Categoría: novela lésbica

  • Capítulo 23: La chica de los tickets

    Por más que lo intento, no logro sacarme de la cabeza el fin de semana con Mamen. Dos días y medio en los que se han sucedido un montón de… cosas.
    Y toda esa rayada me lleva a hacer un repaso de mi vida los últimos tres, cuatro meses. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Cómo me subí a esta montaña rusa? ¡Ah, sí! Me enamoré de una chica en el metro y luego la busqué, pero a quien me encontré fue a Mamen. O ella me encontró a mi, ya no estoy segura.
    La chica del metro… ¿qué será de ella? Ya no la he vuelto a ver. Ni en el metro ni por el ambiente. Ella fue quien lo empezó todo. Ella fue la chica de los tickets que me animó a comprar un viaje para esta apasionante montaña rusa.
    Me duele pensar en ella porque no sé qué pensar.
    Pero más me duele pensar en Mamen, en cómo me tiene pillada, para bien y para mal. Estoy muy enamorada de ella, pero, de alguna manera, sé que no es bueno que me pille por Mamen.
    Sabes cómo manejarme, lo sabe tan bien que parece que sabe que estoy rayada y me manda un mensaje.
    -Perdona si este finde he estado un poco rara. Estoy estresada por el curro y no quería amargarte el viaje.
    Leo con tranquilidad en mi habitación. Mi madre tiene orden expresa de llamar y esperar respuesta antes de abrir la puerta.
    -Mamen, ¿tanto merece la pena ese curro para que vayas de culo?
    Espero una respuesta rápida pero no la tengo. Veo que escribe y luego deja de escribir. Veo que sale del chat, que vuelve a entrar. Que vuelve a salir. Lo dejo por imposible y me centro en prepararme la semana en la universidad.
    Al rato, Mamen me escribe.
    -Sí, merece la pena, pero entiendo que no lo entiendas.
    ¿Me está llamando cría o inmadura o algo por el estilo o son paranoias mías? Me tienta preguntarle por la conversación que tuvo mientras yo fingía que dormía, pero la dejo en el tintero, junto con tantas otras.
     
     
  • Capítulo 22: El vértigo

    Estoy tan cansada después de recorrer todos los puntos rojos del mapa de Mamen que no me apetece otra cosa que no sea dormir.

    Caigo agotada en el colchón y oigo el agua de la ducha correr.
    -Tenemos una cosita pendiente, Nico -me dice Mamen.
    Sí, para follar estoy ahora. Tengo ampollas en los pies y me palpitan los muslos.
    Me reincorporo para hablarle a la cara y ser lo más dulce posible. Con el movimiento me baja la tensión y me mareo un poco. Debo haber palidecido porque Mamen parece preocupada.
    -¿Estás bien?
    -La verdad es que no tengo ganas de nada. Sólo quiero acostarme.
    -Vale, cielo.
    Ella se va a la ducha y yo me meto en la cama. Tardo dos segundos en quedarme dormida.
     
    Por la mañana, la luz grisácea de Londres me molesta en los párpados. Parece temprano pero oigo a Mamen que habla con alguien por teléfono.
    -Yeah, she goes back to Spain today. In the afternoon -me parece que dice. -I’ve got to leave you. Call you later. Bye.
    La noto sentada a los pies de la cama. Posa su mano sobre mi tobillo.
    -Nico, despierta.
    Finjo que me despierto y protesto.
    -Bajo a desayunar. Te espero en el bufé, ¿vale? -me dice tras darme un beso en la mejilla.
    -Vale -le digo.
    Apenas sale de la habitación, me levanto y busco su móvil, pero se lo ha bajado. ¿Con quién hablaría? ¿Habré entendido bien lo que decía?
    Me meto a la ducha y empiezo a darle vueltas a todo: a la conversación, a las últimas horas con Mamen, el mapa diciéndome por dónde ir, la bulldog, los billetes de avión… Siento que soy un títere y Mamen mueve los hilos desde el primer día que me vio y me agarró de la cintura para que no me fuera. Aquel fue el primer nudo y desde entonces, todo ha ido enredándose más.
    Me quedo ensimismada en el agua escurriéndose por el desagüe. Me gustaría que se tragara todos mis pensamientos.

