.
    Mi padre se muestra confundido y mi madre tiene que rectificar.
    -Que eres un antiguo. No se dice ya lo de festejar.
    -Ah. ¿Y cómo se dice entonces, lista?
    Yo les miro divertida mientras me pongo la chupa, que es la excusa perfecta para que mi madre se escaquee de la pregunta.
    -¿Cuándo te compraste esa cazadora?
    -Fui el otro día de compras con Raúl -ladeo la cabeza porque sé lo que mi madre está pensando. -La pagué con el dinero que me dio el tío por mi cumple, que aun lo tenía en la hucha.
    -Tu madre se debe pensar que te prostituyes o algo -suelta mi padre.
    -¡Yo no pienso eso! No digas tonterías.
    Aprovecho que mis padres se enzarzan en una de sus discusiones sobre chorradas para escaquearme. Cuando estoy casi en el portal oigo a mi madre pedirme que no llegue tarde.
    La chica de los ojos enmarcados con delineador negro resulta ser maja pero me recuerda demasiado a Mamen. No sé decir por qué. Quizá es porque ahora voy a comparar a todas las chicas con Mamen. Maldición.
    -No sabía que entendías -me dice. -Pensaba que tenía fichadas a todas las lesbianas de la facultad.
    Me encojo de hombros. Tampoco sé qué responderle.
    -Bueno, a decir verdad, tampoco es que me hubiera fijado en ti antes. Eres más bien… discreta. Hoy no, hoy estás muy guapa. Ya podrías venir así a clase. Me hubiera fijado en ti y te habría tirado los trastos antes.
    Empiezo a sentirme aturullada porque habla mucho y muy rápido.
    -Aunque, ahora que lo dices, me suena tu cara. A lo mejor te he visto en algún bar. ¿Con Carolina?
    Quiero responder que Carolina no es mi amiga pero no me deja.
    -¡Qué tía más zorra! Me dijo que no podíamos tener una relación porque le iba a fichar un equipo de una universidad americana y que no me iba a volver a ver. Y luego la veo por Chueca tan contenta y pasando de mi.
    -¿Pasando de ti? No me imagino por qué -consigo meter mi frase en su monólogo.
    La ignora por completo y sigue hablando. La noche no ha hecho más que empezar y ya me quiero ir a casa. Sólo se me ocurre una manera de callarla y me abalanzo sobre ella para besarle en la boca. En realidad, empiezo con un mordisco pero me suavizo y acabo besándole con un ímpetu más relajado. Mi táctica funciona: le gusta el beso, le gusto yo y a mi me gusta besarle y que esté callada.
    Con el calentón vamos a su Colegio Mayor. Su compañera ha salido por ahí y tenemos la habitación libre.
    Me siento un poco constreñida en su cama, oigo ruido por los pasillos y tengo la sensación constante de que un bedel o una gobernanta o lo que sea que haya en un Colegio Mayor va a entrar y nos va a pillar. Resultado: El polvo resulta un poco decepcionante. Además, tengo que salir del edificio a escondidas y de madrugada.
    -Yo no valgo para esto, Raúl -le cuento.
    -Hija, no van a ser todos los polvos tan espectaculares como con Vero.
    -Ya lo sé, pero no es eso.
    -¿Y qué es?
    -No lo sé.
    Raúl suspira y me pregunta por mi cita del sábado.
    -Pues algo mejor. La chica muy maja, muy simpática y tal, pero nos entró el calentón y las dos vivimos con nuestros padres así que nos fuimos a los baños y fue un poco bluf también.
    -¿Y…?
    -¿Qué quieres? ¿Qué te cuente cómo follamos?
    -Sí -dice Raúl como si su respuesta fuera obvia.
    -Lo siento, pero no. No quiero que me visualices así.
    Raúl se ríe.
    -Yo puedo visualizarte como me de la gana. Mira -dice y a continuación cierra los ojos y empieza a reírse de manera tonta.
    Le golpeo en la cabeza para pedirle que pare.
    -Bueno, al fin de semana más.
    Me encojo de hombros con resignación. Sé que no soy ese tipo de chica capaz de follar bien en cualquier sitio. Quizá es sólo cuestión de práctica. No lo sé. Pero también he notado que poco a poco se me está yendo el olor de Mamen de mi piel al tiempo que me sobreviene otra sensación que todavía no alcanzo a palpar.
    -Sí, al finde que viene más -respondo finalmente.

