El método narrativo queer

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Si me sigues sabrás que esto de la temporalidad queer es un tema que me interesa y sigo. 

He usado Mafin, la pareja de ficción de Sueños de libertad compuesta por Marta de la Reina y Fina Valero (ya te echamos de menos, Serafina) para explicar esto de los fanfics, la diferente manera que tenemos de vivir nuestros tiempos vitales y los universos alternativos. Si no lo has hecho, empieza por «Mafin y la reparación de los relojes» y ya sigues con los otros dos post.

Además, he publicado una novela corta entera con esta idea. Todos los besos que no di es un retelling de Cuento de Navidad pero con lesbianas. Échale un ojo porque no la promociono mucho (al ser navideña) y creo que es de lo mejor que he escrito, precisamente por eso, porque la escribí para explorar cómo nos han robado nuestro tiempo por no encajar en el discurso oficial.

Siento que llevo leyendo y escribiendo sobre esto del tiempo ligado a nuestra identidad queer desde hace diez años, cuando publiqué Nico, por favor, que no es sino una línea temporal de mi otro yo (aunque esto lo supe después).

Por todo esto, cuando hace unos meses leí Queer, de William S. Burroughs, fue como encontrar una (otra) pieza más del puzle.

El reto de encajar nuestra propia linealidad (crisis → revelación → integración) en la linealidad normativa (pareja → casa → boda → hijos).

¿No ves algo raro aquí?

Exacto, la linealidad heteronormativa se está rompiendo y la linealidad queer no siempre es así.

En el prólogo te dicen por qué la novela es tan rara y estrambótica:

El propio Burroughs no parecía ver la contradicción de planificar, como él mismo le contó a Kerouac a finales de marzo de 1952, la escritura de «una novela homosexual utilizando el mismo método narrativo heterosexual que usé en Yonqui». Se podría decir que, precisamente por la imposibilidad de mantener un «método narrativo heterosexual», Queer llegó a ser lo que es (…)

Un fracaso.

Escribir una novela homosexual bajo un «método narrativo heterosexual» llevó a Burroughs a la frustración. 

Y yo, que tengo un pensamiento, como diría Amaia, pensé: Así que no estoy loca, sí hay una narrativa queer (en contraposición a la narrativa heterosexual).

En su intento de escribir una novela homosexual siguiendo el método narrativo heterosexual hizo que a Burroughs le costara años terminar la novela. «Robaba» extractos de sus propias novelas para ponerlas en Queer, y a la inversa, como si fuera una colcha que cosía o descosía. Le mandaba páginas a Allen Ginsberg. Con cada revisión, la novela perdía páginas. A su vez, Queer se desmorona y se dispersa, demostrando la imposibilidad de encajar el deseo y la experiencia homosexual en una estructura convencional. «Parece más un acto de exorcismo –mejor fuera que dentro– de todas las voces que hay en la cabeza de Burroughs, demonios heredados de su clase y su cultura», dice el prólogo de Oliver Harris (2009).

Entonces, si hay una narrativa heterosexual, basada en la linealidad, la causalidad y una visión cerrada del mundo, natural y normal, ¿cuál es el método narrativo queer? ¿Existe sólo uno? 

Pues bien, así como la teoría queer se enfoca en «desnaturalizar», en deconstruir lo que se considera natural y normal, la narrativa queer vendría a ser una praxis literaria que rompe con esas convenciones también en lo narrativo.

Y por supuesto, no hay única manera de desnaturalizar.

El caos y la fragmentación de Queer no son un defecto, sino la prueba de que un tema que desafía lo binario y la normalidad requiere un lenguaje y una forma que también lo hagan.

Piensa en Orlando, de Virginia Woolf, donde el protagonista vive durante varios siglos y cambia de género a la mitad del libro; en Las malas de Camila Sosa o La mala costumbre de Alana Portero, donde mezclan la autobiografía, la fantasía, el realismo y la magia o la religión (pienso en ese santoral de vecinos del barrio de San Blas). O incluso, Panza de burro, de Andrea Abreu, con su crudeza y su dialecto canario. Y más obvia en este sentido es Así se pierde la guerra del tiempo,en la que dos mujeres de bandos rivales que se escriben cartas a través de distintas líneas temporales en una guerra sin fin. Tengo que volver a leer esta novela…

Hay muchas maneras de contar lo queer porque hay muchas maneras de vivir (y contar) la vida no normativa.
 

Así que, una vez más, gracias por tener en tus leídos la mía 🙂

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