    A lo que bajo al bufé, Mamen ya ha terminado de desayunar.
    -Vaya horas, cielo -me dice sonriente. -Están a punto de cerrar.
    En un abrir y cerrar de ojos lleno una bandeja con zumo, café con leche y huevos revueltos con bacon, me siento frente a Mamen y engullo el desayuno ante su mirada atónita.
    -Sí que tenías hambre.
    Miro de reojo el mapa y Mamen me pilla.
    -Hoy será menos paliza. Te lo prometo.
    -Me apetece ir a la National Gallery -le digo.
    -Pero no está en la ruta. Es verdad que es una visita obligada, pero no disponemos de tanto tiempo.
    Le miro fijamente mientras me bebo el café.
    -Seguro que eres capaz de hacer un hueco entre tanto punto azul.
    Mamen me mira un poco ofuscada, pero acaba accediendo.
    -Está bien, iremos -dice con una sonrisa de oreja a oreja mientras pliega el mapa.
     
    Aunque la National Gallery tiene unos cuadros increíbles, yo quería ver uno en especial. “Lluvia, vapor y velocidad”, de Turner.
     
    -¿Por qué te gusta tanto este cuadro? -pregunta Mamen que no disimula su aburrimiento.
    -No sé mucho de arte. Lo di en el instituto y poco más, pero este cuadro siempre me llamó la atención.
    -Es un tren sobre una vía, ¿no?
    -Sí. Turner intenta captar algo que es muy fugaz. Lo más rápido de aquella época. Y en el proceso se mezcla como una nebulosa la lluvia y el vapor, haciendo que apenas se vea el tren.
    -¿Es eso lo que representa? ¿La fugacidad del momento? -intenta interesarse Mamen.
    -Yo creo que más que eso, representa el intento del hombre de captar un momento fugaz y superar ese vértigo de pensar que la vida se escapa. Es un intento casi infantil de atraparlo como si fuera un pajarillo, plasmarlo en un cuadro y colgarlo en la pared.
    -Como un trofeo.
    -Eso es.
    Nos quedamos mirando el cuadro un rato hasta que Mamen rompe el hielo.
    -¿Seguimos? -dice alargándome la mano.
    -¿Ahora quieres que te de la mano?
    -He pensado que Londres es muy grande como para encontrarme con alguien que conozco y que echo de menos el tacto de tu mano.
    Sonrío como una tonta y continuamos el paseo de la mano hasta que nos topamos con otra pintura mucho más conocida.
    -Esto sí que da vértigo -apunta Mamen.
    -¿El Matrimonio Arnolfini? ¿Por qué?
    -Porque me hace pensar en que están muertos, como nosotras lo estaremos en un tiempo. Ellos también fueron jóvenes, y se casaron, y pensaron que serían felices para siempre y que el mundo era suyo y que eran inmortales.
    -Bueno, si pensaban que eran inmortales, no se hubieran hecho retratar.
    -También me da vértigo la vida que llevaban. Se casaban muy jóvenes y toda la vida viendo las mismas caras, sin viajar, sin salir casi de su ciudad…
    ¿Es eso lo que piensa?
    Mamen no ve mi cara de terror. Puede que la ignore deliberadamente. Camina por delante de mi interesándose por este o aquel cuadro. Al final del pasillo, me da un beso en los labios y damos por concluida la visita. Tengo que volver al hotel para hacer la maleta y subirme al avión de vuelta a España.
     