  • Capítulo 26: El polvo del olvido

    Me da miedo olvidar a Mamen, pero más miedo me da engancharme a ella, a nuestro pasado, y no poder seguir adelante. Todo radica en que me cuesta pensar fríamente nuestra relación y tomar distancia. Todavía tengo pegado su olor a mi piel.
    Nunca pensé que mi cabeza fuera la que me obligara a tener sexo con otra persona aun cuando a mi cuerpo no le apetece. Pero Vero me lo pone muy fácil.
    Estoy bajo el umbral de su piso compartido. Lleva una blusa blanca pero no sujetador, por lo que se le transparentan los pezones. Trago saliva y le propongo salir a tomar algo antes, en plan cita, porque a mi no me gusta el sexo sin más. Se niega.
    -Esto es sexo sin más. Quiero que te quede claro antes de que te lances a hacer nada.
    -Ya, pero yo nunca he hecho el amor con alguien que no me atraiga como persona.
    Vero me mira de arriba a abajo con una ceja levantada.
    -Vamos a ver, además de Mamen, ¿te has acostado con alguien más?
    Me pongo roja de inmediato, desvío la mirada y miro al techo intentando recordar mis polvos anteriores. Mientras tanto, Vero sigue cuestionándome con la mirada.
    -Pues… -hago un ruidito con la boca antes de contestarle. -No.
    Vero pone cara de “me lo imaginaba” y me agarra la cara con las dos manos.
    -No vamos a hacer el amor. Vamos a follar.
    Debe notar que estoy ardiendo porque retira las manos como si se hubiera quemado.
    -Eres igual de mandona que Mamen -le suelto.
    Ella cierra la puerta de su cuarto con estrépito.
    -Última norma: prohibido nombrar a Mamen en esta habitación -dice un poco ofendida. -Y a partir de ahora, mandas tú, que eres la experta.
    Se me acelera el corazón y me saltan las alarmas.
    -A ver, experta experta tampoco soy. Como te he comentado, Mamen ha sido mi primera vez. En todo.
    -Te cedo el mando y no lo quieres pero luego me llamarás mandona.
    Me quedo sin palabras. Me pregunto por un instante si ese fue el origen de mis problemas con Mamen pero no recuerdo que me cediera el mando en ningún momento. Si acaso alguna vez en el sexo porque le daría morbo el rollo sumisa. Por lo demás, nada. De hacerlo, seguro que no lo hubiera querido. Era mi primera relación, todo era nuevo para mi, ella era la experta, suponía que todo era normal.
    Vero comienza a desabrocharse la camisa y frena mi tormenta de pensamientos. Me envalentono.
    -Deja, ya lo hago yo.
    Me acerco a ella y le desabrocho el segundo botón que está casi en el obligo. Abro un poco la camisa y beso su piel. Sigo desabrochando botones y besándole el cuello. Ella echa la cabeza para atrás pero tiene los brazos muertos.
    Le quito la camisa y descubro sus pechos. Son preciosos, grandes, duros, redondos. Simplemente perfectos. La cadena dorada que tiene colgada al cuello recorre todo su escote. Paso los dedos por los eslabones hasta rescatar la medalla atrapada en el canalillo.
    -¿Qué virgen es?
    -La Virgen de las Nieves -contesta. Me la quita de las manos y la sostiene delicadamente entre sus dedos. -¿Ves esta media luna a sus pies?
    Yo asiento pero apenas veo a la virgen. Tengo la mirada clavada en los pezones de Vero.
    -Simboliza el triunfo del tiempo sobre las cosas -continúa. -Me la dio mi abuela y me dijo: que la vida no te de lo que puedas soportar.
    Levanto la cabeza y le interrogo con la mirada.
    -Yo tampoco lo entendí cuando me lo dijo. Luego se murió mi padre y tuvimos que seguir adelante sin él. Entonces lo comprendí.
    Quedamos en silencio un momento, ella con los pechos al aire y yo tratando de comprender lo que me acababa de contar Vero. Me siento estúpida por llorar por una relación de escasos cuatro meses cuando ella ha podido superar la muerte de su padre.
    -Entiendo muy bien a la Virgen de las Nieves -digo por fin. -Yo también querría vivir eternamente entre tus tetas.
    Vero suelta una carcajada y se lanza hacia mi con un beso impetuoso que me obliga a echar el cuerpo hacia atrás. En ese instante, se acaba la dulzura.
    Nos enzarzamos en una vorágine de besos húmedos y cuerpos desnudos.
    -Vamos a la cama -me dice Vero.