    Aprovecho el wifi del hotel para mirar los mensajes. Mamen hace lo mismo.
    -Ana me cuenta que se ha liado con Laura. Pobre. Le va a volver loca.
    -A mi Raúl me dice que ha conocido a un chico. Que cree que puede sentar cabeza con él -le informo después de leer los mensajes de mi amigo.
    -Pf… -es toda la respuesta de Mamen.
    -¿Qué ocurre?
    -Nada, nada…
    -¿Qué? -me impaciento. Sé que tiene que ver con su opinión sobre el matrimonio Arnolfini. O el matrimonio en general. A ver, no es que esté pensando en casarme ya con ella, pero qué menos que un poco de interés por su parte. Es decir, estamos en una relación. ¿O no?
    -Que no me has dado ni un beso ni nada. Ven aquí.
    Mamen se abalanza sobre mi y empieza a besarme el cuello.
    -Mamen, no tenemos tiempo.
    -Uno rápido.
    -¿Cómo era aquello que me dijiste? ¡Ah, sí! Que no conocemos tú y yo lo que es uno rápido.
    -Pues ahora lo vamos a conocer.
    Mamen pone una alarma en su móvil y empezamos a besarnos.
    No sé si será por la presión del tiempo, porque resuena en mi cabeza las últimas conversaciones, incluida la suya por teléfono de esta mañana, o por la mezcla de frialdad y amor que ha mostrado Mamen durante todo este fin de semana, pero follamos mal y apenas disfrutamos. Corremos un tupido velo y no cruzamos más que tres o cuatro palabras en el taxi hacia el aeropuerto.
     
    -Te echaré de menos -dice Mamen con tristeza.
    -Te veo en nada, Mamen. No llores -respondo retirándole una lágrima que le cae por la mejilla.
    -Nico…
    Me da un vuelco al corazón al oír ese “Nico” porque no lo había oído nunca antes. No sé si es el que precede a un “te quiero” o a un “tenemos que hablar”.
    -¿Qué?
    Y me voy a quedar con las ganas de saberlo.
    -Nada. Sube al avión, va.
    -¿Qué, Mamen?
    -Que nada. Que te voy a echar de menos -me dice y luego me besa para evitar que siga preguntando. Es un beso largo, muy suave. Como una pincelada, tratando de captar un momento fugaz para enmarcarlo y guardarlo para siempre.
     
    Le digo adiós con la mano mientras me incorporo al resto de pasajeros y me parece leer en sus labios un “te quiero”, pero no estoy completamente segura.
    Al subir al avión me seco la mejilla. La tengo húmeda pero no es por mi. Es por una lágrima de Mamen.
    Mi cabeza parece una lavadora centrifugando. Se mezclan momentos del fin de semana: la llamada de teléfono, el beso y el adiós, la frialdad de Mamen, el calor de su cuerpo, el sabor de su sexo, el tema de pasear cogidas de la mano, ahora sí, ahora no, los putos puntos de colores en el mapa.
    Concluyo que este finde Mamen ha sido como el perro del hortelano y decido no darle más vueltas hasta que regrese a España. Aun así, no puedo evitar que se me aplaste el estómago. Aunque quizá sea por el despegue del avión.
     
    En Barajas me esperan mis padres. Mi madre me da un beso sonoro en la mejilla y mi padre se hace cargo de la maleta.
    -¿Qué tal lo has pasado? ¿Qué tal Mamen? -pregunta mi madre obligada.
    Con un “Bien” despacho las dos preguntas sin entrar en detalle.
    -Londres es muy chulo -les digo. -Tengo un montón de fotos para enseñaros.

  • Capítulo 21: Despertares

    Mamen ha aprovechado unos minutos en que me he quedado traspuesta para ducharse. Sale del baño perfumada, con una toalla en el cuerpo y secándose el pelo con otra.
    -¡Buenos días! -me dice sonriente y me da un beso en la nariz.
    -Hola.
    Quiere volver al baño pero le agarro rápidamente de la toalla.
    -¿Echamos uno rápido antes del desayuno?
    Se ríe.
    -Uno rápido, dice. Eso no lo conocemos tú y yo.
    -Bueno, pues uno lento.
    -No, cielo, que ya me he duchado. No quiero volver a sudar.
    -Pues lo echamos en la ducha -insisto.
    -Es una mierda, te lo digo ya. Además, acabas más pendiente del agua que se derrocha que de follar.
    Me quedo un poco chafada por la respuesta. No tanto por la negativa a hacer el amor de Mamen sino por el hecho de que Mamen ya ha probado el sexo en la ducha y yo me voy a quedar con las ganas. Al menos, de momento.
    -¿Qué tal te va la formación? -pregunto durante el desayuno del bufé del hotel.
    -Bien, bien -responde distraída. -Al principio me costaba por el tema del idioma, pero ya me voy haciendo.
    -Cuando te hagas a la vida de aquí, te tocará volver -le digo mientras le quito una miga de cruasán de la comisura de los labios.
    Mamen me mira fijamente pero sin llegar a enfocar la mirada, como si viera más allá de mi.
    -Sí, sí… -responde después de un rato. Me cuesta recordar qué era lo que había dicho.
    Creo que esta Mamen no es mi Mamen, que me la han cambiado, que los ingleses la han abducido. Está dispersa y no todo lo cariñosa que esperaba después de tantos días sin vernos. Lo más seguro es que sean paranoias mías.
    -A ver, enséñame ese mapa que habías preparado.

    Si Mamen quería una coartada para mostrar a mis padres en mi vuelta a Madrid, lo está consiguiendo con creces. Me hace miles de fotos: caminando, en una cabina, con el Big Ben de fondo, tomando una coca cola del McDonalds en Trafalgar Square, posando haciendo el símbolo de la victoria con los dedos frente al parlamento británico (en un claro doble homenaje a Churchill y a Guy Fawkes no exento de ironía, como bien apunta Mamen).
     

    -No puedo más, Mamen, estoy cansada. Vámonos al hotel, porfi -le ruego desde la comodidad del césped de Hyde Park. Hace sol y hay mucha gente merendando o simplemente pasando el rato.
    -De eso nada, aun quedan puntos rojos por recorrer -dice señalando el mapa.
    Me coge la mano y tira de ella para levantarme.
    Caminamos un rato de la mano hasta que Mamen se suelta de manera poco sutil.
    -Si no me das la mano, me desmayaré en cualquier momento -bromeo.
    -Vamos, Nico, no seas cría -me dice sin apenas mirarme, enfrascada en el mapa.
    Le miro con el ceño fruncido y entonces levanta la cabeza.
    -Perdona, no quería decir eso.
    Se acerca hasta mi y me da un beso fugaz en la mejilla.
    -¿Eso es todo?
    -¿Qué más quieres, Nico? -dice con una risa nerviosa.
    -Vamos, Mamen. Estamos en Londres. Me has traído hasta aquí. Tenemos este fantástico césped que está deseando que retocen en él y me parecería de muy mala educación no hacerlo. Ya sabes cómo son de polite los ingleses.
    Mamen sonríe.
    -No voy a retozar en un césped que luego me pica todo el cuerpo. Ya lo haremos luego en la cama. Te lo prometo.
    Me conformo con la respuesta y extiendo la mano para que me la coja y pasear agarradas. Mamen la mira y luego mira alrededor.
    -Vamos. Dame la mano -le apremio.
    Vuelve a mirar alrededor. Incluso se gira para ver a la gente que puede haber a su espalda. Empiezo a comprender lo que pasa.
    -Mamen, ¿estás en el armario en Londres?
    Mamen pide disculpas con la mirada pero a mi de poco me valen.
    -Nico, antes de que digas nada. Es complicado empezar de cero en otra ciudad.
    -Pero, ¿qué más te da? En poco más de una semana te largas de aquí.
    -Sí, bueno… -rehuye contestar. -Acuérdate de cuando te acompañé a casa. No me dejabas cogerte de la mano cuando estábamos por tu barrio. Pues esto es parecido.
    Touché.
    Bajo la cabeza. Tocada y hundida.
    -Venga -me dice sujetando mi barbilla para levantar la mirada. -Luego hacemos el amor en la ducha, ¿vale?

    Asiento con una media sonrisa y reanudamos el paseo para recorrer los puntos rojos que nos quedan.

  • Capítulo 20: Madrid Londres

    (¡) Este capítulo contiene trazas de sexo. Manejar con cuidado. Manténgase alejado de los/as niños/as.

    Apenas hablo con mis padres y tengo muchas ganas de perderles de vista, aunque sólo sean unos días. 