    Niego con la cabeza y le empotro contra la pared. Me encantaría tener tres bocas para comerle entera. Me siento como en un hotel con bufé libre. Tiene la piel suave, ni un sólo pelo fuera de lugar, ni un gramo de grasa por ningún lado y con el culo duro y un poco respingón. A pesar de que yo soy todo lo contrario, no siento vergüenza o complejo alguno. Estoy aquí para follar y para probar otra piel. No para ser juzgada. Es lo que Vero me hace sentir: una libertad absoluta para hacer lo que quiera con su cuerpo.
    Me arrodillo ante ella y la miro desde abajo.
    -Estoy sudando como nunca -me dice.
    Le obligo a que abra un poco las piernas y le beso el interior de los muslos. Con una mano, le aprieto las nalgas y las piernas, con la otra juego en el interior de su coño.
    -Nico, me pasa una cosa -dice Vero entre jadeos.
    -¿Qué ocurre?
    Trata de encontrar huecos en su respiración para sacar frases coherentes.
    -Echo de menos una polla. Estoy tan caliente que quiero una penetración ahora mismo.
    Busco por la habitación algo con lo que satisfacer su deseo pero no encuentro nada.
    -¿Tienes un vibrador o algo?
    Dice que no con la cabeza.
    -Pues te aguantas las ganas. Te prometo que no te va a hacer falta.
    Le lamo muy suavemente los labios que se abren poco a poco invitando a mi la lengua a entrar en su cueva.
    Vero pone una pierna sobre mi hombro y se agacha un poco, ayudándose de la espalda para apoyarse en la pared y no caer al suelo.
    -Dios…
    Sus piernas no tienen grasa pero tampoco músculo así que es incapaz de aguantar su propio peso y acaba cayendo lentamente al suelo, arrastrándome a mi con ella. Sobre la tarima de su habitación, continúo comiéndole el coño.
    El cuerpo de Vero me pide que acelere el ritmo pero yo tengo el control y prefiero seguir haciéndolo suave. Se incorpora y me toca la espalda. Me la araña. Me acaricia la cabeza y se vuelve a tumbar. Un líquido comienza a salir lento de su interior. Vero se retuerce y gime constantemente.
    -Me muero. Se me va a salir el corazón.
    Abre más las piernas. Le agarro con fuerza y me pongo de rodillas de manera que ella queda apoyada al suelo sólo por la parte alta de su espalda, dejando el resto del cuerpo al aire, mis hombros soportando sus piernas y mi cara completamente hundida entre sus muslos. Como las manos me quedan libres, le acaricio con fuerza las tetas, el vientre y la espalda.
    Ya no sé qué hago con la lengua. Hace rato que he perdido la sensibilidad. No obstante, no paro hasta que ella me lo pide.
    Queda despatarrada en el suelo, jadeando y respirando con dificultad.
    -¿Tienes una toalla o algo?
    Con dificultad, me señala la mesilla de noche. La abro y encuentro unas toallitas húmedas con las que me limpio la cara. Me siento en el suelo frente a ella y contemplo cómo sus tetas suben y bajan y su coño se va cerrando poco a poco.
    -¿Podrás volver a acostarte con un tío? -le vacilo.
    Ella se incorpora lentamente y se pone unas bragas y una camiseta.
    -Sí, no te preocupes por mi. Y tú, ¿podrás pasar sin sexo conmigo?
    La pregunta me sorprende y necesito un momento para pensarla y reflexionar. Vero tiene un cuerpazo, pero no es eso lo que más me ha gustado de follármela. Lo que más me ha gustado ha sido la libertad, la deshinibición, probar algo nuevo, esa piel nueva que decía ella, tener todo el placer del sexo pero sin lo agridulce de una relación. Suspiro.
    -Estás buenísima, tía, pero sobreviviré.
    Me visto yo también y hablamos un rato de Susan Sontag, literatura y feminismo y poco tiempo después me marcho de su casa con la convicción de que he perdido una amante pero he ganado una amiga.
    Al salir a la calle, respiro hondo. Noto que mis pulmones están un poco más limpios y que alguien ha vuelto a poner esa pátina de pintura que ocultaba la absurdez del mundo.
    -Viva la Virgen de las Nieves -me digo a mi misma.
  • Capítulo 25: Win-Win

    La sensación de absurdez continúa desde que lo dejé con Mamen. Me costó tiempo ser consciente de que lo habíamos dejado. Casi tanto como el que me llevó certificar que éramos novias. Y aun no las tengo todas conmigo respecto a cuál era nuestro estatus.
    Al principio, me mensajeaba constantemente, pero ya ha dejado de hacerlo. Me pedía disculpas y me decía que no habíamos tenido timing o no sé qué mierdas.
    Me duele pensar en ella porque me encantaría odiarla y no puedo.
    También me duele pensar en cómo acabó todo. Sin un adiós en condiciones. Quizá aquel beso de pinceladas suaves y largas fuera el adiós que ella me estaba dando consciente de que ya no nos volveríamos a ver. Seguro que era así. Mamen no da puntada sin hilo.
    Siento un hueco enorme casi todo el tiempo porque casi todo el tiempo mi mente estaba ocupada con Mamen.
    Trato de buscar espacios en los que no estuviera y los encuentro en clase y en algunos ratos con Raúl, que evita mencionar a Sergio para no desatar mi nostalgia.
    -¿En qué fase te encuentras? -me pregunta.
    -En la de hueco helador.
    -¿Cuál es esa?
    -De entrada, estoy bien, pero de vez en cuando me vienen ráfagas de frío que me entristecen. Como cuando te compras una cazadora muy bonita y calentita pero que cuando te agachas te deja los riñones al aire.
    Me aprieta la mano y me mira con una fingida tristeza, casi teatral.
    -Pues no te agaches y, la próxima vez, te compras un abrigo en condiciones.

    Me centro en la carrera y en continuar mi vida dentro de la anodina media de una postadolescente (¿hasta qué edad se puede decir esto?) lesbiana: mala relación con mamá, check; bollodrama con chica más experta que yo, check; interés hacia estudios feministas, check; sensación de que todo el mundo te mira, check.
    No, en serio. Deja de mirarme. Sí, te digo a ti, popular y siempre atractiva Vero.
    Estoy en la biblioteca estudiando y la he cazado un par de veces mirándome a través de la estantería.
    A la tercera, levanto la barbilla y hago un esfuerzo por que ella lea en mis labios un despectivo “¿Qué miras?”. Por dentro, me estoy cagando de miedo. Ella lo huele y levanta una ceja.
    Despacio, contoneando las escasa caderas que tiene, se acerca a mi sitio y se sienta a mi vera.
    -Nico, ¿verdad?
    Digo que sí con la cabeza porque si trato de hablar mi tartamudeo me delataría.
    -Me gustó tu ejercicio sobre Susan Sontag.
    -Gracias -digo en voz muy baja.
    -Me da rabia porque más de la mitad de esta facultad no saben que esa tía fue la puta ama.
    -Ajá… -acierto a decir.
    Vero se queda callada y me doy cuenta de que no ha venido sólo para felicitarme por un ejercicio de clase, pero tampoco me atrevo a preguntarle qué quiere.
    Por fin, toma aire para lanzarme una pregunta que seguramente llevaba mucho tiempo haciéndose.
    -Esa chica que preguntó por ti aquella vez… ¿es tu novia?
    ¡Ouch!
    Bajo la mirada. ¿Qué hago? ¿Qué digo? Cuando creía que la facultad estaba completamente esterilizada del virus Mamen, me viene Vero con estas.
    Entonces, comienzo a recordar nuestra última conversación. En la calle, sin mi cazadora, tenía frío pero no lo notaba porque estaba roja de ira y rabia.
    Algo debe notarme Vero porque me pregunta qué me pasa.
    Sin responderle, recojo mis cosas y salgo de la biblioteca.
    Pero Vero va tras de mi llamándome a pesar de los siseos de la bibliotecaria pidiendo silencio.
    Por fin me alcanza y me agarra del brazo obligándome a girar sobre mi misma. Me seco las mejillas con el dorso de la mano antes de mirar a Vero.
    -Perdona si te he molestado. No era mi intención.
    -No, es culpa mía. Soy una llorona.
    -Vamos fuera y nos sentamos en el césped. Así te da un poco el aire.
    Le hago caso no sé muy bien por qué. Quizá porque al estar con ella, no soy yo la que recibe las miradas.
    -Estoy bien, de verdad. Es sólo que… -digo cuando nos sentamos en el césped.
    -No tienes que contarme nada. Todos tenemos nuestra mierda que nos hace llorar.
    Río porque me sorprende el modo de hablar de Vero.
    -Además, me lo imagino. No será muy diferente a cualquier otra relación. Chica conoce a chica, se gustan, se enamoran, empiezan una relación y se juran amor eterno. Un día, una de ellas por la razón equis deja de sentir lo mismo y bla, bla, bla. Lo de siempre.