    Durante la cena previa al viaje, mi madre me mira con el desagrado propio del que mira un mono babuino de culo pelado espulgando a otro. Tampoco ayuda que yo mastique la comida como si lo fuera.
    Mi padre no para de hablar sobre cosas de su curro. Cree que no le escuchamos y empieza a hablar de fútbol, a insultar a no sé qué entrenador. Sube el tono y habla de ahorcar a algún político. Finalmente, se harta de que le ignoremos y pega un golpe en la mesa del que se arrepiente al instante.
    -Bueno, ¿alguien me va a explicar qué pasa aquí? -pregunta con sosiego.
    Las dos le miramos como si él fuera el babuino de culo pelado. Me da mucha pena mi padre. Me da pena que nos separáramos en mi adolescencia. No es que me fuera de viaje ni nada por el estilo. Bueno, en sentido figurado sí, porque la adolescencia es un viaje bestial. Me refiero a que apenas veía a mi padre porque se partía los cuernos trabajando y echando horas extra para que yo pudiera estudiar o comprarme ropa o un ordenador o lo que hiciera falta.
    Me levanto con toda la serenidad que logro reunir y relajo un poco la tensión de mi cara. Me duele la mandíbula de tanto apretarla.
    -Me voy a la cama. Mañana madrugo.
    -Nico -me llama mi padre, -¿necesitas que te lleve mañana al aeropuerto?
    Usa un tono casi de ruego, el de un padre que quiere ayudar, que quiere recuperar el tiempo perdido con su hija.
    -Te pilla trabajando, papá. Pero gracias.
    El tic de su ceja me indica que acabo de romperle el corazón.
    -A la vuelta mejor, ¿vale?
    Mi padre sonríe satisfecho pero se le tuerce el gesto cuando ve la cara de mi madre. Ella sigue mirándome como a un babuino.

    Después de sentirme perdida, estúpida y maltratada por una compañía aérea, aterrizo en Londres. Es la primera vez que estoy aquí, pero no tengo el menor interés en visitar la ciudad. Sólo quiero ver a Mamen, besarle y abrazarle y encerrarnos en su habitación a hacer el amor durante todo el fin de semana.
    Se abren las puertas de salida y la veo entre la gente. Mis piernas comienzan solas a correr hacia ella. Ella logra verme a mi, sonríe y me saluda con la mano. Le noto algo diferente, pero es igual de bonita que en Madrid. Empujo y doy codazos para hacerme un hueco, como si estuviera en el metro en hora punta. Cuando por fin alcanzo a Mamen descubro qué es lo que le notaba diferente: tiene el pelo con un tono cobrizo, una especie de reflejos o algo así.
    Le abrazo y hundo mi nariz en su cuello. También huele diferente. Se me humedecen los ojos al verla delante de mi y apenas han pasado tres semanas desde que nos vimos por última vez.
    -Hey, no llores -me dice Mamen con tono dulce y me besa. También sabe diferente, pero quizá sea yo, que ya no me acordaba de cómo eran sus besos.
    Asiento mientras me sorbo los mocos.
    -Vamos, no tenemos tiempo que perder -apremia mientras me lleva la maleta.