    -Más o menos, sí.
    Me dedico a arrancar el césped que está junto a mis pies mientras Vero echa la cabeza hacia atrás para que le de el sol. Le miro de reojo. Miro cómo el sol brilla en el vello clarito de su escote y refleja en una medalla que tiene colgada al cuello.
    -El amor es una mierda -dice incorporándose.
    Yo giro rápido la cabeza para que no me pille mirándole las tetas, pero creo que ha sido inútil porque se le escapa una risita.
    -¿Sabes…? -digo para romper la tensión -Tenía pensado otro ejercicio en lugar del de Susan Sontag. Iba a escribir sobre las expectativas que generan las películas de Hollywood sobre nuestras relaciones y la consiguiente frustración y que no sólo se da con nuestras relaciones románticas sino que se extiende a nuestras expectativas de vida: dinero, trabajo, y todo eso.
    -¿Y por qué no lo hiciste?
    -Porque el profesor es gilipollas y me hubiera dicho que es un tema muy trillado o que era un artículo muy simplón o cualquier chorrada. Así que escribí sobre Sontag porque al menos así me aseguraba ser original.
    Vero asiente con cierta chulería y de nuevo nos quedamos calladas.
    -Nico.
    -¿Qué?
    -¿Podrías ayudarme en una cosita?
    Ya sabía yo que esta no se me arrimaba de manera desinteresada.
    -Depende. No te prometo nada.
    -Tú conoces mi fama, ¿verdad?
    Trago saliva.
    -No lo voy a negar ni me voy a disculpar. Me gusta el sexo. Sin compromiso. Tenemos un cuerpo bonito, somos jóvenes, ¿por qué no íbamos a disfrutarlo?
    Un momento, ¿por qué me incluye?
    -Conozco a un chico guapo, fuerte, alto, nos gustamos y… ¿para qué más? ¿Para qué complicarse? Como tú has dicho, luego llegan las frustraciones, ¿verdad?
    Estoy temblando porque ha elegido un tema para su monólogo en el que no me siento nada cómoda.
    -Úsame, Nico. Úsame para olvidar a tu ex.
    -¿Qué? -digo con los ojos fuera de las órbitas.
    La indignación ha ejercido un efecto muelle sobre mi cuerpo y me he levantado del césped de un salto. Desde arriba tengo mejor perspectiva de las tetas de Vero. Dios mío, ¿por qué me haces esto?
    -Escúchame antes de decir un no rotundo.
    Me quedo parada ante el cuerpo tumbado en el césped de Vero.
    -Tienes que probar otra piel para superar lo de tu ex. Te lo digo por experiencia. Es como el polvo del olvido.
    -¿Y tiene que ser la tuya?
    -¿Es que no te gusta? -dice Vero extendiendo los brazos. Con el movimiento, sus pechos se han movido como globos de agua. Dios, deja de joderme así. Doy un par de vueltas sobre mi misma tratando de ubicarme en aquel espacio/tiempo que parece haberse puesto del revés.
    -Pero tú eres heterosexual.
    -Sí, bueno. Nunca lo he hecho con una tía y tengo curiosidad -me dice con toda la tranquilidad del mundo. -Es un win-win. Ganamos las dos.
    Se me desencaja la mandíbula al comprobar que Vero tiene excusa para todo y ningún reparo.
    -No. Rotundamente no -contesto.
    Vero se pone de pie y exhibe su cuerpo. Comienza a protestar, a decir que si voy a desaprovechar ese cuerpo serrano, pero apenas la oigo porque he visto a alguien detrás de un arbusto que nos estaba mirando y que se ha escondido rápidamente cuando Vero se ha levantado.
    Voy hacia el arbusto ante la mirada atónita de Vero que no comprende que le deje plantada.
    Me muevo de un lado a otro para localizar a la persona. Vero debe flipar cuando me ve darle patadas al seto.
    -¡Sal de ahí!
    -¿Quién es? -pregunta Vero que se acerca al arbusto justo cuando la persona sale huyendo de ahí a toda velocidad.
    -No tengo ni idea de cómo se llama. Raúl y yo le llamamos la bulldog y es una espía de Mamen.
    -¿Una espía? Joder, con las bolleras.
    -No me puedo creer que me siga espiando. Ha perdido todo el derecho.
    -Llámame loca, pero nunca se tiene derecho a espiar a nadie.
    Saco el móvil y me dispongo a enviarle un mensaje a Mamen.
    -Se va a enterar -digo.