    En el taxi veo que no estamos en la misma onda.
    -He hecho un planning para que puedas ver todo lo que hay que ver de Londres en dos días. Mira -dice mientras despliega un mapa de la ciudad con diferentes puntos marcados a rotulador. -De rojo están pintados los sitios para el primer día y de azul para el segundo.
    Me dan ganas de agarrar el mapa y tirarlo por la ventanilla del taxi.
    -Mamen, no he venido a ver la ciudad -le digo.
    -Ya, bueno. Yo también tengo ganas de estar contigo y eso, pero necesitarás una coartada para tus padres, algo que enseñarles cuando vuelvas.
    Me río y ella me mira desconcertada.
    -No te preocupes por mis padres, ¿vale?
    Mamen asiente y encoge los hombros al estilo «tú verás».
    -Ya hemos llegado. Es aquí.
    Ella paga al taxi y se encarga de mi maleta. Entretanto, yo me quedo ensimismada con la luz de Londres. Es diferente a lo que he visto antes. Ni siquiera un día nuboso en España tiene ese tipo de luz grisácea pero con una tenue brillantez.
    -¡Vamos! -me grita Mamen desde la puerta de su hotel.
    Y yo voy, claro. No veo el momento de tumbarnos en la cama y comenzar a besarle.
    -¿Tienes hambre? -me pregunta ya en la habitación.
    Le digo que sí y le miro con ojos de loba mientras me acerco lentamente hasta ella.
    -No me refiero a eso. Hay un pakistaní aquí abajo que abre todo el día, por si quieres comer algo…
    Niego con la cabeza mientras continuo mi avance. Mamen da un par de pasos hacia atrás mientras ríe nerviosa.
    Por fin le alcanzo y le toco el pelo.
    -Me lo teñí porque pretendía dar otra imagen, por el tema del curro, ¿sabes? Algo más agresivo y adulto a la vez -se justifica.
    -Me gusta.
    Comienzo a besarle y no tardamos en encendernos. Una idea se me cruza por la cabeza. Estoy en una ciudad extranjera. Siento que puedo ser otra persona, sé que no voy a tener miedo cuando pasee con Mamen de la mano, me emociono ante la idea de despertarme a su lado.
    -Mamen.
    -Dime -dice sin dejar de besarme.
    -Desnúdate.
    Se separa de mi y me mira alzando una ceja.
    -¿Y tú?
    -Yo después, pero primero quiero verte desnuda por completo y abrazarte.
    -Está bien -dice Mamen a la que parece divertirle el juego.
    Me siento en una butaca mientras ella se desnuda. Me mira con picardía y yo la observo sin disimular mi deseo.
    Concluye su show tras quitarse las bragas y me las lanza a la cara.
    -¡Tachán! -dice abriendo los brazos.
    Me levanto y me acerco a ella despacio. Se me eriza la piel con la idea de tocar la suya. Es inminente, la tengo a un palmo. Logro frenarme y en lugar de abrazarle y sobarle a dos manos paso los dedos por su hombro y los bajo por el brazo. Acaban en la cadera y emprenden el camino de vuelta, pasando por el vientre y los pechos, y tropezando con el pezón.
    Mamen está impaciente.
    -¿Aun quieres ir a enseñarme la ciudad?
    Niega con la cabeza como una niña pequeña.
    -Ya me parecía a mi -le digo.
    Le abro los labios con el dedo y ella saca la lengua y lame la punta. Su saliva se cuela por los surcos de mis huellas dactilares. Me acerco y meto la lengua en su boca. Y entonces sí le abrazo y le agarro el culo y acaricio fuerte la espalda. La aprisiono contra mi cuerpo, pero ella logra zafarse para quitarme la camisa y desabrocharme los pantalones.

    Desnudas las dos nos tumbamos en la cama. No sé por qué. No sé por qué no le hago el amor en ese instante. Mis dedos echan de menos su coño, pero a mi cabeza le apetece jugar y retrasar ese momento un poco más.
    -Túmbate boca abajo -le ordeno.
    Mamen está muy caliente, pero se deja hacer. Me deshago la coleta y me suelto el pelo. En un movimiento digno de un heavy, lo vuelco todo hacia adelante y comienzo a acariciar la espalda de Mamen con mi melena.
    -Joder, Nico. Me encanta. Podría correrme ahora mismo.
    Sigo subiendo y bajando la melena a lo largo de toda su espalda. Cuando me topo con el culo lo beso, lo muerdo o lo lamo, dependiendo de la intensidad del gemido de Mamen.
    -Ahora, por delante -me dice dándose la vuelta.
    Acepto el reto, pero cuando bajo no me encuentro el culo sino su coño.
    La primera bajada, soplo en los pelillos.
    En la segunda, soplo un poco más adentro.
    En la tercera, me atrevo a besarle los labios.
    En la cuarta, me quedo ahí abajo, dispuesta a comer un coño por primera vez en mi vida.
    Creo que Mamen está tan perra que cualquier cosa que le haga le sabrá bueno, pero tampoco quiero jugármela así que voy despacio y suave.
    Juego con los dedos y con la lengua, descubriendo nuevos sabores y tactos. Los gemidos de Mamen me dicen que no lo hago mal del todo así que subo la intensidad, trato de localizar el clítoris y hago cambios de ritmo y de movimientos para encontrar el punto de locura de Mamen. Cuando lo encuentro, me concentro en él y en la respiración de Mamen.
    -Dios… -acierta a decir entre jadeos.
    Por fin, se derrite de gusto en mi boca y las dos acabamos exhaustas sobre la cama deshecha, yo abrazada a su cadera y ella tratando de recuperar la respiración.
    Permanecemos un rato largo así hasta que al final caemos dormidas.