    Pero Vero está más rápida que yo y me coge el móvil.
    -Nico, ¿seguro que no se te ocurre otra idea mejor para vengarte de Mamen que escribirle un mensaje lleno de emoticonos enfurecidos?
    Me cabreo y le grito que me devuelva el móvil.
    -¡Tú no lo entiendes! Era una relación bonita, era mi primera relación. No puedo olvidarla con un polvo.
    Rompo a llorar y Vero me abraza. Acomodo mi cara en sus pechos y me siento casi al instante como en casa.
    De repente, no me parece tan mala idea echar un polvo para olvidar a Mamen. Si algo puedo aprender de Vero es la maldita regla que no seguí desde un principio: prohibido enamorarse.
  • Capítulo 24: Lo absurdo

    Creo que si me pongo a echar cuentas, me paso más horas en la cafetería de la facultad que en clase. La cafetería es un lugar de encuentro y de intercambio. De apuntes, principalmente. Yo he tenido que echar manos de esta red de apuntes porque he faltado algunas horas a clase por ir a casa de Mamen, pero es algo que no me gusta. Es un poco como la droga: te pueden decir que la mierda es buena pero como te salga mal, lo pagas en el examen.


    Me he prometido a mi misma centrarme un poco más y aprovechar estos días hasta que vuelva Mamen para organizarme lo que queda de curso. Pero no me lo van a poner fácil.
    -Hola, hermosa -saluda Raúl cuando alcanza la mesa en la que estoy sentada.
    -Hola.
    -¿Qué tal Londres? ¿Qué tal con Mamen?
    Resoplo y niego con la cabeza.
    -¿Qué ha ocurrido? -pregunta un poco alarmado.
    -Pues no estoy segura. Mamen ha estado rara. Un poco fría. Es decir, yo esperaba un finde de pasión y caricias y ella me recibe con un mapa lleno de lugares turísticos que teníamos que visitar.
    -Bueno, es lo que se hace cuando vas a Londres…
    -Pero yo no iba a Londres. Yo iba a ver a Mamen.
    -Entiendo -concede Raúl. -¿Y qué más? ¿Qué ha hecho?
    -Es que no sabría decirte. Eran cosas sutiles, comentarios…
    -Nico, ¿no será que son paranoias tuyas?
    Me encojo de hombros. Puede que lo sean.
    -Por ejemplo, -digo de repente porque acabo de recordarlo -resulta que en Londres está en el armario, ¿sabes?
    -¿Cómo en el armario?
    -Pues eso, que le fui a dar la mano y no quiso. Se cortaba, miraba alrededor. Me dijo que empezar en una ciudad no era sencillo y que yo podría entenderla porque me pasa lo mismo en Madrid.
    -Ya, claro. Además, para dos semanas que va a estar en Londres, tampoco querría complicarse.
    -Puede ser -digo derrotada.
    -Va, no te preocupes. En nada la vuelves a tener aquí y podremos salir en plan dobles parejas -dice Raúl de manera un tanto infantil.
    Levanto una ceja.
    -Este sábado te presento a mi novio.
    -No quería salir. Iba a ponerme a estudiar.
    -Sí, claro -ríe Raúl.
    -¡Es verdad! -digo indignada ante mi escasa credibilidad.
    -Pues estudias el domingo. Pero este sábado, tú y yo salimos. Como en los viejos tiempos. Que me tienes abandonado.
    -Vale -acepto sin mucho entusiasmo. -Me apetece conocer al chico al que has engañado.
    Raúl me hace una mueca burlona y yo le lanzo un beso desde la distancia.

    El sábado, Raúl y yo esperamos en una plaza a que llegue su nuevo novio. Se llama Sergio y vendrá enseguida. Mientras tanto, matamos el rato viendo a la gente pasar.
    -El otro día, cuando fuimos a aquel bar de tíos, se te soltó la pluma mogollón -le digo.
    -¿Ah, sí?
    Asiento con la cabeza y él no le da mayor importancia.
    -La pluma no es algo que se pueda esconder.
    -En la facultad no la tienes.
    De nuevo, Raúl resta importancia a mi comentario.
    -No sé qué decirte. ¿Es malo tener pluma?
    -Es bueno y malo depende de dónde estés -le digo. -La pluma grita a los cuatro vientos que eres gay. Cuando estás con otros gays es una manera de celebrarlo. Cuando no, es una excusa para la discriminación.
    Raúl menea la cabeza sin mostrarse convencido del todo.
    -A ver si te crees que las tías no tenéis pluma.
    -Sí, claro que lo sé, pero es diferente.
    -Yo creo que es igual. La pluma es una manera de tocar las narices a la sociedad heteronormativa.
    Raúl se queda con la mirada perdida hasta que algo llama su atención.
    -¿No es esa Amaya Salamanca?
    -Uy, sí -digo afinando la vista.
    -¡Hola! -dice una voz masculina a nuestra espalda que rompe el triángulo Raúl-Nico-Amaya.
    Raúl suelta toda su pluma de golpe y se le lanza al chico para inundarlo de besos. Descubro entonces que yo ya conozco a ese chico. Él también me reconoce y me da un gran abrazo.
    -¿Os conocéis? -pregunta extrañado Raúl.
    -Sí. Es el compañero de piso de Mamen -le explico.
    -Bueno, mejor dicho, ex compañero -me aclara Sergio.
    -¡Anda! ¿Te has ido del piso?
    Sergio se ríe pero luego se frena en seco porque comprende que lo que me va a decir ahora es la primera vez que lo oigo.
    -¿No lo sabes?
    -¿El qué?
    Sergio mira a Raúl que sigue la escena un poco perdido. Pone una mano en mi hombro y me mira con gravedad.
    -Mamen nos dijo que nos buscáramos a otro inquilino. Ella no va a volver.
    Tardo unos segundos en procesar lo que me acaba de decir y no reacciono.
    -¿Me has escuchado, Nico? -insiste Sergio.
    Logro enfocar a un punto en su cara cercano a la mejilla. Subo la mirada hasta encontrarme con sus ojos.
    -Pensé que lo sabrías ya. Mamen se queda en Londres.
    -Nico, estuviste con ella el pasado finde, ¿es que no te dijo nada? -pregunta Raúl alterado.
    Niego nerviosa con la cabeza.
    -Me contó que su novia había estado un poco rara, pero que igual eran paranoias suyas -le dice Raúl a Sergio.
    -No es mi novia -oigo que digo como si mi conciencia estuviera sobrevolando aquella escena fuera de mi cuerpo.
    -¿Cómo? -dice Raúl.
    -Que no es mi novia -repito.
    -Sí que lo es -dice Sergio con miedo a que se me haya ido la olla. -Os vi en mi cocina, besándoos. Vi cómo Mamen te miraba, te miraba con amor.
    Vuelvo a perder mi capacidad de enfoque.
    -Nunca hemos dicho que éramos novias -hablo pero no les miro.
    -Bueno, ¿y qué? Se sobreentiende. Lleváis saliendo cuatro meses -dice Raúl con impaciencia.
    -A ver, Nico, no te vayas a rayar ahora. Seguro que entendí mal y resulta que volverá pero se irá a otro piso o algo así.
    Mi cabeza se mueve como la del perro de la parte de atrás de un coche. De un lado a otro, arriba y abajo, sin sentido.
    -¡Nico, Nico! -me llama Raúl.
    Le oigo como un eco lejano. En mi cabeza se agolpan, una vez más, todas esas frases que Mamen dejó pendientes de un acantilado, queriendo decirme algo pero sin llegar a hacerlo.
    -¿Qué? -reacciono.
    -Vamos a un bar, te tomas una cerveza e intentas olvidarlo unas horas. Mañana, hablas con Mamen y que te explique -me aconseja mi amigo.
    -No tengo el cuerpo para alcohol.
    -Ya lo sé, pero nunca te había visto así y no me atrevo a dejarte en casa sola. Así que te vienes con nosotros.
    Yo tampoco me fío de quedarme en casa, no por cometer ninguna locura, sino porque el silencio ahora es mi peor enemigo. Necesito ponerme junto a un altavoz potente que ocupe toda mi mente. Pero al entrar al garito, veo que la cosa no va a ser nada sencilla. Entre la gente, me topo con las caras de Ana y Laura, las amigas de Mamen, que me miran con pena. Les devuelvo una mirada desafiante pero ellas no cambian su expresión y se encogen de hombros tratando de disculpar a su amiga.
    ¿Es que todo el mundo sabía los planes de Mamen menos yo?
    Me cabreo. Me sube el calor a la cara y necesito refrescarme.
    -Tengo que ir al baño, chicos.
    En la cola para entrar la pesadilla continúa. Carolina, la jugadora de fútbol sexy, ex de Mamen y de medio Chueca, se acerca hacia mi con seguridad. Al ver mi cara de pocos amigos, mantiene la distancia.