    A la mañana siguiente, me lleva unos segundos ubicarme. Los que tardo en ver la cara de Mamen. Duerme plácidamente. Es Blancanieves antes de que lleguen los enanitos y le pongan a fregar.
    La luz grisácea pero brillante de Londres que entra por la ventana de la habitación hace virguerías en su piel. Las mismas que va a hacer ella en mi cabeza durante el día de hoy.

    TODOS LOS CAPÍTULOS

  • Capítulo 19: El desafío

    Estoy en la cocina desayunando cuando aparece mi madre. Viene con un trapo para el polvo. Quiere dejar limpia la casa antes de ir a trabajar.
    Mi madre y yo no es que seamos muy habladoras por la mañana, pero hoy no nos damos ni los buenos días.
    El aire huele a café y naranja y noto el amargor en el paladar.
    Carraspeo un poco.
    -Mamá…
    Se gira hacia a mi y espera con una mano sobre una silla y la otra en la cintura.
    -Este finde me voy a Londres, ¿vale? -le digo lo más firme que puedo.
    Mi madre no contesta de inmediato. Me mira fijamente a los ojos pero yo desvío la mirada a las baldosas de enfrente.
    -¿Y con quién vas? -pregunta en un tono poco conciliador.
    -Pues… con Mamen. Ella está allí ya.
    Podría haberle mentido pero no he tenido reflejos suficientes y temo haber metido la pata.
    Mi madre se torna primero blanca y luego roja. Roja de ira.
    -Ni se te ocurra.
    Es su última palabra, o eso pretende porque quiere salir de la cocina. Me levanto para dejar el tazón en la fregadera y le corto el paso.
    -Mama… podía haberte mentido y no lo he hecho.
    -Me da igual. No vas a Londres y con esa menos -lanza ese “esa” como un escupitajo directo a mi ojo.
    -Mama… -trato de mostrarme conciliadora. Sé que no consigo nada por las malas, pero ella no me lo permite.
    -Ni mama ni leches -dice levantando la voz.
    Esta vez soy yo la que le miro fijamente a los ojos y creo ver una sombra de duda en los suyos.
    -No te estoy pidiendo permiso. Te estoy informando. Me voy el viernes.
    Me tiemblan las piernas y creo que estoy a punto de desmayarme, pero aguanto el tipo.
    -No me gusta nada lo que haces. Y no lo apruebo así que más vale que lo dejes.
    -No he matado a nadie, mamá.
    -A mi me vas a matar. De un disgusto.
    Ante mi aparente entereza, mi madre suelta la frase, esa frase que viene en el repertorio de frases de madre como último recurso.
    -Tú sabrás lo que haces.
    Más de una vez, en el pasado, respondí a esta frase con una vacilada o con una contestación fuera de lugar. El resultado era siempre el mismo: una sonora bofetada en la cara. Hace tiempo que aprendí esa lección. El mismo tiempo que sé que esa frase ni es mágica ni tiene poderes y que alguna vez la hija tenía que salirse con la suya, aunque fuera para equivocarse de lleno.
    Salgo de la cocina sin estar muy segura de haber ganado la batalla. Apenas saludo con un gruñido a mi padre cuando le veo aparecer por el pasillo.
    -¿Y a ti qué te pasa ahora? -me pregunta mi padre.
    -¡Que me voy a Londres!
    -Ah… bien. -dice con gesto perdido. -Pero, ¿ahora?

    >>Próximo capítulo: martes 21>>

    TODOS LOS CAPÍTULOS