    -¿Qué tal estás? -me pregunta en un tono neutro.
    Las chicas de la cola nos miran con curiosidad.
    -Mal -le digo sin disimular.
    Carolina va a tocarme el hombro pero le advierto con la mirada de que no lo haga y se echa atrás.
    -Lo siento. Nico. Te advertí, te dije que no encajabas en su vida. Mamen ya tenía una novia: su trabajo.
    -¿Qué más te da a ti?
    Es la primera vez que veo a Carolina con la guardia baja, derrotada, pero le dura un par de segundos. Lo que tarda en darse cuenta de la expectación que levanta nuestra conversación entre las chicas de la fila.
    -¡Oye, que yo sólo quería ayudarte! ¡No seas borde! -me suelta y se larga.
    Yo hago lo mismo porque paso de quedarme ahí parada aguantando las miradas de la gente. Saco el móvil del bolso y salgo a la calle.
    Voy a llamar a Mamen. Sí, lo sé, me va a costar un ojo de la cara. Eso si me contesta.
    Los tonos suenan lejanos y oigo las vibraciones de la línea al cruzar el canal de la Mancha.
    Al sexto tono, cuando estoy a punto de rendirme, Mamen contesta.
    -¿Diga? -su voz suena somnolienta.
    -Mamen, soy Nico -digo y espero deliberadamente a que esa frase caiga a plomo sobre su almohada.
    -Nico… -tartamudea Mamen. -¿Qué ocurre?
    -¿Que qué ocurre? Acabo de hablar con Sergio. Eso ocurre -elevo el tono. -Me ha dicho que no vas a volver. ¿Es cierto?
    Hay un largo silencio sólo roto por la respiración de Mamen.
    -Nico, quería decírtelo en Londres, pero no me atreví.
    La siempre intrépida y segura Mamen no se atreve a dejarlo con su chica.
    -Mamen… -se me rompe la armadura y comienzo a llorar.
    Mamen no dice nada al otro lado. Sabe que nada de lo que diga podrá aliviar mi dolor.
    -¿Se ha acabado, Mamen? -digo entre sollozos.
    -Nico… Te quiero, de verdad. Te quiero mucho, pero llegaste en el peor momento posible a mi vida.
    Me enfado de nuevo porque yo no llegué a ningún lado y en ningún momento. Fue ella la que me retuvo cuando pudo haberme dejado ir aquella noche.
    -Haberlo pensado antes. Eso no es excusa para dejarme ahora. ¿Cuál era tu plan? ¿Mandarme un email para dejarlo? ¿Decirme que se alarga la puta formación semana tras semana?
    -¡No lo sé, Nico! ¡No lo sé…! Estoy tan jodida como tú, ¿sabes?
    -¡Y una mierda! -digo y cuelgo al instante.
    Mamen me devuelve la llamada pero no la cojo. Me quedo con la mirada tonta viendo la foto de Mamen en la pantalla que está mojada por las lágrimas.
    Paso la pantalla por mi jersey para limpiarlo y entro de nuevo al bar secándome las mejillas.
    -Raúl, me voy a casa.
    Raúl y Sergio me miran esperando una explicación.
    -He hablado con Mamen. Todo bien, ¿vale? No os preocupéis por mi.
    -No quiero que estés sola en tu habitación ahora.
    -Necesito estarlo, compréndelo.
    Sin esperar a una contrarréplica, me marcho a mi casa.

    En el camino, tengo la sensación de que todo me parece absurdo, como si alguien le hubiera quitado la capa de pintura a todo y pudiera verlo tal y como es. Las risas entre una pareja, un hombre de traje leyendo el metro, un tipo tocando en los pasillos, una chica en minifalda… Todo parece normal, pero me resulta estridente, exagerado y falso.
    Llego a casa y mi madre está medio sobada en el sofá.
    -Hola -saludo y rompo a llorar.
    Mi madre se levanta y me abraza.
    -¿Qué ocurre, hija mía?
    Entre lágrimas logro decírselo.
    -Mamen me ha dejado.
    Mi madre me aprieta fuerte tratando de hacerme un torniquete que corte el grifo de mis ojos.
    -No puedo decir que no esté contenta.
    Tardo en comprender la doble negación de mi madre y cuando lo hago me separo de ella.
    -Eso no cambia nada, mamá.
    Ella enfurece y arruga la frente pero no dice nada.
    Yo me encierro en mi habitación a tratar de dormir. Si el altavoz no ha logrado aplacar mi mente, quizá el sueño pueda hacerlo.

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